Título: “¿Quién mató a Rosendo?” (1969)
Autor: Rodolfo Walsh
Ediciones de la Flor
176 p. ; 20 x 14 cm.
Soy una firme creyente de las causalidades, aunque por momentos desmerezca este aspecto de mi personalidad. La verdad es que no es nada fácil encontrar un libro de Rodolfo Walsh que no sea Operación masacre, que por lo general te hacen leer en algún nivel de educación formal. Para mí, constituye una especie de reto personal recolectar sus escritos. Tengo la costumbre de acumular ejemplares y dejar que el tiempo me revele la oportunidad exacta para empaparme de su contenido.
En este caso, traigo un título que compré el año pasado y ahora leí en un día y medio. Con R. W. es así: me acompaña en silencio hasta que de pronto me noquea. ¿Quién mató a Rosendo?, junto a Operación masacre (1957) y Caso Satanowsky (1973), conforman la trilogía de novelas de no-ficción que mezcla recursos del género novela con el relato de hechos verdaderos en base a una minuciosa investigación producto de una gran labor periodística.
“Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya”, advierte el autor en el prólogo. No deja de ser cierto, ya que trata de la misteriosa muerte de tres hombres durante un altercado en una confitería donde, supuestamente, se enfrentaron dos facciones del sindicalismo argentino en mayo de 1966. Será tarea del narrador demostrar lo contrario –que no fue un enfrentamiento real ya que una sola facción estaba armada y que el misterio recae en la destrucción sistemática de pruebas por parte de la policía– o, al menos, presentar la evidencia para que cada lector llegue a sus propias conclusiones.
Rosendo García, uno de los muertos, era un líder sindicalista en ascenso, “su nombre figuraba ya como candidato a gobernador de la provincia. Para dar ese salto, que lo arrancaría quizás definitivamente de la órbita secundaria a que estaba relegado, era preciso, desde luego, que hubiera elecciones. Pero Vandor no quería elecciones”. Los otros dos, Domingo Blajaquis y Juan Zalazar, obreros y revolucionarios opositores al vandorismo respetivamente. El suceso que narra el libro viene a revelar, por lo tanto, el drama que atravesaba el sindicalismo peronista tras el golpe de estado de 1955 que derrocó a Perón.
Comprender las investigaciones de R. W., para mí, siempre implica tener papel y birome a mano. Puede tener que ver con mi falta de atención, mi mala memoria a corto plazo o la intención de seguirle el hilo de pensamiento a un tipo obsesivo y riguroso con los detalles que te satura de nombres, locaciones, números y estadísticas. Su uso del lenguaje es algo increíble, incluso si no se está de acuerdo con lo que dice. Hay una especie de naturalidad envidiable, aunque sinceramente puedo imaginar a R. W. editando, tachando, reescribiendo, rompiendo papel a lo loco. Porque la máquina tiene algo de mágico pero también de perturbador: si llevás escribiendo un largo rato y todavía no encontraste la forma correcta de expresarte, no te queda otra que destruir esa hoja con saña y arrancar otra vez.
La obra consta de tres partes y, según lo veo, tres narradores. En la primera un R. W. escritor presenta y describe a los personajes y los hechos de la historia de una manera casi emotiva. De esta forma los involucrados se vuelven de carne y hueso, nos transmiten sus frustraciones y sus motivos de manera directa.
En la segunda parte un R. W. periodista muestra toda la evidencia que respalda el caso con datos exactos, testimonios según orden cronológico y la descripción de las pericias. Nada de conjeturas: se analizan pruebas fácticas. También se denuncia con una hermosa ironía los inventos y contradicciones del sector vandorista y del juez encargado del caso, que pareciera tener unos delirios que asustan.
El tercer apartado, finalmente, responde a la visión de un R. W. militante. Acá propone un pantallazo del contexto en que suceden los hechos del libro, otra vez amparado por datos reales que escapan a una simple interpretación partidaria. Al presentar sus conclusiones no pude evitar imaginar a Daniel Hernández –su alter ego literario– explicando la resolución del caso policial de manera simple y didáctica, como dándonos a sus lectores un caramelito después de una trompada en la cara. “Muy bonito, pero no es una solución”, podrían decirnos. Y no lo es, pero es un comienzo.
En comparación a Operación masacre, que inició al autor en la novela de no-ficción –¡o viceversa!–, me encontré con un R. W. quizás más implicado, más decidido, más curtido. Más profesional. Tal vez por eso me transmitió, a la vez, menos esperanza que el libro anterior. En ambos casos gana la impunidad y la injusticia, como suele pasar según demuestra la historia argentina. Pero eso no es lo importante. Estos libros representan algo más profundo, que trasciende la denuncia: nos enseñan que no hay forma de comprender el presente sin mirar para atrás, que tenemos derecho a una historia común que nos hermane y que es nuestro deber reivindicar y continuar con esas luchas que nos construyeron.
Rodolfo Walsh, hasta el día de hoy, continúa formando parte de la enorme lista de desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica que se inició en 1976 en Argentina. Es nuestra tarea como hijos, hijas, nietos y nietas de una generación exterminada, mantener vivo ese legado de compromiso político y de dar testimonio en momentos difíciles.
María Dorrego
