viernes, 26 de julio de 2019

Al mundo no le importa si vos llorás

Título: Al mundo no le importa si vos llorás (1era Ed. 2014 - 2da Ed. 2019)
Autor: Cristian Walter
Editorial: Cantamañanas
118 p.; 23 x 14 cm.



Recomendaciones preliminares:
-       este libro es un gran compañero de viaje, se adapta a los medios de transporte como un vendedor de golosinas.
-       hay spoilers en cada línea de mi crítica, así que no me digan que no les advertí. 



Personajes que se cruzan o se reencuentran en el colectivo o el subte; en el centro de la ciudad pero también en el conurbano, esquivando bares y vendedores ambulantes; venciendo la noche, las frustraciones del trabajo y la carrera universitaria. Un libro sin tiempo que nos interpela con una verdad universal que nos corre desde que caemos, indefensos, en la frialdad de este mundo: al mundo no le importa si vos llorás.


Recientemente se volvió a editar Al mundo no le importa si vos llorás, de Cristian Walter, después de que la primera tirada, de 2014, se agotara. Se trata de un libro de doce cuentos que van agarraditos de la mano para cruzar la calle y parar el tránsito. Y si en la frenada alguien se pega un palo, qué se le va a hacer, che.
 
Desde el título sabemos, como lectores y seres humanos, que hay mucha cosa cierta en tremenda declaración. Cuántas veces nos habremos topado con la indiferencia de los demás, con esa cara de nada que recibimos después de entregar nuestros corazones o, peor, ser los de la cara vacía. Inexpresivos ante la dicha o la congoja. Así andamos vagando por la vida, ajenos al dolor del pobre tipo que camina al lado. ¿Realmente está tan mal?, me pregunto después de terminar de leer el libro por segunda vez, en esta reedición que cuenta con unas correcciones acertadísimas por parte de Walter, que colaboran en cerrar las ideas y darle una forma más cruda –¡todavía más!- a sus historias.

¿Cómo podríamos sentir compasión o empatía por los demás cuando la mayoría de las veces no la sentimos por nosotros mismos? Tal vez se trate de enamorarse primero de los sueños propios, de bancar el cuerpo, de aprender a vivir con los pensamientos y que se acomode el alma, antes de poder preocuparse por los motivos de los otros. Antes de que pueda importarnos si vos llorás o por qué lo hacés.

En “El camino de regreso” se fusiona la vida de dos personajes que viven en tiempos y espacios diferentes, opuestos, y que sin embargo se conectan por las ausencias que los definen. Los dos fueron arrancados de raíz de la vida que esperaban y se encuentran, creo yo, en la búsqueda de algo más. Quién no.

“Temporal”, por otra parte, presenta un fenómeno que siempre me divierte destacar de los artistas y, particularmente, de la literatura –que no por nada es mi forma favorita de expresión-: a los melancólicos nos gusta demasiado buscar la correspondencia entre nuestros sentimientos y el clima. Para nosotros, si llueve es porque estamos tristes y nunca al revés. En este cuento la pasajera anónima de un colectivo –que no lleva nombre porque, a la vez, ella somos todos- se mete cada vez más profundo en un mundo paralelo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños, donde reinan los recuerdos y el anhelo de caricias y besos lejanos. ¿Quién no se refugió en sus pensamientos para escapar de los apretujones del colectivo un día de tormenta? Ahí se crean dos universos que avanzan juntos pero no pueden tocarse jamás: lo que pasa en el colectivo y lo que pasa en la cabeza. Si los pensadores de antaño se levantaran de sus tumbas, seguramente se irían a filosofar a un medio de transporte un día de lluvia. No me caben dudas.

El cuento que lleva el nombre del libro es uno de los que más me llega. Probablemente tenga que ver con que pienso que es autorreferencial -¿no lo es toda la literatura, sin embargo?-. Cuando lo leo, veo al autor. Lo escucho, me muerdo los labios y pienso “sos un boludo”, cuando calcula cuánta leche llegará a ponerle al café. Me divierte. También me identifico. A lo largo de la obra hay una resistencia declarada a formar parte de un sistema laboral opresor, enterrado debajo de muchísimos trajes y corbatas en el fondo de una oficina. Coincido. A través de cada línea sentimos el hastío, eso de no saber bien por qué se hace lo que se hace. Convertirse lentamente en un zombi que negocia con su despertador cada mañana. ¿Para esto vinimos al mundo? ¡Ah, pero si al mundo no le importa nada! ¡Casi me olvidaba!

“Ciento diez” nos devuelve al escenario del colectivo, pero esta vez como antesala a un encuentro truncado. Pienso que la joyita de este relato es el narrador, que tira al piso la fantasía de la seducción y levanta la del autor: nos reclama, quiero decir, nos señala y nos recuerda que todos andamos por la vida creándole historias a los demás, para justificar o criticar su accionar según nuestro criterio mezquino. Sin nuestra mirada, plasmada en ese pasajero chusma, en el ciento diez no pasó nada.  

“Homicidio agravado por el vínculo” nos presenta una situación casi absurda, un capítulo de La ley y el orden en los cuentos de mamá oca. Un sinsentido o una obra maestra, nada de intermedios. Dos hermanos enfrentados y la posterior muerte de uno de ellos. Hasta acá, quemadísimo desde la Biblia y Shakespeare. Pero, entonces, aparece un par de botas y decimos “no puede ser”. ¡Y es!

Inmediatamente después, con ese tono jocoso y la sensación del absurdo todavía rondando la cabeza, aparece “Elena” y nos dispara a quemarropa. Relata la vida miserable de una mujer sometida completamente por un sistema patriarcal y de abuso extremo, en donde por momentos cuesta continuar la lectura. Hay que tener coraje para escribir este tipo de cosas. A veces lo único que nos queda es ese consuelo mezcla de estafa y resignación de imaginar la justicia real y conformarnos con la justicia poética.

Después, para poner paños fríos al horror, empieza “El regalo”, donde otra vez encontramos una dupla: una niña y una anciana que comparten un secreto, una situación de ensueño que los menos fantasiosos podrían catalogar de demencial. Cierto nivel de inocencia puede alcanzarse únicamente al principio o al final de la vida, cuando se desconoce el mundo o se vio demasiado.

“Voyeur” es un cuento sumamente erótico que retrata con una vuelta de tuerca la emoción del ritual que se desarrolla durante un recital. En síntesis, la comunión entre el artista y su público descripta como un “profundo orgasmo musical”.

Al continuar con la lectura, me pregunto qué ausencia será la que conduce al protagonista de “El baño” una y otra vez a encontrarse consigo mismo en ese espacio tan reducido entre el inodoro y la bañera, para buscar el coraje de seguir adelante con una idea que parece ser la única salida que le queda. En el teléfono que suena se percibe una especie de esperanza -¿o reacción mecánica, fruto de los años de vivir subyugado por la sociedad y la tecnología?- que me recordó al capítulo de Crónicas marcianas en que un hombre que se cree el último del planeta escucha un teléfono y se desespera por responder la llamada. Me quedo con muchas dudas y una única certeza: en cualquier contienda que uno enfrente, lo más importante es la determinación.

La última sección del libro se titula Quereme así y contiene tres cuentos que, de alguna forma, remiten a una situación que podríamos llamar romántica. En “Esas manos”, que no por nada es el texto más extenso, un hombre recorre los momentos decisivos de su vida, mientras se despide de la única persona que supo hacerlo feliz. Sentimos con él la asfixia de seguir viviendo, la pérdida y la negación. Me resultó bastante duro de leer, hay mucha tristeza en cada recuerdo y el peso de las decisiones –las erradas y las tardías- amenaza con arrancar de raíz las lágrimas contenidas. 

“te voy a extrañar” es, sin dudas, mi favorito del libro. Cualquiera puede identificarse con el conflicto de identidad que atraviesa el protagonista, aunque no haya pasado por algo tan extremo. ¿Cuántas veces querríamos dejarnos una notita con semejante leyenda justo antes de cometer algún acto contrario a nuestros más profundos deseos? ¡Maravilloso! No cuento más porque me gusta demasiado y creo que todos deberían leerlo y descubrir, como lo hice yo, lo indecible. 

Finalmente, “La perfección del amor” cierra la obra con un broche de canibalismo que me encantó. Representa la culminación de un sentimiento, sacrificarlo todo con tal de fundirse con el ser querido. El amor al que nos acostumbramos es así de egoísta y posesivo. Deberíamos querernos más a nosotros mismos y recién ahí meter a alguien más en la ecuación, ¿no?

Creo que este no es un libro desesperanzador, como podría sugerir en un principio el título. Conociendo a Walter, puede que se trate más de un artilugio de distracción. Te dice “andá por ahí”, para que no veas venir el machetazo por el otro costado. Con tal de noquearte, haría y diría cualquier cosa este tipo. Los pesimistas crónicos son así.

Estos cuentos te empujan a darte cuenta de que estás solo en ese baño, en ese bar, en esa isla, en la vida misma; para que puedas ver que depende únicamente de vos reconstruirte, armarte con lo que haya a mano –lo que dejaron los demás antes de rajarse o evaporarse- y salir a bancar los trapos. En ese contexto, el mundo se convierte en un espectador del coliseo que disfruta de ver cómo te corren los leones. ¡La recompensa es sobrevivir, amigue! Así de simple.

En el proceso, eso sí, no te olvides de ir pispiando a ver si algún otro par de brazos quiere ayudarte a mantenerte en pie. Solo por si acaso. Pero esa será otra historia, otro libro. Acá todo depende de uno mismo, de saberse frágil –como diría Walter-, reconocerse volátil, pasajero, pronto a desaparecer sin dejar rastros. Pero con la fuerza necesaria para resistir y seguir aguantando. Ahí es donde aparece cada personaje para proponer un camino que recorrer. Al mundo no le importa si vos llorás y lo sabés antes de empezar a leer este libro. Obvio, no es ninguna novedad. Al finalizarlo, sin embargo, me quedo con la convicción de que eso no debería afectarnos tanto, mientras tengamos en claro que las lágrimas riegan y de ahí -siempre- algo florece.  



María Dorrego

1 comentario:

  1. Muchas gracias por la reseña... Todxs tenemos algo de presimistas crónicxs, si no fuera así, no nos dedicaríamos a escribir.

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