lunes, 29 de julio de 2019

El retrato de Dorian Gray


Título: El retrato de Dorian Gray (1970)
Título original: The picture of Dorian Gray (1891)
Autor: Oscar Wilde
Editorial: Salvat
204 p. ; 18,5 x 13 cm.


Qué osadía representó para mí ponerme a leer un libro que, cuando nací, ya llevaba publicado exactamente un siglo. Llegó a interesarme su contenido gracias a un amigo que me lo menciona constantemente durante nuestras charlas. Él –mi amigo– es una persona que se instruye constantemente en el arte del saber, una mezcla perfecta entre Henry y Basilio: realiza exposiciones ingeniosas sobre su apreciación de quienes lo rodean y de la vida, a veces con demasiado cinismo; pero sé que en el fondo esconde un romanticismo inusitado y el encanto propio del artista, que reserva para sí mismo el disfrute de las pequeñas gracias que le ofrece el mundo.

Hacía mucho que no me aventuraba con una novela, más bien vengo dedicándole mi tiempo a los cuentos –¡cuentista se hace, che! de algún lado hay que sacar robar ideas– y siento que perdí, irremediablemente, la concentración que alcanzaba antes a la hora de sentarme a esperar el amanecer con un libro entre las manos. El retrato de Dorian Gray me acompañó durante muchísimas noches desde que me mudé sola y me apena decir que gracias a él concilié el sueño más rápido de lo esperable en una casa silenciosa, desierta y desconocida.

Tiene un comienzo bastante lento hasta que empieza la parte fantástica que involucra al cuadro y sus misterios. Después, cuando Dorian se debate el rumbo que tomó su vida y recapitula sus perversidades, la lectura se pone algo densa. Pero esa última página hace que todo valga la pena. Realmente no imaginé que fuera a terminar así. Wilde no lo describe y, de todas formas, ahí está: a la vista, palpable, perceptible con todos los sentidos. Como lectores, cerramos los ojos y vemos a Dorian caer al suelo como una cáscara vacía, quizás lentamente, como la cabeza que rueda hacia el cesto a causa de la destreza de un verdugo experimentado.

Más allá de la historia que da sentido a la novela –la correspondencia entre los caprichos del universo y el deseo de un adolescente desesperado por conservar su belleza y su juventud–, los personajes me parecieron extraordinarios y sus diálogos una locura total. Por momentos me costó seguir el hilo de las conversaciones. Muy probablemente se deba a que no soy una aristócrata discutiendo con duquesas en una mesa llena de personas que no se vistieron solas en su vida, ni tampoco dispongo del tiempo o los recursos para pasarme las noches en el teatro o el club, debatiendo sobre la eternidad o la inmoralidad de los actos. Bueno, participo de la tertulia de Cantamañanas con regularidad, pero nosotros somos una parte muy chiquita del engranaje que hace mover al mundo con el sudor de nuestras manos. Con todo, nosotros también pensamos que hoy día, de un corazón desgarrado se tiran muchas ediciones.

Me pregunto cómo sería la historia de Dorian situada en el glorioso siglo XXI. ¿Hubiera sufrido el mismo destino después de pronunciarse a favor de los likes en las redes sociales? ¿hasta dónde habría llegado por ganar seguidores? ¿sería Dorian Gray un influencer? Solo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen, dice Wilde en boca de Henry. ¿Será cierto? ¿no lo sé yo también, Mery, que me dedico a la misma tarea ególatra de andar dejando registro de lo que pienso?

Pasé por varias etapas con Dorian Gray. Al principio me molestó la debilidad de su carácter, la facilidad que encontró Henry para corromper su personalidad. Sobre todo teniendo al alcance el amor –disfrazado de amistad– de un hombre tan lleno de buenas intenciones como Basilio. Tal vez el pintor contaba con su propia cuota de egoísmo –¿cuándo no lo es el amor?–, pero realmente se preocupaba por Dorian y quería lo mejor para él, incluso si en el proceso su vínculo se diluía. Qué idea más perversa del romanticismo: doblegarse con tal de conservar al objeto de adoración. Y que después, encima de todo, esa misma persona te clave el puñal en la garganta. Literal.  

No me voy a poner a analizar la obra ideológicamente porque se extendería demasiado. Diré, sin embargo, que no me gustó mucho la caracterización de las mujeres o de toda persona ajena a la aristocracia a lo largo de los capítulos. Sibila Vane, en su idealización del amor, sacrifica su pasión por el arte de la actuación y, finalmente, su función más primitiva: la autopreservación. El resto de los personajes femeninos que aparecen resultan ser demasiado frívolos para tomarlos en serio o se los describe a partir de las valoraciones de Henry –que dejan mucho que desear– o Dorian, ya en un estado de perversión total. Las mujeres están mejor constituidas que los hombres para soportar penas. Viven de sus emociones. No piensan más que en estas. Cuando eligen amantes, es sencillamente para tener a alguien a quien poder armar escándalos, señala Henry durante uno de sus soliloquios. ¿Really? No sé si voy a poder seguir tipeando, con la de emociones que estoy sintiendo ahora mismo.

En otros momentos también se sugiere que las mujeres no tenemos ningún sentido del arte, que somos caprichosas y artificiales y que nos gusta ser dominadas. No me iba a extender en este punto, pero me superó a medida que trataba de dejarlo atrás o restarle importancia. Y sí, Wilde, te armaría tremendo escándalo si nos cruzáramos por la calle. Por otra parte, en reiterados pasajes se sugiere que la clase baja es incapaz de apreciar o disfrutar cualquier forma de belleza o expresión artística, porque la única verdadera inclinación es hacia el crimen, como un método para procurarse sensaciones extraordinarias.   

Por fuera de estas observaciones, y tomando las distancias comprensibles por una cuestión de época y estilo, la lectura se hace llevadera y es bastante disfrutable cuando no ofende a los lectores con su dedito señalador. Los debates filosóficos que se desatan en torno al paso del tiempo, la forma de enfrentar las vicisitudes de la vida o, a grandes rasgos, la catalogación de los actos como morales o inmorales son simplemente maravillosos. No sé si volvería a leer El retrato de Dorian Gray, pero definitivamente lo recomendaría.

¿Vos qué harías, en el supuesto caso de que pudieras colaborar en el guion de tu destino? ¿renunciarías a la oportunidad de permanecer siempre joven, por muy fantástica que esta oportunidad pudiera ser o por funestas que fueran las consecuencias que pudiera ella acarrear? Dorian Gray se hizo esta misma pregunta. Unas décadas después subió al cuartito cerrado con llave, se enfrentó a su alma corrompida y le –se– clavó un cuchillo en el corazón, arruinando un perfecto traje de etiqueta y devolviéndole el esplendor a su maravilloso retrato.



María Dorrego

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