Título:
El retrato de Dorian Gray (1970)
Título original: The picture of Dorian Gray (1891)
Título original: The picture of Dorian Gray (1891)
Autor:
Oscar Wilde
Editorial:
Salvat
204
p. ; 18,5 x 13 cm.
Qué
osadía representó para mí ponerme a leer un libro que, cuando nací, ya llevaba
publicado exactamente un siglo. Llegó a interesarme su contenido gracias a un
amigo que me lo menciona constantemente durante nuestras charlas. Él –mi amigo–
es una persona que se instruye constantemente en el arte del saber, una mezcla perfecta
entre Henry y Basilio: realiza exposiciones ingeniosas sobre su apreciación de
quienes lo rodean y de la vida, a veces con demasiado cinismo; pero sé que en
el fondo esconde un romanticismo inusitado y el encanto propio del artista, que
reserva para sí mismo el disfrute de las pequeñas gracias que le ofrece el
mundo.
Hacía
mucho que no me aventuraba con una novela, más bien vengo dedicándole mi tiempo
a los cuentos –¡cuentista se hace, che! de algún lado hay que sacar robar ideas– y siento que perdí,
irremediablemente, la concentración que alcanzaba antes a la hora de sentarme a
esperar el amanecer con un libro entre las manos. El retrato de Dorian Gray me acompañó durante muchísimas noches
desde que me mudé sola y me apena decir que gracias a él concilié el sueño más
rápido de lo esperable en una casa silenciosa, desierta y desconocida.
Tiene
un comienzo bastante lento hasta que empieza la parte fantástica que involucra
al cuadro y sus misterios. Después, cuando Dorian se debate el rumbo que tomó
su vida y recapitula sus perversidades, la lectura se pone algo densa. Pero esa
última página hace que todo valga la pena. Realmente no imaginé que fuera a
terminar así. Wilde no lo describe y, de todas formas, ahí está: a la vista,
palpable, perceptible con todos los sentidos. Como lectores, cerramos los ojos
y vemos a Dorian caer al suelo como una cáscara vacía, quizás lentamente, como
la cabeza que rueda hacia el cesto a causa de la destreza de un verdugo
experimentado.
Más
allá de la historia que da sentido a la novela –la correspondencia entre los
caprichos del universo y el deseo de un adolescente desesperado por conservar
su belleza y su juventud–, los personajes me parecieron extraordinarios y sus
diálogos una locura total. Por momentos me costó seguir el hilo de las
conversaciones. Muy probablemente se deba a que no soy una aristócrata
discutiendo con duquesas en una mesa llena de personas que no se vistieron
solas en su vida, ni tampoco dispongo del tiempo o los recursos para pasarme
las noches en el teatro o el club, debatiendo sobre la eternidad o la
inmoralidad de los actos. Bueno, participo de la tertulia de Cantamañanas con
regularidad, pero nosotros somos una parte muy chiquita del engranaje que hace
mover al mundo con el sudor de nuestras manos. Con todo, nosotros también
pensamos que hoy día, de un corazón
desgarrado se tiran muchas ediciones.
Me
pregunto cómo sería la historia de Dorian situada en el glorioso siglo XXI. ¿Hubiera
sufrido el mismo destino después de pronunciarse a favor de los likes en las
redes sociales? ¿hasta dónde habría llegado por ganar seguidores? ¿sería Dorian
Gray un influencer? Solo hay en el mundo
una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen, dice Wilde en
boca de Henry. ¿Será cierto? ¿no lo sé yo también, Mery, que me dedico a la
misma tarea ególatra de andar dejando registro de lo que pienso?
Pasé
por varias etapas con Dorian Gray. Al principio me molestó la debilidad de su
carácter, la facilidad que encontró Henry para corromper su personalidad. Sobre
todo teniendo al alcance el amor –disfrazado de amistad– de un hombre tan lleno
de buenas intenciones como Basilio. Tal vez el pintor contaba con su propia
cuota de egoísmo –¿cuándo no lo es el amor?–, pero realmente se preocupaba por
Dorian y quería lo mejor para él, incluso si en el proceso su vínculo se
diluía. Qué idea más perversa del romanticismo: doblegarse con tal de conservar
al objeto de adoración. Y que después, encima de todo, esa misma persona te
clave el puñal en la garganta. Literal.
No
me voy a poner a analizar la obra ideológicamente porque se extendería
demasiado. Diré, sin embargo, que no me gustó mucho la caracterización de las
mujeres o de toda persona ajena a la aristocracia a lo largo de los capítulos.
Sibila Vane, en su idealización del amor, sacrifica su pasión por el arte de la
actuación y, finalmente, su función más primitiva: la autopreservación. El
resto de los personajes femeninos que aparecen resultan ser demasiado frívolos
para tomarlos en serio o se los describe a partir de las valoraciones de Henry
–que dejan mucho que desear– o Dorian, ya en un estado de perversión total. Las mujeres están mejor constituidas que los
hombres para soportar penas. Viven de sus emociones. No piensan más que en
estas. Cuando eligen amantes, es sencillamente para tener a alguien a quien
poder armar escándalos, señala Henry durante uno de sus soliloquios.
¿Really? No sé si voy a poder seguir tipeando, con la de emociones que estoy
sintiendo ahora mismo.
En
otros momentos también se sugiere que las mujeres no tenemos ningún sentido del
arte, que somos caprichosas y artificiales y que nos gusta ser dominadas. No me
iba a extender en este punto, pero me superó a medida que trataba de dejarlo
atrás o restarle importancia. Y sí, Wilde, te armaría tremendo escándalo si nos
cruzáramos por la calle. Por otra parte, en reiterados pasajes se sugiere que
la clase baja es incapaz de apreciar o disfrutar cualquier forma de belleza o
expresión artística, porque la única verdadera inclinación es hacia el crimen,
como un método para procurarse sensaciones
extraordinarias.
Por
fuera de estas observaciones, y tomando las distancias comprensibles por una
cuestión de época y estilo, la lectura se hace llevadera y es bastante
disfrutable cuando no ofende a los lectores con su dedito señalador. Los
debates filosóficos que se desatan en torno al paso del tiempo, la forma de
enfrentar las vicisitudes de la vida o, a grandes rasgos, la catalogación de
los actos como morales o inmorales son simplemente maravillosos. No sé si
volvería a leer El retrato de Dorian Gray,
pero definitivamente lo recomendaría.
¿Vos
qué harías, en el supuesto caso de que pudieras colaborar en el guion de tu
destino? ¿renunciarías a la oportunidad
de permanecer siempre joven, por muy fantástica que esta oportunidad pudiera
ser o por funestas que fueran las consecuencias que pudiera ella acarrear?
Dorian Gray se hizo esta misma pregunta. Unas décadas después subió al cuartito
cerrado con llave, se enfrentó a su alma corrompida y le –se– clavó un cuchillo
en el corazón, arruinando un perfecto traje de etiqueta y devolviéndole el
esplendor a su maravilloso retrato.
María Dorrego


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