viernes, 12 de julio de 2019

El espejo que tiembla

Título: El espejo que tiembla (2005)
Autor: Abelardo Castillo
Editorial: Seix Barral


Llegué a este libro casi por casualidad… ¿o causalidad? Me gustan los juegos de palabras y no iba a dejar pasar este. Una persona con la que paso tardes y noches discutiendo y compartiendo necedades y cosas serias a la vez me propuso –cof– desafió a leer a Castillo y yo acepté el reto, como suelo hacer. Si incluye lectura, me anoto. Aun así, estaba algo reacia ante la idea de envolverme con El espejo que tiembla, sin saber por qué.

Y acá estoy, menos de una semana después, libro en mano, con sus respectivos señaladores y post-its indicando mi opinión sobre cada cuento. Porque la propuesta es una antología medio fantástica medio terrorífica medio real –bueno, ¿eso sería un tercio de cada cosa?– de once relatos. Lo primero que me gustó es que Castillo se desenvuelve con un lenguaje simple que te permite leerlo en medio de una clase, en el colectivo, en tu cama, en donde vos quieras. No necesitás un diccionario de bolsillo que te socorra cada página y media –como pasa con otros autores que no voy a nombrar, pero todos sabemos–.

Por otra parte, los cuentos son relativamente cortos y te motivan para llegar al final de cada uno cuando disponés de poco tiempo. Son como aperitivos de media mañana, tarde o noche. Entre idas y venidas, uno puede sentarse a charlar con Abelardo unos minutitos sin que la vida se detenga. Y eso siempre es un aporte a la biblioteca neuronal.

Me sentí muy cómoda con la prosa de Castillo y con sus constantes cambios de narrador y registro. El resultado de sus combinaciones léxicas se vuelve natural después de la primera página y te deslizás sobre los párrafos como si estuvieras hablando con un amigo o un vecino que intenta ponerte al día sobre las novedades del barrio, ya sea sobre una hermosa mujer que no soporta el regreso de su hermano y decide matarlo, o dos hombres que conversan sobre la chica que supieron compartir alguna vez, o el remordimiento de una niña que interviene ante los Señores Reyes Magos en nombre de su hermanito pequeño…

De todos los cuentos, sin embargo, me sentí muy identificada/atraída hacia "El tiempo de Milena", que trata sobre una chica que vive en un tiempo sin tiempo y se encuentra, cada tantos años, con un hombre al que enloquece –¿de amor? ¿hay otra verdadera forma de enloquecer a alguien?–. ¿Qué mujer no se siente un poco Milena alguna vez en su vida? 

"Pava", por otra parte, me gustó mucho por la crueldad y crudeza del relato y de sus personajes. A grandes rasgos, en temática y narrativa, me recordó a mi querido Saki, que dedicó su obra a plasmar al salvajismo de los niños y su mirada peculiar del mundo.

Me alegro de haber aceptado el desafío y de haberle dado una oportunidad a Castillo, con la seguridad de que volveré a encontrarme con él en el camino. De ahora en más somos más que conocidos que se ignoran porque les da fiaca saludarse, porque ya compartimos más que la mayoría de las personas: verdaderas palabras.  




Frases que me gustaron:
“Una paradoja de la soledad es que tiende a unir a la gente, y la misma fascinación que ejercían ellos sobre mí era la que los atraía a ellos.” La cosa, pp. 15.

“Lo más difícil de ese trayecto fue seguramente el silencio, no la distancia.” El tiempo de Milena, pp. 68.

“Cuando lo imposible empieza a suceder, lo más razonable es aceptarlo con naturalidad.” El tiempo de Milena, pp. 72.

“Los jóvenes, en el fondo, son conmovedores, debió de pensar Grimaldi. Hacen lo que pueden por sentirse reales. Se tocan y se lamen un poco, como cachorros, y se imaginan que están viviendo con intensidad, hasta que un día descubren con horror que la vida los alcanzó.”El desertor, pp. 104.

“El frío es un poco más o un poco menos de calor, y la normalidad es un poco más o un poco menos de locura.”La que espera, pp. 120.

“Usted pertenece a ese género de personas, usted, permítame que se lo diga, es un poeta romántico que se equivocó de siglo.” La que espera, pp. 121.

“No era tanto querer que volviera como la ceremonia de esperarlo, ¿se da cuenta? La razón de su vida, su cordura, dependía de los ritos inocentes de esa espera.” La que espera, pp. 122.


María Dorrego

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