lunes, 22 de julio de 2019

Pájaros en la boca


Título: Pájaros en la boca (2009)
Autora: Samanta Schweblin
Editorial: Literatura Random House
144 p. ; 23 x 14 cm.



Pájaros en la boca ya se tradujo a trece idiomas y se editó en más de veinte países. En internet dan vueltas, además, varias adaptaciones audiovisuales de sus cuentos. Schweblin ganó premios nacionales e internacionales que le otorgaron becas y reconocimiento como escritora latinoamericana y fue elegida, entre otras cosas, como una de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años.

El libro presenta personajes siniestros y misteriosos, pero también intensos y pasionales; paisajes que remiten al propio entorno y situaciones sacadas de la galera, aunque relatadas con la misma frialdad y claridad que si se hablara del clima con un desconocido. En el fondo se esconden las respuestas a preguntas no formuladas y los miedos más arraigados del ser humano. Además de Pájaros en la boca, la autora argentina escribió otros dos libros de cuentos: El núcleo del disturbio (2002) y Siete casas vacías (2015). Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018), por otra parte, son sus respectivas novelas.

[alerta de spoilers]

Con Schweblin hay que concentrarse y prestar atención a los detalles, a las metáforas que toman significado hacia el final de sus historias, y dedicarle unos minutos de análisis a cada cuento después de terminarlo. Pájaros en la boca no es una lectura recomendada para distraídos. Trata temas como la fatalidad, la fascinación por lo desconocido, la otredad, la soledad, las dificultades de comprender a los demás, la familia, las idealizaciones. En pocas palabras, rompe con la idea de la normalidad y propone una realidad perturbadora que se presenta como verosímil y maravillosamente atractiva en cada relato.

“¡Dios santo, Silvia, tu hija come pájaros!”, exclama el narrador del cuento que da nombre al libro y que encarna a un padre enfrentado a la situación imposible de intentar comprender y aceptar que su hija, de la nada, empieza a alimentarse de pájaros vivos. Este hecho, sin embargo, no es lo que desconcierta al lector, sino el desconocimiento que siente el padre, que no tiene el coraje de deshacerse de la joven como lo hace su madre, pero tampoco quiere involucrarse demasiado. Hay otros cuentos que remiten al control paterno, al terror que se siente ante la inminente pérdida del hijo. Tal es el caso de “Mariposas”, que muestra de una manera muy simple e impactante cómo un hombre atrapa una mariposa entre sus manos y la hiere sin querer hasta matarla.  

Pájaros en la boca está compuesto por quince cuentos que comparten la tensión como trasfondo, formas y personajes engañosos, peligros cercanos y sorpresivos. Son narraciones secas, frías, duras. “Irman” presenta el enanismo de un hombre como algo más alarmante que el cuerpo sin vida de una mujer. En el cuento, dos jóvenes hacen una parada en un restaurante cerca de la ruta para comer y se encuentran con Irman, quien les pide ayuda para abrir la heladera y sacar agua porque debido a su baja estatura no puede hacerlo por sí mismo. El problema principal para este curioso personaje es que las tareas que requieren de altura por lo general son realizadas por su esposa, quien ahora yace en el suelo de la cocina probablemente muerta. Con este primer acercamiento puede apreciarse el tono de la obra: lo ridículo y lo extraño es regla. Quizás pueda reconocerse en estos cuentos la influencia de autores como Julio Cortázar o Franz Kafka, quienes constituyen un referente para Schweblin por sus relatos llenos de personajes que, frente a situaciones fantásticas, actúan con una aparente normalidad.

Además de la extrañeza, también hay elementos mágicos que no son explicados, como la aparición de “El hombre sirena”, un tipo que habla tan canchero que el lector llega a olvidarse que está sentado con el torso desnudo y una cola de pez en una roca de la playa. Queda la posibilidad de que la protagonista del cuento esté loca como su madre y haya imaginado el encuentro, después de todo nadie más que ella parece ver al hombre sirena. Lo crucial no es, de todos modos, que su acompañante exista o no. Lo verdaderamente importante es que le brinda algo en qué creer, aunque no sea tan fuerte como para hacerla desafiar a su papá-hermano y quedarse en la playa. Es posible que el hombre sirena no esté ahí al día siguiente, como sucede con esos sueños maravillosos que jamás se repiten y se olvidan con el tiempo.

“Papá Noel duerme en casa” también plantea la idea de aferrarse a una creencia pero desde el punto de vista de un niño, que con mucha inocencia y transparencia relata la aparición de un hombre con los rasgos de Papá Noel en su hogar. En el caso de “En la estepa”, una pareja sale por las noches a cazar “algo” al campo, que pareciera ser ese hijo que no pueden concebir. Habla del deseo de cosas imposibles, difíciles, de la paternidad frustrada y la soledad. Los diálogos son precisos pero desconcertantes, y cuando finalmente conocen a otro matrimonio que logró su cometido, no resisten la realidad. Muchas veces cumplir una fantasía, soltar la creencia inicial, significa perder aquello que mantenía la cordura.

En “Mi hermano Walter” se condensan todas las temáticas mencionadas anteriormente: la familia, los miedos de los padres, la preocupación, la soledad. Walter es un ancla a la realidad, es el recordatorio de que la felicidad es fugaz y hay que disfrutar de las cosas que da la vida pero sin perder el contacto con el entorno, aunque parezca ajeno. El narrador teme que su inocente hijo pase a tomar ese lugar de testigo desencantado del mundo como si Walter, su hermano, fuera contagioso.

Otro tema que se repite en los cuentos de Schweblin es la alteración del tiempo, como en “Última vuelta”, en el cual una calesita aparece como metáfora de la vida. Una nena se baja y comienza a sentir los cambios de la vejez, mientras otros chicos toman su lugar y su madre y hermana desaparecen, como sucede con los seres queridos a medida que uno crece. Este cuento quizás sirva para pensar en lo rápido que avanza el tiempo, incluso durante la juventud, cuando se sueña con castillos y eternidad. En “Conservas”, la narradora describe la posibilidad de retrasar un embarazo no deseado con prácticas alternativas que involucran una lata de conservas y un médico poco ortodoxo. Tremendo. ¡Quién pudiera!

“La medida de las cosas”, por otro lado, muestra el retroceso mental y físico del protagonista a partir de su contacto directo con una juguetería. Este hombre-niño tan peculiar, que al principio maneja autos y sale con mujeres, al final es arrastrado de su pequeña mano por la madre. Puede que sea metafórico, pero convence. “Perdiendo velocidad” es lineal y simple, dibuja la imagen de un hombre que no soporta vivir presa de la lentitud de la vejez y casi logra prever su muerte, acelerando su llegada.

Hay dos cuentos, por otra parte, que también dejan vislumbrar la idea de la muerte pero de una forma muy sutil. En “El cavador”, un individuo merodea por los alrededores de una casa mientras se dedica en sus ratos libres a cavar un pozo entre los pastizales, con su pala y sus pocas palabras. Es escalofriante porque se desconocen sus propósitos y la utilidad del pozo, aunque quizás lo verdaderamente perturbador sea que no hay mucha vuelta de tuerca que darle: el cavador encarna la figura del sepulturero. De la misma forma, en “Bajo tierra” reaparece la idea del pozo misterioso y la pérdida de los hijos, ya que tiene la capacidad de atraer a los niños de un pueblo y hacerlos esfumarse de la tierra. Las manos cansadas de esos padres que los buscan desesperadamente generan compasión, transmiten la desolación y la impotencia de no saber, que es lo peor en cualquier caso de muerte o desaparición.

Hay ausencias que están ahí todo el tiempo, como también plantea “La furia de las pestes”. En este cuento, un censor visita un pueblito del interior dejado a su suerte y se encuentra con lo inevitable de una situación imposible: dejar de comer ante la falta de alimentos y aprender a vivir sin vida. El narrador descubre que ciertas soluciones llegan tan tarde que resultan desubicadas, sobre todo en un contexto de total carencia.

Los personajes de Schweblin permanecen aun cuando ya terminó la lectura, se quedan dando vueltas en la cabeza del lector, que trata de comprender lo que acaba de leer y sentirse satisfecho con su interpretación. Son ideas para cuentos, no podrían dar forma a una novela porque impactan con pocas palabras y situaciones, como cuando un artista pinta literalmente primeros planos de personas siendo golpeadas, con detalles específicos de las heridas y sangre por doquier, en “Cabezas contra el asfalto”. El protagonista alterna momentos de extrema lucidez con otros en los que se vuelve un inadaptado total, es el tipo de individuo que ve a los que lo rodean como intérpretes de una comedia que, de tan ridícula, resulta incomprensible. Y justo cuando por algún motivo intenta formar parte de la farsa, su incompatibilidad con el mundo regresa con más fuerza y viene a confirmar lo que, en realidad, sabía a ciencia cierta desde un principio.

A lo largo del libro aparecen diferentes puntos de vista, los narradores son femeninos y masculinos, son testigos y omnipresentes; aunque la mayoría carece de nombre o descripciones físicas, de modo que cada lector se convierta en un posible protagonista. Al ser claros y directos, los diálogos llevan a una lectura rápida sin mayores complicaciones, no obstante la ambigüedad se mantiene de principio a fin. Quizás estos recursos tejan un delicado plan de fondo: quien tenga el libro en sus manos deberá enfrentarse a sí mismo, para ubicar los relatos dentro de su propio sistema de creencias e interpretar los hechos según sus miedos más profundos. Son, al fin y al cabo, situaciones cotidianas que se van de las manos y plantean la duda sobre el camino que tomaría cada uno, de estar en el lugar del otro. Un viaje maravilloso que regala Samanta Schweblin, con boleto de ida hacia uno mismo.



María Dorrego

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