Autor:
Cristian Walter
Editorial: Cantamañanas
118
p.; 23 x 14 cm.
Recomendaciones
preliminares:
- este libro es un gran compañero de viaje, se
adapta a los medios de transporte como un vendedor de golosinas.
- hay spoilers en cada línea de mi crítica, así que no me digan
que no les advertí.
Personajes que se cruzan o se reencuentran
en el colectivo o el subte; en el centro de la ciudad pero también en el
conurbano, esquivando bares y vendedores ambulantes; venciendo la noche, las
frustraciones del trabajo y la carrera universitaria. Un libro sin tiempo que
nos interpela con una verdad universal que nos corre desde que caemos,
indefensos, en la frialdad de este mundo: al mundo no le importa si vos llorás.
Recientemente
se volvió a editar Al mundo no le importa
si vos llorás, de Cristian Walter, después de que la primera tirada, de
2014, se agotara. Se trata de un libro de doce cuentos que van agarraditos de
la mano para cruzar la calle y parar el tránsito. Y si en la frenada alguien se
pega un palo, qué se le va a hacer, che.
Desde
el título sabemos, como lectores y seres humanos, que hay mucha cosa cierta en
tremenda declaración. Cuántas veces nos habremos topado con la indiferencia de
los demás, con esa cara de nada que recibimos después de entregar nuestros
corazones o, peor, ser los de la cara vacía. Inexpresivos ante la dicha o la
congoja. Así andamos vagando por la vida, ajenos al dolor del pobre tipo que
camina al lado. ¿Realmente está tan mal?, me pregunto después de terminar de
leer el libro por segunda vez, en esta reedición que cuenta con unas
correcciones acertadísimas por parte de Walter, que colaboran en cerrar las
ideas y darle una forma más cruda –¡todavía más!- a sus historias.
¿Cómo
podríamos sentir compasión o empatía por los demás cuando la mayoría de las
veces no la sentimos por nosotros mismos? Tal vez se trate de enamorarse
primero de los sueños propios, de bancar el cuerpo, de aprender a vivir con los
pensamientos y que se acomode el alma, antes de poder preocuparse por los
motivos de los otros. Antes de que pueda importarnos si vos llorás o por qué lo
hacés.
En
“El camino de regreso” se fusiona la vida de dos personajes que viven en
tiempos y espacios diferentes, opuestos, y que sin embargo se conectan por las
ausencias que los definen. Los dos fueron arrancados de raíz de la vida que
esperaban y se encuentran, creo yo, en la búsqueda de algo más. Quién no.
“Temporal”,
por otra parte, presenta un fenómeno que siempre me divierte destacar de los
artistas y, particularmente, de la literatura –que no por nada es mi forma
favorita de expresión-: a los melancólicos nos gusta demasiado buscar la
correspondencia entre nuestros sentimientos y el clima. Para nosotros, si
llueve es porque estamos tristes y nunca al revés. En este cuento la pasajera
anónima de un colectivo –que no lleva nombre porque, a la vez, ella somos
todos- se mete cada vez más profundo en un mundo paralelo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños, donde
reinan los recuerdos y el anhelo de caricias y besos lejanos. ¿Quién no se
refugió en sus pensamientos para escapar de los apretujones del colectivo un
día de tormenta? Ahí se crean dos universos que avanzan juntos pero no pueden
tocarse jamás: lo que pasa en el colectivo y lo que pasa en la cabeza. Si los
pensadores de antaño se levantaran de sus tumbas, seguramente se irían a
filosofar a un medio de transporte un día de lluvia. No me caben dudas.
El
cuento que lleva el nombre del libro es uno de los que más me llega.
Probablemente tenga que ver con que pienso que es autorreferencial -¿no lo es
toda la literatura, sin embargo?-. Cuando lo leo, veo al autor. Lo escucho, me
muerdo los labios y pienso “sos un boludo”, cuando calcula cuánta leche llegará
a ponerle al café. Me divierte. También me identifico. A lo largo de la obra
hay una resistencia declarada a formar parte de un sistema laboral opresor,
enterrado debajo de muchísimos trajes y corbatas en el fondo de una oficina.
Coincido. A través de cada línea sentimos el hastío, eso de no saber bien por
qué se hace lo que se hace. Convertirse lentamente en un zombi que negocia con su
despertador cada mañana. ¿Para esto vinimos al mundo? ¡Ah, pero si al mundo no
le importa nada! ¡Casi me olvidaba!
“Ciento
diez” nos devuelve al escenario del colectivo, pero esta vez como antesala a un
encuentro truncado. Pienso que la joyita de este relato es el narrador, que
tira al piso la fantasía de la seducción y levanta la del autor: nos reclama,
quiero decir, nos señala y nos recuerda que todos andamos por la vida creándole
historias a los demás, para justificar o criticar su accionar según nuestro
criterio mezquino. Sin nuestra mirada, plasmada en ese pasajero chusma, en el
ciento diez no pasó nada.
“Homicidio
agravado por el vínculo” nos presenta una situación casi absurda, un capítulo
de La ley y el orden en los cuentos
de mamá oca. Un sinsentido o una obra maestra, nada de intermedios. Dos
hermanos enfrentados y la posterior muerte de uno de ellos. Hasta acá,
quemadísimo desde la Biblia y Shakespeare. Pero, entonces, aparece un par de
botas y decimos “no puede ser”. ¡Y es!
Inmediatamente
después, con ese tono jocoso y la sensación del absurdo todavía rondando la
cabeza, aparece “Elena” y nos dispara a quemarropa. Relata la vida miserable de
una mujer sometida completamente por un sistema patriarcal y de abuso extremo,
en donde por momentos cuesta continuar la lectura. Hay que tener coraje para
escribir este tipo de cosas. A veces lo único que nos queda es ese consuelo
mezcla de estafa y resignación de imaginar la justicia real y conformarnos con
la justicia poética.
Después,
para poner paños fríos al horror, empieza “El regalo”, donde otra vez encontramos
una dupla: una niña y una anciana que comparten un secreto, una situación de
ensueño que los menos fantasiosos podrían catalogar de demencial. Cierto nivel
de inocencia puede alcanzarse únicamente al principio o al final de la vida,
cuando se desconoce el mundo o se vio demasiado.
“Voyeur”
es un cuento sumamente erótico que retrata con una vuelta de tuerca la emoción
del ritual que se desarrolla durante un recital. En síntesis, la comunión entre
el artista y su público descripta como un “profundo orgasmo musical”.
Al
continuar con la lectura, me pregunto qué ausencia será la que conduce al
protagonista de “El baño” una y otra vez a encontrarse consigo mismo en ese
espacio tan reducido entre el inodoro y la bañera, para buscar el coraje de
seguir adelante con una idea que parece ser la única salida que le queda. En el
teléfono que suena se percibe una especie de esperanza -¿o reacción mecánica,
fruto de los años de vivir subyugado por la sociedad y la tecnología?- que me
recordó al capítulo de Crónicas marcianas
en que un hombre que se cree el último del planeta escucha un teléfono y se
desespera por responder la llamada. Me quedo con muchas dudas y una única
certeza: en cualquier contienda que uno enfrente, lo más importante es la
determinación.
La
última sección del libro se titula Quereme
así y contiene tres cuentos que, de alguna forma, remiten a una situación que
podríamos llamar romántica. En “Esas manos”, que no por nada es el texto más
extenso, un hombre recorre los momentos decisivos de su vida, mientras se
despide de la única persona que supo hacerlo feliz. Sentimos con él la asfixia
de seguir viviendo, la pérdida y la negación. Me resultó bastante duro de leer,
hay mucha tristeza en cada recuerdo y el peso de las decisiones –las erradas y
las tardías- amenaza con arrancar de raíz las lágrimas contenidas.
“te voy a
extrañar” es, sin dudas, mi favorito del libro. Cualquiera puede identificarse
con el conflicto de identidad que atraviesa el protagonista, aunque no haya
pasado por algo tan extremo. ¿Cuántas veces querríamos dejarnos una notita con
semejante leyenda justo antes de cometer algún acto contrario a nuestros más
profundos deseos? ¡Maravilloso! No cuento más porque me gusta demasiado y creo
que todos deberían leerlo y descubrir, como lo hice yo, lo indecible.
Finalmente,
“La perfección del amor” cierra la obra con un broche de canibalismo que me
encantó. Representa la culminación de un sentimiento, sacrificarlo todo con tal
de fundirse con el ser querido. El amor al que nos acostumbramos es así de
egoísta y posesivo. Deberíamos querernos más a nosotros mismos y recién ahí
meter a alguien más en la ecuación, ¿no?
Creo
que este no es un libro desesperanzador, como podría sugerir en un principio el
título. Conociendo a Walter, puede que se trate más de un artilugio de
distracción. Te dice “andá por ahí”, para que no veas venir el machetazo por el
otro costado. Con tal de noquearte, haría y diría cualquier cosa este tipo. Los
pesimistas crónicos son así.
Estos
cuentos te empujan a darte cuenta de que estás solo en ese baño, en ese bar, en
esa isla, en la vida misma; para que puedas ver que depende únicamente de vos
reconstruirte, armarte con lo que haya a mano –lo que dejaron los demás antes
de rajarse o evaporarse- y salir a bancar los trapos. En ese contexto, el mundo
se convierte en un espectador del coliseo que disfruta de ver cómo te corren
los leones. ¡La recompensa es sobrevivir, amigue! Así de simple.
En
el proceso, eso sí, no te olvides de ir pispiando a ver si algún otro par de
brazos quiere ayudarte a mantenerte en pie. Solo por si acaso. Pero esa será
otra historia, otro libro. Acá todo depende de uno mismo, de saberse frágil –como diría Walter-,
reconocerse volátil, pasajero, pronto a desaparecer sin dejar rastros. Pero con
la fuerza necesaria para resistir y seguir aguantando. Ahí es donde aparece cada
personaje para proponer un camino que recorrer. Al mundo no le importa si vos
llorás y lo sabés antes de empezar a leer este libro. Obvio, no es ninguna
novedad. Al finalizarlo, sin embargo, me quedo con la convicción de que eso no
debería afectarnos tanto, mientras tengamos en claro que las lágrimas riegan y
de ahí -siempre- algo florece.
María Dorrego

Muchas gracias por la reseña... Todxs tenemos algo de presimistas crónicxs, si no fuera así, no nos dedicaríamos a escribir.
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