viernes, 13 de diciembre de 2019

Dexter, cámara, ¡acción!

Título: Dexter, cámara, ¡acción! (2016)
Título original: Dexter’s final cut (2013)
Autor: Jeff Lindsay
Editorial: Umbriel
416 p. ; 23 x 15 cm.



Empecé este libro con mucha emoción. Tuve que posponer su lectura en pdf por varios meses e invertir más plata de la que pensaba para conseguirlo. Digan lo que digan (y haciendo oídos sordos a las quejas de mi billetera), no hay nada mejor que el papel impreso. La forma en que las tapas de un libro se adaptan a las manos, el color amarillento de las páginas, el olor a nuevo al principio y a viejo más adelante. El lomo que se va marcando mientras lo abrimos de par en par. Las manchas, las arrugas, las esquinas dobladas durante lecturas apuradas en el tren o el colectivo. También me volví muy hábil en eso de caminar leyendo. Las calles me conducen hacia mi destino con la nariz hundida en las páginas de mi querido Dexter y las baldosas flojas me perdonan la distracción. Esta semana solo me mojé las zapatillas en una ocasión. 

Pero vamos a lo importante. Ya casi llega la medianoche y acabo de terminar Dexter’s final cut. Me gusta más el título en inglés, como con los libros anteriores. Captura mucho mejor el ingenio de Lindsay. Así que lo empecé con mucha emoción, como dije al principio. Quizás porque la serie terminó hace bastante y ya estaba necesitando saber en qué andaba mi asesino favorito. Jamás me imaginé que en un set de grabación, por supuesto. ¡Y enamorado, pfff! 

Resumen (con spoilers, obvio): Dexter es designado asesor oficial de una serie nueva de detectives en Miami. Se enamora de Jackie Forrest, una actriz y supermodelo que increíblemente le corresponde, y Robert Chase, otro actor, acaba siendo un pedófilo que secuestra a Astor (la hija de Dexter), no sin antes asesinar a Jackie y a Rita (esposa de Dexter). Los acontecimientos se desencadenan de modo que el libro acabe con todos los dedos acusadores apuntando a Dexter como responsable de los crímenes, incluyendo, tal vez, el de pedofilia. 

Vayamos a lo básico. ¿Dexter enamorado? Supongo que me lo veía venir. Ya iban demasiados libros con un Dexter incapaz de sentir atracción por otro ser humano. De todas maneras me resultó chocante que se involucrara con un personaje tan frívolo como una actriz de Hollywood. Quiero decir, en la serie al menos se enamora de Hannah, que es otro monstruo con su propio Pasajero. Pero bueno, Lindsay habrá querido destacarse y nos presentó a Jackie, una rubia de ojos violetas y pechos atractivos, según describe Dexter en tres párrafos completos. Gracias, Jeff. En serio, gracias por esos tres párrafos.  

Suponiendo que estuviera de acuerdo con la parte pseudo romántica, ¿Patrick tenía que resultar tremendo inútil? Me quedó claro que era un psicópata, sobre todo con esas cuatro mujeres a las que asesinó y les acabó en la cuenca del ojo, pero la forma en que Dexter finalmente lo mata me parece demasiado fácil. O sea, lo encuentra por Facebook, ¡Jesus, fuck!, para después darle caza por agua y deshacerse de él en un abrir y cerrar de ojos. Y que se encarguen los cangrejos. 

Ni siquiera hay un enemigo real a lo largo de todo el libro. La primera parte está marcada por la amenaza de Patrick, que parece que se acerca a la diosa del Olimpo Jackie Forrest cada vez más… Hasta que aparece Dexter El Oscuro Marinero. Luego hay algunos capítulos como de relleno, vagos, simples, hasta que se bosqueja una nueva amenaza que, si bien estuvo ahí desde el principio, no llega a ser demasiado real. Hablo del pedófilo Robert Chase, por supuesto. Incluso muere a manos de Astor. En pocas palabras, el libro se quedó muy corto de acción, cosa que en las ediciones anteriores sobraba. Nada de los rituales de Dexter, ni siquiera la aplicación del Código de Harry. Nada de Lilly Anne o Brian, tampoco. El libro entero giró alrededor del ensañamiento de Dexter con fugarse con Jackie y ser felices tomando mojitos y viendo puestas de sol desde habitaciones de hoteles lujosos. ¿Cómo pudiste, Lindsay? 

Igual lo leí hasta el final, aunque haya tardado demasiado y ahora me esté quejando. No quiero decir que el libro no me haya gustado. Está redactado magníficamente, con la dosis justa de metáforas e ironías que vuelven a Jeff Lindsay uno de mis autores favoritos. La elocuencia mental de Dexter sigue siendo adictiva. Ese no es el problema. Lo que me perturbó es que parece que a la historia de Dexter Morgan se le va acabando el rollo. No hay nada peor que un autor que lucha contra el final inminente. La vida de Dexter ya no puede soportar más enfrentamientos con la policía, encubrimientos, manejos turbios y miles de etcéteras. Ya es hora de que lo descubran y ejecuten o que salga victorioso o muera o lo que sea. Pero ya no puede seguir recolectando muestras de sangre mientras sale a matar con la luna cuando nadie lo ve. Simplemente ya no funciona, justo como sucedió con la serie de televisión. Todo llega a su fin y estirar los capítulos resulta casi hiriente. La regla número uno del escritor es no forzar a los personajes, evitarles situaciones inverosímiles. No hay que obligarlos a llegar a lugares adonde normalmente no llegarían. Simple. Y creo que este Dexter se está yendo un poco a la verga. Ya está, lo dije. 

Que quede claro que no voy a dejar de leer a Lindsay ni voy a esperar con menos ansias la lectura del próximo libro, el esperado final. Pero quizás deba ir preparándome para la decepción, aunque esa cuota ya fue cubierta por la serie. No podría soportar otro Dexter Morgan con camisa a cuadros y una barba de meses cortando leña. Por favor, no me hagas eso, Jeff. Pensá en mi salud mental.

Punto aparte, estoy considerando que debería releer los títulos anteriores y reseñarlos. No soy una chica de sagas y me parece destacable el hecho de que vengo acompañando a Dexter hace tantos años. Los primeros dos libros son un manjar. Ya por el tercero la cosa empezó a irse un poco al pasto, con toda la mística del Pasajero, pero igual estuvo bien. Con toda probabilidad el paso en falso arrancó en el quinto libro, con el mambo de los caníbales. En fin. Recomiendo fuerte los libros (al menos los primeros) de este divertido asesino y su humor elocuentemente negro. 


María Dorrego

jueves, 5 de septiembre de 2019

El año del desierto

Título: El año del desierto (2005) 
Autor: Pedro Mairal  
Interzona Editora 
288 p. ; 22x14 cm.  


Se me está volviendo una costumbre esto de leer recomendados. Me alegra porque me acerca a autores que por mis propios intereses –por demás redundantes– quizás no levantaría de una estantería. Creo que esta novela está maravillosamente escrita, tiene descripciones increíbles y referencias literarias e históricas por todas partes. Lo mejor de Mairal es el lenguaje fluido que utiliza, que hace que la lectura se vuelva más llevadera. 

Hubo momentos, sin embargo, en que tuve que recordarme que la vida estaba fuera de esas líneas y sacar la nariz del libro para respirar. Es una novela larga, aunque la leí en poco más de una semana. No la recomiendo para leer en viajes o en situaciones en las que uno busca distenderse. Más bien requiere de una lectura comprometida, atenta, dispuesta a atravesar el estrés de/con la protagonista.  

El libro repasa un año en la vida de María Valdés Neylan, una chica de 23 años que trabaja de secretaria y sale con un motoquero que se llama Alejandro. Me gusta Alejandro como personaje, aunque en realidad nunca aparece físicamente; más bien es el sostén emocional de María, una esperanza de cambio o mejoría a lo largo de toda la novela, mientras se va descomponiendo la comida, la sociedad y la cultura –a veces de manera absurda–.  

A María le pasan cosas todo el tiempo, sin respiro. En un año, poco más-poco menos, la vida en el país da un giro tremendo y ella llega a trabajar de enfermera o en un burdel, cuando no anda como una linyera por las calles desiertas. Hay un fenómeno fantástico, “la intemperie”, que avanza desde las provincias hacia la capital de Buenos Aires y va transformando la civilización en terrenos baldíos.  

Cuando arranca la narración, ya no funcionan las computadoras, los celulares ni la televisión. Hay mucho humor negro por momentos, sobre todo con el padre de María que cae en coma cuando se acaban las transmisiones y no suelta el control remoto hasta que “lo apagan” con el botón de off.  

A medida que avanza el texto, la historia argentina vuelve sobre sus pasos. Desde un contexto extremadamente similar a la crisis del 2001 se retrocede hasta la época de la dictadura, las migraciones –pero a la inversa: los que se van ahora son los argentinos–, los gauchos y, por último, a las tribus precolombinas: que ahora son grupos de ex colectiveros, barrabravas o abogados que desarrollaron variedades lingüísticas y costumbres basadas en el machismo y la extrema religiosidad.   

De la protagonista me gusta la forma en que se adapta a las desgracias, aunque por momentos me parece un poco inverosímil. Pasa frío, hambre, la pérdida total de sus derechos como mujer y sobre su propio cuerpo incontables veces. De la mitad de la novela hacia adelante, se la pasan como muñeca entre diferentes hombres. No sé, hubiera querido que se resistiera un poco más, que muriera más gente quizás bajo su responsabilidad. Entiendo que muchas veces las situaciones son críticas en sí mismas a la sociedad, que los retrocesos están llenos de ironías. Aun así, María me resultó un poco pasiva en determinados momentos.  

No sé si la novela es demasiado larga o a mí se me hizo un poco interminable. Al final me quedó la sensación de que la vida nos depara un sinfín de atrocidades y no podemos hacer nada para salir bien parados de ninguna. Detrás de cada cachetazo, viene una patada voladora. En el transcurso, con suerte, habrá tres o cuatro sonrisas. Qué sé yo, demasiado pesimista incluso en un mundo apocalíptico. Cada vez que parece que se despeja un poco el cielo, cae una plaga de langostas.  

Quizás el problema lo tenga yo, que me acostumbré demasiado a leer antologías y perdí el compromiso con las novelas. Tengo sensaciones encontradas porque el libro realmente me gustó y Mairal me pareció un autor buenísimo por la forma de ver las cosas, de compararlas y describirlas. Expone de manera clarísima las miserias humanas, las contradicciones, la barbarie contenida; todo a través de la voz de la única persona que se aferra a la civilización, aunque sea por costumbre. Entonces no sé explicar muy bien por qué no volvería a leerlo. Tal vez quedé demasiado agotada, como María, de atravesar semejante infierno una y otra vez.

Cuando le comenté a mi amigo que me parecía poco creíble que la protagonista siguiera yendo a trabajar como si nada mientras el país se iba al carajo, se rió y me preguntó: "¿no es lo que hacemos nosotros también ahora mismo?". ¿Acaso esta novela resulta demasiado actual como para considerarla menos que un reflejo de nuestra sociedad y nuestras decisiones cíclicas como ciudadanos y ciudadanas? Espero, entonces, convertirme en las Marías que necesite con tal de seguir sobreviviendo, tal y como hizo María Valdés Neylan.



María Dorrego  

jueves, 22 de agosto de 2019

Todas las partes de una muerte

Título: Todas las partes de una muerte (2019)
Autora: María Dorrego
Editorial: Cantamañanas
160 p. ; 23 x 14 cm.


La mente humana está diseñada para combatir por su existencia. Es la ampliación del sentido de supervivencia animal. A las personas no nos basta con sobrevivir, queremos trascender; y el último enemigo que se nos presenta en contra (el mismo que a nuestros parientes salvajes) no es nada más y nada menos que la muerte.

Nos procuramos llenarnos de significado durante esta instancia corta que es la vida y buscamos llenar esta con las historias, sentimientos y emociones que componen nuestra experiencia. Pero ante todo luchamos contra la muerte. No sólo la muerte literal, sino también la de nuestra historia. Para evitar ello, es que buscamos los significados. ¿Y no es por esa búsqueda de significados que encontramos lo que somos? 

La muerte es el tramo final. El cierre de ese círculo. A partir de él podemos mirar atrás y sacar nuestras conclusiones. Cualquier intento anterior sería incompleto. Entonces es en la muerte que encontramos tanto la pérdida de la esperanza, como el significado de lo que fuimos en vida.

Y de eso habla María Dorrego en Todas las partes de una muerte. Abordando distintas formas, matices y significados nos sumerge en una espiral de historias donde la muerte es, en alguna de sus formas, la protagonista. Manteniendo una fórmula de nostalgia, miedo a la muerte, desesperanza y del duelo que conlleva (o no) al crecimiento y la superación. Mediante la muerte hacemos frente a nuestros miedos, luchamos contra nosotros mismos y llegamos a esa trascendencia de la que hablaba al inicio.

A través de una serie de intensos relatos, María nos alumbra en la senda oscura de nuestros temores y fantasías mas profundas. En cada uno de ellos vemos retratados desde la inocencia de la infancia hasta los pesares de la paternidad. Desde la negación hasta la aceptación del duelo. Relatos desgarradores y directos, escritos con el filo de un bisturí y la precisión de un cirujano para tocar la carne más profunda de tu corazón y guisar una tormenta de emociones con ella.

 No puedo decir más de este libro, sin dejar de echarle flores como su autora me diría (algo a lo que la he acostumbrado desde su primer cuento) por lo que no tendría la fuerza para hacerles entender lo que siento. Me quedo con esta reflexión final, que por más que la he escrito yo considero que es más suya que mía: si la muerte es el final de quienes fuimos, solo lo es porque es el inicio de quien seremos.



Kevin Abdala





miércoles, 21 de agosto de 2019

El último caso de Rodolfo Walsh

Título: El último caso de Rodolfo Walsh. Una novela (2010)
Autora: Elsa Drucaroff
Grupo Editorial Norma
224 p. ; 23 x 15,7 cm.


Es la primera vez que leo a Elsa Drucaroff y creo que quizás eso sea una especie de catástrofe personal. La verdad es que el libro me gustó un montón. A veces en mis críticas no sé si queda del todo claro cuánto me gustó –o no– lo que leí, pero en este caso pretendo que no haya ninguna duda. Se trata de un gran libro. Me lo recomendó un amigo que, además, tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar dedicado por la autora. Como si María Dorrego necesitara algún motivo extra para ponerse a leer algo sobre Rodolfo Walsh. O para pensar en él o su obra literaria y periodística. Empecemos.

Como se trata de una novela histórica, Drucaroff narra en detalle la vida de una serie de personajes reales durante una semana de octubre de 1976, en el contexto de la dictadura militar más sangrienta y sistemáticamente represiva de la historia argentina. “El último caso” que investiga Walsh es la desaparición de su propia hija, Vicki, quien por aquel entonces era oficial segunda de Montoneros. Como guiño especial, además, se hacen muchas referencias al celebrado cuento “Esa mujer” (1966), que gira en torno al robo del cadáver de Evita.

Lo maravilloso de la novela es que, detalle más–detalle menos, todos sabemos cómo fueron las cosas o, a lo sumo, cómo terminaron. Vicki se pegó un tiro en la cabeza para que no se la llevaran con vida. “Ustedes no nos matan”, dijo, “nosotros elegimos morir”. A su papá, unos meses después, le metieron tantos balazos que casi lo partieron en dos en plena vía pública. Después se lo llevaron a la ESMA, donde algunos sobrevivientes declararon haberlo visto para luego desaparecer con el resto de los subversivos, revolucionarios, guerrilleros, militantes, simpatizantes, pensantes, peligrosos seres con neuronas demasiado activas…

Decía, todo lo anterior ya lo sabemos. Por eso mismo Drucaroff apenas lo menciona o lo da a entender. En su lugar, elabora el guion de un policial donde Walsh actúa de detective una última vez. En un juego de espías, infiltrados y doble agentes, aprendemos –vemos– el detrás de escena: cómo es la vida en clandestinidad, la difusa línea entre aliados y enemigos, las contradicciones de cada bando, la ideología llevada al extremo. Re-conocemos a un R. W. que va más allá del militante: el que tiene relaciones afectivas confusas, el que se compromete con cada paso, el que desarrolla un profesionalismo desmedido que roza la frialdad, su conflicto con la literatura –¡y sobre todo con la novela policial!–. 

La literatura es, para mí, el fin último de la imaginación. No sé si dispongo de otros medios a través de los cuales reproducir con tanta exactitud lo que pasa por mi mente. A la inversa, cuando leo un texto que me interpela de una forma tan íntima, es como si estuviera viendo una película. Las escenas se suceden una tras otra, escucho las voces de los personajes, siento las pisadas, las frenadas de autos. Los disparos.

En el postfacio, Drucaroff escribe:

“Deseé que en la tragedia hubiera una luz, que, en mi ficción, el bando popular ganara, al menos, una batalla. Batalla por cierto incapaz de cambiar el resultado, pero después de todo qué es la novela histórica (o al menos la que yo vengo escribiendo en estos años) sino un espacio donde desplegar también una utopía hacia atrás, donde imaginar un precedente que, sin alterar el resultado final de los hechos, sería bueno que hubiera ocurrido, una pequeña pero significativa reparación en el pasado, algo que no nos concilie con el mundo tal cual es ni niegue las injusticias que ocurrieron, al contrario, que deje mirar críticamente el ayer pero en ese mismo acto nos dé, con su imaginación, la fuerza para entender este presente y sus nuevas tareas.”

Es una cita larga, pero me pareció sumamente importante incluirla. La autora no quiere reparar nada –¡no puede!–, sin embargo, reconoce la importancia de mantener viva la memoria y reconocer el lugar de cada uno en la historia. Por eso se nos revuelven las tripas, como lectores y como argentinos, cuando leemos que tiran ese cuerpo desnudo al Río de la Plata. Por eso se nos hace un nudo en la garganta con esa pareja encapuchada que está esperando un hijo y lo más probable es que jamás lo conozcan.

R. W. vive en mí y en todos los que lo recordamos a diario, los que buscamos comprender –y sentir, algún día– la clase de compromiso social y político que le puso fecha de caducidad a su existencia. Su pensamiento y su literatura –la que no se afanaron los milicos–, ya es inmortal. Drucaroff lo entiende, lo sabe, lo dejó por escrito en esta maravillosa novela en la que parece que leemos al propio Walsh con sus ironías, sus obsesiones, su manera fría y calculada de analizar los hechos, el manejo fluido de una labia y una prosa tajante. ¿Ya dije cuánto me gustó esta novela? Pregunto por si todavía no quedó claro.  

Los personajes me parecieron de carne y hueso, palpables. Los registros según el bando, los títulos, los modos de dirigirse entre ellos. Las instituciones: montoneros, el ejército, los matrimonios, la camaradería. Todo respeta su posición, su forma de referirse a cada cosa. Tardé tres días en tragarme el libro. Hacía mucho tiempo que no me daba un atracón literario. No me arrepiento de nada, ni siquiera con estas ojeras que me ponen la cara en blanco y negro –como esas fotos de Walsh que miro de vez en cuando y me hacen preguntar cómo serían sus ojos–.

Me pareció muy acertada también la forma en que se muestra a la sociedad y la diferencia de pensamientos, lo que se decía y lo que se dejaba entrever en esa época. El personaje del almacenero es clave en un montón de cosas. En medio de la tristeza por la desaparición de Vicki, Walsh se siente derrotado y frustrado con la conducción nacional de montoneros, como jefe del departamento de inteligencia. Se debaten entre replegarse y resistir o seguir atacando militarmente con menos recursos. 

Cristian, amigo y editor, siempre dice que lo importante no es la historia en sí, sino cómo está narrada. En este caso se confirma. Sabemos cómo empieza y cómo termina la novela; nos damos una idea bastante clara de lo que puede llegar a pasar por medio. No obstante, se disfruta hasta la última línea. El dolor de R. W. padre recorre cada párrafo, pero no se reduce a eso. El fantasma de Vicki lo acompaña, tal vez, para marcarle el camino. No sé la verdad cuánto tiempo más habría sobrevivido Walsh si ella no hubiera caído. Es algo con lo que solamente se puede especular; aunque me atrevería a decir que no por nada lo agarraron unos meses después. Quizás ya andaba cansado y descuidado. Un dolor así empieza a destruir de a poquito cualquier clase de resistencia, incluso aquella arraigada al compromiso social y político.

Me quedo pensando, únicamente, si mi lugar como escritora –y el de tantos otros y otras– no será, como hizo Drucaroff, reivindicar a nuestros héroes clandestinos una y otra vez, hasta que sus nombres resuenen en el eco de la eternidad y así, dejen de ser desaparecidos.  




Frases que me gustaron:

“Vos reducís todo a lo personal. No entendés ningún argumento que contradiga tu cabecita egoísta de pequeñoburguesa. ¿Sabés? La historia tiene leyes crueles. No las inventamos nosotros, ni nos gustan. Pero son las que son. Se ve que a vos nunca te faltó pan para darle a tu hija, en esas horas y horas y horas en las que la estuviste alimentando. Hay madres que no pueden elegir entre los hijos y la causa porque las dos cosas son lo mismo, ¿entendés?”, p. 45.

“Si todos hubieran pensado como vos, todavía habría esclavos. Y si alguna vez todos empiezan a pensar como vos… el mundo va a ser una pesadilla. Un desierto habitado. Cada cual en la suya, idiotizado, cultivando su quintita miserable… si tiene quintita, claro. Porque si no va a ser simplemente un resentido descompuesto, viendo cómo roba y mata para conseguir una migaja. No, Marta, no tenés razón. A Rodolfo le gusta la militancia, es verdad, pero le gusta porque así se siente parte de muchos. Cuando se entiende lo que nosotros entendemos, Marta, lo personal no existe”, p. 46.

“¡Subestimamos al enemigo, y esto es grave para nosotros, para nuestro futuro como organización, pero es más grave todavía para el destino del país, para los trabajadores del país!”, p. 58.

“Cuando estos hijos de puta terminen con nosotros, ¿qué va a quedar de todo esto? ¿de qué nos vamos a acordar? ¿de qué se van a acordar los laburantes? No hubo… nunca hubo una masacre como esta…”, p. 76.

“Se van a olvidar… lo pobres se van a olvidar de cómo defenderse”, p. 77.


María Dorrego

martes, 13 de agosto de 2019

Las ventajas de ser invisible

Título: Las ventajas de ser invisible (2016)
Título original: The perks of being a wallflower (1999)
Autor: Stephen Chbosky
Editorial: Alfaguara infantil juvenil
254 p. ; 19 x 13 cm.



Creo que jamás habría leído este libro si no me lo hubieran regalado. Lo gracioso es que lo recibí gracias a que, en primer lugar, recomendé la película de 2012. Las mediaciones tienen estas cosas. “Aceptamos el amor que creemos merecer”, dice uno de los personajes. ¿Pasará igual con la literatura?

La novela trata sobre un chico, Charlie, que arranca con quince años y descubre –no durante la narración, claramente ya lo sabía desde antes- que la vida es un asco. Lo sorprendente es que se trata de un pibe bastante optimista y simpático, aunque se la pasa solo y no entiende mucho de las convenciones sociales. No es depresivo, aunque las cosas que le pasaron –y le pasan- podrían derrumbar a cualquier otro adolescente o, incluso, adulto. En ese sentido creo que el autor manda un mensaje bastante bueno a la juventud: no hay que ser malo con los demás simplemente porque no se encuentra el lugar correcto en el mundo. Basta de bullying.

A Charlie le pasan cosas feas la verdad. Se le muere un amigo –empieza así, no estoy espoileando demasiado- y recuerda a lo largo del libro otros traumas bastante más graves. En el medio, sin embargo, conoce a una dupla maravillosa –un par de medio hermanos- que lo adentran en el universo de la camaradería y, me arriesgaría a decir, la plenitud de la vida. Con ellos aprende a consumir drogas, a salir, a reírse, a bailar, a ser una persona de verdad. En el proceso también se enamora y sobrevive a situaciones divertidas y tristes.

El libro está escrito en primera persona a través de cartas. Charlie nunca dice exactamente a quién van dirigidas y supongo que es un truco para que, como lectores, nos sintamos interpelados. Es como si nos escribiera a nosotros para contarnos cómo va su vida o en qué lío se metió por sonreír de más o de menos. Carta a carta te vas volviendo su amigo y cada vez querés saber más, preguntarle cosas, retarlo, ayudarlo, consolarlo. Es una dinámica muy interesante. Sobre todo por el registro con el que narra los acontecimientos, las idas y vueltas, la emoción de contar algo e irse por las ramas mezclando datos, tal como lo haría un adolescente. Hay una carta muy graciosa en que se confunde todo el tiempo y recién a la siguiente aclara que había consumido LSD. Genial.

Los personajes están muy bien en general. Son verosímiles. A veces caprichosos. Por momentos exageradamente reales. Sienten una clase de dolor que atraviesa las páginas y te llega. Querés que sean de verdad para poder abrazarlos. Algunos sufren la soledad o el desamor de una manera brutal y a esa edad algo así puede dejar huellas profundas, sobre todo en una sociedad como la norteamericana que por lo general está marcada por el maltrato, la discriminación y el abuso constante en el ámbito escolar. No digo que acá eso no pase, pero allá es claramente peor. En eso también tiene grandes aciertos la película; los actores que eligieron son ideales. Quizás estoy siendo condescendiente porque la vi antes de leer la novela, pero de verdad me parecieron fantásticos. Me creí que se sentían infinitos.

En general no se trata de un libro para releer, ni de una película para ver todos los domingos. Por momentos se pone densa y pasan cosas poco felices. Pero sí recomiendo ambos con mucha insistencia. Incluso como forma de revivir la propia adolescencia y recordar cómo era sentir con tanta intensidad. Lo bueno y lo malo. En este caso –tal vez como pocas veces en la historia- no sabría decidir qué me gustó más, aunque la actuación de Ezra Miller inclina bastante la balanza hacia la película.



*  *  *



Algunas frases que me gustaron:

“Quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que todavía intento descubrir cómo eso es posible”, p. 10.

“Aceptamos el amor que creemos merecer”, p. 35.

“Creo que sería un periodista terrible porque no puedo imaginarme sentado a la mesa enfrente de un político o una estrella de cine y haciéndoles preguntas. Probablemente solo les podría preguntar si me harían un autógrafo para mi madre o algo así. Probablemente me echarían por hacerlo. Así que he pensado en que puede que sea mejor escribir para un periódico porque podría hacerle preguntas a la gente normal, aunque mi hermana dice que los periódicos siempre mienten. No sé si es verdad, así que tendré que comprobarlo cuando me haga mayor”, p. 62.

“Quizás estos sean mis días de gloria y ni siquiera me esté dando cuenta porque no hay en ellos una pelota”, p. 69.

“No sé si es mejor que tus hijos sean felices y no vayan a la universidad. No sé si es mejor tener una buena relación con tu hija o asegurarte de que tenga una vida mejor que la tuya. La verdad es que no lo sé”, p. 78.

“Cuando acabé de leer el poema, todo el mundo se quedó en silencio. Un silencio muy triste. Pero lo increíble fue que no era una tristeza mala, para nada. Solo algo que hizo que todos miraran a los demás a su alrededor y supieran que estaban allí. Sam y Patrick me miraron a mí. Y yo los miré a ellos. Y creo que ellos comprendían. Nada en concreto, en realidad. Simplemente, comprendían. Y creo que es todo lo que puedes llegar a pedirle a un amigo”, p. 85.

“Creo que la idea es que cada hombre o mujer tiene que vivir su propia vida y luego decidir si la comparte con los demás. Tal vez eso es lo que hace a la gente implicarse. No estoy muy seguro”, p. 205.


María Dorrego

martes, 30 de julio de 2019

El guardián entre el centeno

Título: El guardián entre el centeno (2014)
Título original: The Catcher in the Rye (1945)
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa (2009)
276 p. ; 22,5 x 14 cm.


Te vas a reír, pero una vez soñé que leía un libro. Hacía meses que no podía concentrarme en ninguna lectura, en que ningún título me seducía como antes, en que las palabras ajenas me ahuyentaban. Y fui a soñar con un libro en particular que, hasta ese momento, me había interesado poco y nada. El guardián entre el centeno. The catcher in the rye. ¿Qué hubiera hecho cualquier persona en mi lugar? Agarré plata y fui a buscarlo a la librería más cercana. Doscientos ochenta pesos después –¡qué económico!– empecé a leerlo con desesperación, esperando que contuviera algún tipo de respuesta a las preguntas que me torturan desde el fondo de mi inconsciente. Quizás tenga algo más para mí, aunque todavía no sepa qué. 

Creo que es difícil hacer una crítica sobre un libro tan conocido y tan viejo, del que probablemente se haya hablado hasta el cansancio. Pero acá voy, por supuesto que no me voy a guardar mi opinión. Caufield estaría orgulloso de mí, aunque quizás creería que soy una falsa intelectual o una chica muy aburrida que se arregla demasiado. Maldito machista.

El guardián entre el centeno es la historia de un adolescente, Holden Caufield, a quien echan de su colegio y debe volver a casa pero, como no quiere disgustar a sus padres –sobre todo porque siguen en duelo por la muerte de su hermano y, además, ni siquiera es la primera vez que lo expulsan–, decide tomarse unos días libres antes de aparecer. La novela es la descripción casi minuto a minuto de ese párate en su vida: desde los viajes en taxis hasta su hospedaje en hoteles o visitas a bares o cines con conocidos de otros colegios o ex novias. De hecho la chica por la que parece mostrar verdadero aprecio y de la que suele hablar, Jane, nunca aparece más que en sus recuerdos. Es bastante triste.

El libro es interesante al principio y se vuelve un poco aburrido por el medio, pero vale la pena seguir porque a medida que se acerca el final, Holden se pone un poco más profundo o, tal vez, los personajes comienzan a hablarle desde otro lugar y él por fin empieza a escuchar –incluso si finge que no–. Pasa de conversar con prostitutas o compañeros de escuela a los que todo les importa una mierda a charlar sobre la vida, las pasiones y el porvenir con su hermana o profesores que realmente lo aprecian. 

La razón por la cual Holden quiere ser el guardián entre el centeno es que le caen bien los niños, quizás porque no están inundados de falsedad e hipocresía como los adultos –de los cuales quiere alejarse a toda costa–. Por algo solo quiere de verdad a sus hermanos, uno de los cuales está muerto y su recuerdo, por lo tanto, inmortalizado en la niñez. Su hermana Phoebe pareciera ser su único punto débil, a quien le habla con total sinceridad. Ella es probablemente la única que no despierta un comentario irónico por su parte. A Phoebe le habla con naturalidad, sin prejuicios ni malas intenciones; por ejemplo cuando ella le pregunta qué quiere ser y él se imagina como un guardián, alguien que se encarga de que los niños no se lastimen al jugar en un centeno que está al borde de un precipicio, tal vez como metáfora de la vida. Uno cree que está a salvo y en realidad detrás de todo el campo de centeno no hay más que vacío.

En algún punto, me sentí identificada con Holden. La realidad puede llegar a ser tan decepcionante que cuando uno intenta mirar hacia el futuro y se pregunta qué quiere o puede ser, la respuesta necesariamente se convierte en algo irreal. Él quiere ser un guardián entre el centeno. Yo quiero escribir y escribir y escribir, pero si nadie jamás me lee, estaría bien –quiero decir, sería aceptable–. No queremos formar parte del mundo común, de lo que se espera de uno, de horarios de oficina, entradas y salidas. En fin, no sabemos qué esperar.

Holden es un niño también, al fin y al cabo. No tiene que trabajar, su familia tiene plata, lo echan de las escuelas por vago, no por idiota. Su crisis es intelectual pero porque no tiene carencias verdaderas, más que aquella que le atormenta el alma y lo aburre hasta el cansancio. No sabe qué hacer, nada lo entretiene, nada le llega de verdad. Y lo peor es que esa sensación de lejanía, de ausencia, no se va con la adultez. En todo caso empeora. Te lo digo yo y miles de personas más, ayer y ahora. Su familia y sus profesores se preocupan por él porque ven cierto potencial, cierto asomo de entusiasmo que el mismo Holden no se permite sentir. Sobre todo el profesor Antolini, a quien Holden visita después que a su hermana Phoebe, que le habla sobre el futuro y la quietud con la que el adolescente enfrenta la vida.

Antolini le dice que ya va a encontrar algo que le apasione, que le llene los ojos de interés; y que no es el primer hombre desencantado con el mundo. Que hay más como él, que debe dejar huella como ellos. De hecho es el único que le habla con puntos y comas, como debe ser; aunque al final parece que siente cosas complicadas por Holden, ya que cuando éste despierta el profesor le está acariciando la cabeza. Es una situación medio rara y Holden sale casi corriendo, en medio de explicaciones sin sentido. Más tarde piensa que, incluso si Antolini era medio pervertido, le había abierto las puertas de su casa y le había dado buenos consejos. Supongo que ciertas cosas van a la balanza.

Por otra parte, Holden es bastante machista con las mujeres y hay un capítulo en que pareciera ser un poco homofóbico, cuando sale a tomar algo con un ex compañero de colegio. También es muy mentiroso y exagera las anécdotas, como cuando se aburre e imagina que le dispararon y sale de los bares agarrándose la panza dramáticamente. Su arrogancia por momentos lo vuelve un personaje insoportable, sobre todo porque está disfrazada de una falsa humildad, por ejemplo cuando se reconoce como un cobarde. De tanto repetirlo me parece otra de sus mentiras.

Mi capítulo favorito es cuando va a visitar a su hermana durante la madrugada y conversan mientras sus padres no están. Hay una intimidad entre ellos que me resulta tan familiar que me llega de una forma diferente. Siempre pienso que la gente que no tiene hermanos o no es unida a ellos está como diez escalones por debajo de la verdadera felicidad. También me gusta cuando piensa en el museo de arte al que iba con la escuela cuando era chico, porque encuentra cierto confort en un lugar que nunca cambia, en el que puede apoyarse porque en sus recuerdos y en la realidad se ve igual. Holden suele irse por las ramas y va relatando cosas que se acuerda mientras cuenta otras, básicamente termina detallando hechos insólitos. Creo que los momentos en que habla con honestidad son hermosos, fuera de la postura rebelde que intenta mostrar a toda costa.

El libro termina en una especie de situación de ensueño: Phoebe girando sobre un caballo en un carrusel, como representación de la felicidad simple y sin pretensiones. Holden sentado en un banquito, mojándose, resguardándola de todo peligro con su gorra roja de cazador, como un verdadero guardián entre el centeno. Quizás siga perdido un tiempo más o toda la vida, pero al menos ya comprende que hay cosas que valen la pena el esfuerzo y el riesgo, ya sea seguir viviendo, regresar a viejas costumbres o cuidar de algo mucho más importante que él mismo. 


*   *   *


Muchas veces me imaginé conversando con personas que admiro y no tengo forma de llegar a ellos. La mayor parte está muerta, de todas formas, así que el asunto va más allá de mis posibilidades reales. Salvo que nos adentremos en un terreno más espiritual y no es la idea –aquí y ahora, al menos–. Cuando era chica pasé por una etapa shakespiriana, leía las obras de teatro una y otra vez, convencida de que jamás encontraría algo mejor que lo que ofrecía Shakespeare –después crecí y me aburrió, siempre la misma historia–. Más tarde me obsesioné con músicos, artistas de rock nacional del momento que no solo cantaban bien –supongamos–, sino que además eran atractivos. Cuando salió Twilight –la película, ni siquiera el libro– yo tenía diecisiete años, la edad de Bella Swan; el resto es historia y lo dejo a tu imaginación. 

Lo que intento decir, el punto que conecta estos datos anecdóticos, es que de haber podido conocer a alguna de estas personas –o del resto que me niego a recordar o reconocer en este blog, fuera de una conversación privada, cerveza de por medio–, no me imagino hablando de otra cosa que sus carreras o inspiraciones; o tips de belleza, si nos atenemos a los vampiros que brillan al sol. Quiero decir que preguntaría por el libro, la canción o la película, o sea, el producto en sí; el proceso de creación quizás.

J. D. Salinger, a usted le daría las gracias a secas. 

Si me lo permitiera, también le daría un abrazo –sin cámaras ni micrófonos, lo prometo–. Claro que la curiosidad y el morbo me empujarían a querer saber sobre El guardián entre el centeno, la Guerra, la familia Glass o sus métodos de escritura. Pero usted llegó a mi vida cuando estaba más perdida que nunca y me puso en el camino correcto otra vez, me devolvió un amor perdido. Usted fue mi Holden Caufield, esa soga a la cual aferrarme, por más lejana o irreal que fuera. 

Yo había dejado de escribir y, peor, de leer. La muerte de mi sobrino le había quitado cualquier tipo de anhelo a mi existencia. Pasé un año sin poder acercarme a la biblioteca o a la computadora –las máquinas de escribir ya quedaron obsoletas, señor Salinger– y de pronto soñé con ese libro suyo, aquel que leyó todo el mundo, lo llevó a usted a la fama internacional y lo obligó a recluirse como si publicar hubiera sido su mayor error. Lo compré y lo devoré, me lo tragué en pocos días, convencida de que quizás al final encontraría las respuestas que estaba buscando.

Pero no. En todo caso se generaron más preguntas, con un nivel de confusión todavía peor. 

No hubo más que Holden Caufield y su enojo sin sentido una y otra vez. La historia me gustó, sí, pero no me voló la cabeza –¡qué fea esta expresión tan argentina cuando pienso en Seymour Glass!–. Lo que sí logró fue poner en marcha el motor de la mano, que creí oxidado; y el de la vista, que daba por perdido. Señor Salinger, su sueño –o el de Holden, que es lo mismo a esta altura– se hizo realidad: yo iba saltando por un campo de centeno con los ojos cerrados, y cuando estuve demasiado cerca de caer por el precipicio, usted me atrapó. A riesgo de equivocarme, asumo que eso es exactamente lo que busca todo escritor, a pesar de que nos entrenen para creer que la única forma de consagrarse es publicando. Ser reconocido puede ser el camino, sí, pero no siempre la meta. 

Ojalá mis cuentos algún día también sirvan para salvar a alguien, aunque sea de sus propios demonios. 


María Dorrego



lunes, 29 de julio de 2019

El retrato de Dorian Gray


Título: El retrato de Dorian Gray (1970)
Título original: The picture of Dorian Gray (1891)
Autor: Oscar Wilde
Editorial: Salvat
204 p. ; 18,5 x 13 cm.


Qué osadía representó para mí ponerme a leer un libro que, cuando nací, ya llevaba publicado exactamente un siglo. Llegó a interesarme su contenido gracias a un amigo que me lo menciona constantemente durante nuestras charlas. Él –mi amigo– es una persona que se instruye constantemente en el arte del saber, una mezcla perfecta entre Henry y Basilio: realiza exposiciones ingeniosas sobre su apreciación de quienes lo rodean y de la vida, a veces con demasiado cinismo; pero sé que en el fondo esconde un romanticismo inusitado y el encanto propio del artista, que reserva para sí mismo el disfrute de las pequeñas gracias que le ofrece el mundo.

Hacía mucho que no me aventuraba con una novela, más bien vengo dedicándole mi tiempo a los cuentos –¡cuentista se hace, che! de algún lado hay que sacar robar ideas– y siento que perdí, irremediablemente, la concentración que alcanzaba antes a la hora de sentarme a esperar el amanecer con un libro entre las manos. El retrato de Dorian Gray me acompañó durante muchísimas noches desde que me mudé sola y me apena decir que gracias a él concilié el sueño más rápido de lo esperable en una casa silenciosa, desierta y desconocida.

Tiene un comienzo bastante lento hasta que empieza la parte fantástica que involucra al cuadro y sus misterios. Después, cuando Dorian se debate el rumbo que tomó su vida y recapitula sus perversidades, la lectura se pone algo densa. Pero esa última página hace que todo valga la pena. Realmente no imaginé que fuera a terminar así. Wilde no lo describe y, de todas formas, ahí está: a la vista, palpable, perceptible con todos los sentidos. Como lectores, cerramos los ojos y vemos a Dorian caer al suelo como una cáscara vacía, quizás lentamente, como la cabeza que rueda hacia el cesto a causa de la destreza de un verdugo experimentado.

Más allá de la historia que da sentido a la novela –la correspondencia entre los caprichos del universo y el deseo de un adolescente desesperado por conservar su belleza y su juventud–, los personajes me parecieron extraordinarios y sus diálogos una locura total. Por momentos me costó seguir el hilo de las conversaciones. Muy probablemente se deba a que no soy una aristócrata discutiendo con duquesas en una mesa llena de personas que no se vistieron solas en su vida, ni tampoco dispongo del tiempo o los recursos para pasarme las noches en el teatro o el club, debatiendo sobre la eternidad o la inmoralidad de los actos. Bueno, participo de la tertulia de Cantamañanas con regularidad, pero nosotros somos una parte muy chiquita del engranaje que hace mover al mundo con el sudor de nuestras manos. Con todo, nosotros también pensamos que hoy día, de un corazón desgarrado se tiran muchas ediciones.

Me pregunto cómo sería la historia de Dorian situada en el glorioso siglo XXI. ¿Hubiera sufrido el mismo destino después de pronunciarse a favor de los likes en las redes sociales? ¿hasta dónde habría llegado por ganar seguidores? ¿sería Dorian Gray un influencer? Solo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen, dice Wilde en boca de Henry. ¿Será cierto? ¿no lo sé yo también, Mery, que me dedico a la misma tarea ególatra de andar dejando registro de lo que pienso?

Pasé por varias etapas con Dorian Gray. Al principio me molestó la debilidad de su carácter, la facilidad que encontró Henry para corromper su personalidad. Sobre todo teniendo al alcance el amor –disfrazado de amistad– de un hombre tan lleno de buenas intenciones como Basilio. Tal vez el pintor contaba con su propia cuota de egoísmo –¿cuándo no lo es el amor?–, pero realmente se preocupaba por Dorian y quería lo mejor para él, incluso si en el proceso su vínculo se diluía. Qué idea más perversa del romanticismo: doblegarse con tal de conservar al objeto de adoración. Y que después, encima de todo, esa misma persona te clave el puñal en la garganta. Literal.  

No me voy a poner a analizar la obra ideológicamente porque se extendería demasiado. Diré, sin embargo, que no me gustó mucho la caracterización de las mujeres o de toda persona ajena a la aristocracia a lo largo de los capítulos. Sibila Vane, en su idealización del amor, sacrifica su pasión por el arte de la actuación y, finalmente, su función más primitiva: la autopreservación. El resto de los personajes femeninos que aparecen resultan ser demasiado frívolos para tomarlos en serio o se los describe a partir de las valoraciones de Henry –que dejan mucho que desear– o Dorian, ya en un estado de perversión total. Las mujeres están mejor constituidas que los hombres para soportar penas. Viven de sus emociones. No piensan más que en estas. Cuando eligen amantes, es sencillamente para tener a alguien a quien poder armar escándalos, señala Henry durante uno de sus soliloquios. ¿Really? No sé si voy a poder seguir tipeando, con la de emociones que estoy sintiendo ahora mismo.

En otros momentos también se sugiere que las mujeres no tenemos ningún sentido del arte, que somos caprichosas y artificiales y que nos gusta ser dominadas. No me iba a extender en este punto, pero me superó a medida que trataba de dejarlo atrás o restarle importancia. Y sí, Wilde, te armaría tremendo escándalo si nos cruzáramos por la calle. Por otra parte, en reiterados pasajes se sugiere que la clase baja es incapaz de apreciar o disfrutar cualquier forma de belleza o expresión artística, porque la única verdadera inclinación es hacia el crimen, como un método para procurarse sensaciones extraordinarias.   

Por fuera de estas observaciones, y tomando las distancias comprensibles por una cuestión de época y estilo, la lectura se hace llevadera y es bastante disfrutable cuando no ofende a los lectores con su dedito señalador. Los debates filosóficos que se desatan en torno al paso del tiempo, la forma de enfrentar las vicisitudes de la vida o, a grandes rasgos, la catalogación de los actos como morales o inmorales son simplemente maravillosos. No sé si volvería a leer El retrato de Dorian Gray, pero definitivamente lo recomendaría.

¿Vos qué harías, en el supuesto caso de que pudieras colaborar en el guion de tu destino? ¿renunciarías a la oportunidad de permanecer siempre joven, por muy fantástica que esta oportunidad pudiera ser o por funestas que fueran las consecuencias que pudiera ella acarrear? Dorian Gray se hizo esta misma pregunta. Unas décadas después subió al cuartito cerrado con llave, se enfrentó a su alma corrompida y le –se– clavó un cuchillo en el corazón, arruinando un perfecto traje de etiqueta y devolviéndole el esplendor a su maravilloso retrato.



María Dorrego

domingo, 28 de julio de 2019

Angel-A


En psicoterapia hay un método de entrevista llamado la pregunta paradójica. Consiste en plantear al paciente situaciones paradójicas de sí mismo que lleven al extremo los pensamientos irracionales que este mantiene.

La intención es demostrar el absurdo al que llegamos al pensar que nadie nos va a querer, que no merecemos lo que tenemos o que no somos dignos de la atención de otros (o de uno mismo).

De eso trata esta película.

Angel-A es una película del director Luc-Beson, protagonizada por Jamel Debbouze, actor francés de origen marroquí, y por Rie Rasmussen, modelo, actriz, escritora y fotógrafa danesa. Nos narra en clave de humor la trágica historia de André, un empresario endeudado con cada hampón de los bajos mundos parisinos; quien al llegar a lo profundo de su depresión, decide suicidarse saltando del puente Alejandro Iii, en París. En su intento de morir bajo el caudal del río Sena conoce a Angela, una mujer que al tirarse antes que él desata una cadena de acciones que llevarán a André hacia la redención y al descubrimiento de sí mismo.

Angela, como personaje, engloba diferentes arquetipos en uno solo. Nos deja boquiabiertos desde su primera escena, no sólo por la belleza despampanante y carisma de Rie Rasmussen, sino por su disruptiva personalidad y sus desmesurados métodos para acompañar a André hacia su florecimiento.

A través de sus acciones y su sincera forma de ver el mundo, Angela le va enseñando a André el poco valor que tienen los problemas que hasta ahora ha tenido y como estos eran solo síntomas de un mal mucho mayor. Burlándose de sus problemas y de aquellos a quienes André tanto temió, le demuestra que sus malas decisiones y sus conflictos no provienen de la mala suerte o de la innata inutilidad que él se atribuye, sino de su baja autoestima y de su sentimiento de insignificancia.

En esencia, esta comedia negra es una excelente composición de risas y lágrimas. Logra captar desde el primer momento la atención del espectador y lo endulza con excelentes diálogos y una espectacular fotografía.

Recomendada para ver en compañía de tus malos momentos.


Kevin Abdala

viernes, 26 de julio de 2019

Al mundo no le importa si vos llorás

Título: Al mundo no le importa si vos llorás (1era Ed. 2014 - 2da Ed. 2019)
Autor: Cristian Walter
Editorial: Cantamañanas
118 p.; 23 x 14 cm.



Recomendaciones preliminares:
-       este libro es un gran compañero de viaje, se adapta a los medios de transporte como un vendedor de golosinas.
-       hay spoilers en cada línea de mi crítica, así que no me digan que no les advertí. 



Personajes que se cruzan o se reencuentran en el colectivo o el subte; en el centro de la ciudad pero también en el conurbano, esquivando bares y vendedores ambulantes; venciendo la noche, las frustraciones del trabajo y la carrera universitaria. Un libro sin tiempo que nos interpela con una verdad universal que nos corre desde que caemos, indefensos, en la frialdad de este mundo: al mundo no le importa si vos llorás.


Recientemente se volvió a editar Al mundo no le importa si vos llorás, de Cristian Walter, después de que la primera tirada, de 2014, se agotara. Se trata de un libro de doce cuentos que van agarraditos de la mano para cruzar la calle y parar el tránsito. Y si en la frenada alguien se pega un palo, qué se le va a hacer, che.
 
Desde el título sabemos, como lectores y seres humanos, que hay mucha cosa cierta en tremenda declaración. Cuántas veces nos habremos topado con la indiferencia de los demás, con esa cara de nada que recibimos después de entregar nuestros corazones o, peor, ser los de la cara vacía. Inexpresivos ante la dicha o la congoja. Así andamos vagando por la vida, ajenos al dolor del pobre tipo que camina al lado. ¿Realmente está tan mal?, me pregunto después de terminar de leer el libro por segunda vez, en esta reedición que cuenta con unas correcciones acertadísimas por parte de Walter, que colaboran en cerrar las ideas y darle una forma más cruda –¡todavía más!- a sus historias.

¿Cómo podríamos sentir compasión o empatía por los demás cuando la mayoría de las veces no la sentimos por nosotros mismos? Tal vez se trate de enamorarse primero de los sueños propios, de bancar el cuerpo, de aprender a vivir con los pensamientos y que se acomode el alma, antes de poder preocuparse por los motivos de los otros. Antes de que pueda importarnos si vos llorás o por qué lo hacés.

En “El camino de regreso” se fusiona la vida de dos personajes que viven en tiempos y espacios diferentes, opuestos, y que sin embargo se conectan por las ausencias que los definen. Los dos fueron arrancados de raíz de la vida que esperaban y se encuentran, creo yo, en la búsqueda de algo más. Quién no.

“Temporal”, por otra parte, presenta un fenómeno que siempre me divierte destacar de los artistas y, particularmente, de la literatura –que no por nada es mi forma favorita de expresión-: a los melancólicos nos gusta demasiado buscar la correspondencia entre nuestros sentimientos y el clima. Para nosotros, si llueve es porque estamos tristes y nunca al revés. En este cuento la pasajera anónima de un colectivo –que no lleva nombre porque, a la vez, ella somos todos- se mete cada vez más profundo en un mundo paralelo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños, donde reinan los recuerdos y el anhelo de caricias y besos lejanos. ¿Quién no se refugió en sus pensamientos para escapar de los apretujones del colectivo un día de tormenta? Ahí se crean dos universos que avanzan juntos pero no pueden tocarse jamás: lo que pasa en el colectivo y lo que pasa en la cabeza. Si los pensadores de antaño se levantaran de sus tumbas, seguramente se irían a filosofar a un medio de transporte un día de lluvia. No me caben dudas.

El cuento que lleva el nombre del libro es uno de los que más me llega. Probablemente tenga que ver con que pienso que es autorreferencial -¿no lo es toda la literatura, sin embargo?-. Cuando lo leo, veo al autor. Lo escucho, me muerdo los labios y pienso “sos un boludo”, cuando calcula cuánta leche llegará a ponerle al café. Me divierte. También me identifico. A lo largo de la obra hay una resistencia declarada a formar parte de un sistema laboral opresor, enterrado debajo de muchísimos trajes y corbatas en el fondo de una oficina. Coincido. A través de cada línea sentimos el hastío, eso de no saber bien por qué se hace lo que se hace. Convertirse lentamente en un zombi que negocia con su despertador cada mañana. ¿Para esto vinimos al mundo? ¡Ah, pero si al mundo no le importa nada! ¡Casi me olvidaba!

“Ciento diez” nos devuelve al escenario del colectivo, pero esta vez como antesala a un encuentro truncado. Pienso que la joyita de este relato es el narrador, que tira al piso la fantasía de la seducción y levanta la del autor: nos reclama, quiero decir, nos señala y nos recuerda que todos andamos por la vida creándole historias a los demás, para justificar o criticar su accionar según nuestro criterio mezquino. Sin nuestra mirada, plasmada en ese pasajero chusma, en el ciento diez no pasó nada.  

“Homicidio agravado por el vínculo” nos presenta una situación casi absurda, un capítulo de La ley y el orden en los cuentos de mamá oca. Un sinsentido o una obra maestra, nada de intermedios. Dos hermanos enfrentados y la posterior muerte de uno de ellos. Hasta acá, quemadísimo desde la Biblia y Shakespeare. Pero, entonces, aparece un par de botas y decimos “no puede ser”. ¡Y es!

Inmediatamente después, con ese tono jocoso y la sensación del absurdo todavía rondando la cabeza, aparece “Elena” y nos dispara a quemarropa. Relata la vida miserable de una mujer sometida completamente por un sistema patriarcal y de abuso extremo, en donde por momentos cuesta continuar la lectura. Hay que tener coraje para escribir este tipo de cosas. A veces lo único que nos queda es ese consuelo mezcla de estafa y resignación de imaginar la justicia real y conformarnos con la justicia poética.

Después, para poner paños fríos al horror, empieza “El regalo”, donde otra vez encontramos una dupla: una niña y una anciana que comparten un secreto, una situación de ensueño que los menos fantasiosos podrían catalogar de demencial. Cierto nivel de inocencia puede alcanzarse únicamente al principio o al final de la vida, cuando se desconoce el mundo o se vio demasiado.

“Voyeur” es un cuento sumamente erótico que retrata con una vuelta de tuerca la emoción del ritual que se desarrolla durante un recital. En síntesis, la comunión entre el artista y su público descripta como un “profundo orgasmo musical”.

Al continuar con la lectura, me pregunto qué ausencia será la que conduce al protagonista de “El baño” una y otra vez a encontrarse consigo mismo en ese espacio tan reducido entre el inodoro y la bañera, para buscar el coraje de seguir adelante con una idea que parece ser la única salida que le queda. En el teléfono que suena se percibe una especie de esperanza -¿o reacción mecánica, fruto de los años de vivir subyugado por la sociedad y la tecnología?- que me recordó al capítulo de Crónicas marcianas en que un hombre que se cree el último del planeta escucha un teléfono y se desespera por responder la llamada. Me quedo con muchas dudas y una única certeza: en cualquier contienda que uno enfrente, lo más importante es la determinación.

La última sección del libro se titula Quereme así y contiene tres cuentos que, de alguna forma, remiten a una situación que podríamos llamar romántica. En “Esas manos”, que no por nada es el texto más extenso, un hombre recorre los momentos decisivos de su vida, mientras se despide de la única persona que supo hacerlo feliz. Sentimos con él la asfixia de seguir viviendo, la pérdida y la negación. Me resultó bastante duro de leer, hay mucha tristeza en cada recuerdo y el peso de las decisiones –las erradas y las tardías- amenaza con arrancar de raíz las lágrimas contenidas. 

“te voy a extrañar” es, sin dudas, mi favorito del libro. Cualquiera puede identificarse con el conflicto de identidad que atraviesa el protagonista, aunque no haya pasado por algo tan extremo. ¿Cuántas veces querríamos dejarnos una notita con semejante leyenda justo antes de cometer algún acto contrario a nuestros más profundos deseos? ¡Maravilloso! No cuento más porque me gusta demasiado y creo que todos deberían leerlo y descubrir, como lo hice yo, lo indecible. 

Finalmente, “La perfección del amor” cierra la obra con un broche de canibalismo que me encantó. Representa la culminación de un sentimiento, sacrificarlo todo con tal de fundirse con el ser querido. El amor al que nos acostumbramos es así de egoísta y posesivo. Deberíamos querernos más a nosotros mismos y recién ahí meter a alguien más en la ecuación, ¿no?

Creo que este no es un libro desesperanzador, como podría sugerir en un principio el título. Conociendo a Walter, puede que se trate más de un artilugio de distracción. Te dice “andá por ahí”, para que no veas venir el machetazo por el otro costado. Con tal de noquearte, haría y diría cualquier cosa este tipo. Los pesimistas crónicos son así.

Estos cuentos te empujan a darte cuenta de que estás solo en ese baño, en ese bar, en esa isla, en la vida misma; para que puedas ver que depende únicamente de vos reconstruirte, armarte con lo que haya a mano –lo que dejaron los demás antes de rajarse o evaporarse- y salir a bancar los trapos. En ese contexto, el mundo se convierte en un espectador del coliseo que disfruta de ver cómo te corren los leones. ¡La recompensa es sobrevivir, amigue! Así de simple.

En el proceso, eso sí, no te olvides de ir pispiando a ver si algún otro par de brazos quiere ayudarte a mantenerte en pie. Solo por si acaso. Pero esa será otra historia, otro libro. Acá todo depende de uno mismo, de saberse frágil –como diría Walter-, reconocerse volátil, pasajero, pronto a desaparecer sin dejar rastros. Pero con la fuerza necesaria para resistir y seguir aguantando. Ahí es donde aparece cada personaje para proponer un camino que recorrer. Al mundo no le importa si vos llorás y lo sabés antes de empezar a leer este libro. Obvio, no es ninguna novedad. Al finalizarlo, sin embargo, me quedo con la convicción de que eso no debería afectarnos tanto, mientras tengamos en claro que las lágrimas riegan y de ahí -siempre- algo florece.  



María Dorrego

lunes, 22 de julio de 2019

Pájaros en la boca


Título: Pájaros en la boca (2009)
Autora: Samanta Schweblin
Editorial: Literatura Random House
144 p. ; 23 x 14 cm.



Pájaros en la boca ya se tradujo a trece idiomas y se editó en más de veinte países. En internet dan vueltas, además, varias adaptaciones audiovisuales de sus cuentos. Schweblin ganó premios nacionales e internacionales que le otorgaron becas y reconocimiento como escritora latinoamericana y fue elegida, entre otras cosas, como una de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años.

El libro presenta personajes siniestros y misteriosos, pero también intensos y pasionales; paisajes que remiten al propio entorno y situaciones sacadas de la galera, aunque relatadas con la misma frialdad y claridad que si se hablara del clima con un desconocido. En el fondo se esconden las respuestas a preguntas no formuladas y los miedos más arraigados del ser humano. Además de Pájaros en la boca, la autora argentina escribió otros dos libros de cuentos: El núcleo del disturbio (2002) y Siete casas vacías (2015). Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018), por otra parte, son sus respectivas novelas.

[alerta de spoilers]

Con Schweblin hay que concentrarse y prestar atención a los detalles, a las metáforas que toman significado hacia el final de sus historias, y dedicarle unos minutos de análisis a cada cuento después de terminarlo. Pájaros en la boca no es una lectura recomendada para distraídos. Trata temas como la fatalidad, la fascinación por lo desconocido, la otredad, la soledad, las dificultades de comprender a los demás, la familia, las idealizaciones. En pocas palabras, rompe con la idea de la normalidad y propone una realidad perturbadora que se presenta como verosímil y maravillosamente atractiva en cada relato.

“¡Dios santo, Silvia, tu hija come pájaros!”, exclama el narrador del cuento que da nombre al libro y que encarna a un padre enfrentado a la situación imposible de intentar comprender y aceptar que su hija, de la nada, empieza a alimentarse de pájaros vivos. Este hecho, sin embargo, no es lo que desconcierta al lector, sino el desconocimiento que siente el padre, que no tiene el coraje de deshacerse de la joven como lo hace su madre, pero tampoco quiere involucrarse demasiado. Hay otros cuentos que remiten al control paterno, al terror que se siente ante la inminente pérdida del hijo. Tal es el caso de “Mariposas”, que muestra de una manera muy simple e impactante cómo un hombre atrapa una mariposa entre sus manos y la hiere sin querer hasta matarla.  

Pájaros en la boca está compuesto por quince cuentos que comparten la tensión como trasfondo, formas y personajes engañosos, peligros cercanos y sorpresivos. Son narraciones secas, frías, duras. “Irman” presenta el enanismo de un hombre como algo más alarmante que el cuerpo sin vida de una mujer. En el cuento, dos jóvenes hacen una parada en un restaurante cerca de la ruta para comer y se encuentran con Irman, quien les pide ayuda para abrir la heladera y sacar agua porque debido a su baja estatura no puede hacerlo por sí mismo. El problema principal para este curioso personaje es que las tareas que requieren de altura por lo general son realizadas por su esposa, quien ahora yace en el suelo de la cocina probablemente muerta. Con este primer acercamiento puede apreciarse el tono de la obra: lo ridículo y lo extraño es regla. Quizás pueda reconocerse en estos cuentos la influencia de autores como Julio Cortázar o Franz Kafka, quienes constituyen un referente para Schweblin por sus relatos llenos de personajes que, frente a situaciones fantásticas, actúan con una aparente normalidad.

Además de la extrañeza, también hay elementos mágicos que no son explicados, como la aparición de “El hombre sirena”, un tipo que habla tan canchero que el lector llega a olvidarse que está sentado con el torso desnudo y una cola de pez en una roca de la playa. Queda la posibilidad de que la protagonista del cuento esté loca como su madre y haya imaginado el encuentro, después de todo nadie más que ella parece ver al hombre sirena. Lo crucial no es, de todos modos, que su acompañante exista o no. Lo verdaderamente importante es que le brinda algo en qué creer, aunque no sea tan fuerte como para hacerla desafiar a su papá-hermano y quedarse en la playa. Es posible que el hombre sirena no esté ahí al día siguiente, como sucede con esos sueños maravillosos que jamás se repiten y se olvidan con el tiempo.

“Papá Noel duerme en casa” también plantea la idea de aferrarse a una creencia pero desde el punto de vista de un niño, que con mucha inocencia y transparencia relata la aparición de un hombre con los rasgos de Papá Noel en su hogar. En el caso de “En la estepa”, una pareja sale por las noches a cazar “algo” al campo, que pareciera ser ese hijo que no pueden concebir. Habla del deseo de cosas imposibles, difíciles, de la paternidad frustrada y la soledad. Los diálogos son precisos pero desconcertantes, y cuando finalmente conocen a otro matrimonio que logró su cometido, no resisten la realidad. Muchas veces cumplir una fantasía, soltar la creencia inicial, significa perder aquello que mantenía la cordura.

En “Mi hermano Walter” se condensan todas las temáticas mencionadas anteriormente: la familia, los miedos de los padres, la preocupación, la soledad. Walter es un ancla a la realidad, es el recordatorio de que la felicidad es fugaz y hay que disfrutar de las cosas que da la vida pero sin perder el contacto con el entorno, aunque parezca ajeno. El narrador teme que su inocente hijo pase a tomar ese lugar de testigo desencantado del mundo como si Walter, su hermano, fuera contagioso.

Otro tema que se repite en los cuentos de Schweblin es la alteración del tiempo, como en “Última vuelta”, en el cual una calesita aparece como metáfora de la vida. Una nena se baja y comienza a sentir los cambios de la vejez, mientras otros chicos toman su lugar y su madre y hermana desaparecen, como sucede con los seres queridos a medida que uno crece. Este cuento quizás sirva para pensar en lo rápido que avanza el tiempo, incluso durante la juventud, cuando se sueña con castillos y eternidad. En “Conservas”, la narradora describe la posibilidad de retrasar un embarazo no deseado con prácticas alternativas que involucran una lata de conservas y un médico poco ortodoxo. Tremendo. ¡Quién pudiera!

“La medida de las cosas”, por otro lado, muestra el retroceso mental y físico del protagonista a partir de su contacto directo con una juguetería. Este hombre-niño tan peculiar, que al principio maneja autos y sale con mujeres, al final es arrastrado de su pequeña mano por la madre. Puede que sea metafórico, pero convence. “Perdiendo velocidad” es lineal y simple, dibuja la imagen de un hombre que no soporta vivir presa de la lentitud de la vejez y casi logra prever su muerte, acelerando su llegada.

Hay dos cuentos, por otra parte, que también dejan vislumbrar la idea de la muerte pero de una forma muy sutil. En “El cavador”, un individuo merodea por los alrededores de una casa mientras se dedica en sus ratos libres a cavar un pozo entre los pastizales, con su pala y sus pocas palabras. Es escalofriante porque se desconocen sus propósitos y la utilidad del pozo, aunque quizás lo verdaderamente perturbador sea que no hay mucha vuelta de tuerca que darle: el cavador encarna la figura del sepulturero. De la misma forma, en “Bajo tierra” reaparece la idea del pozo misterioso y la pérdida de los hijos, ya que tiene la capacidad de atraer a los niños de un pueblo y hacerlos esfumarse de la tierra. Las manos cansadas de esos padres que los buscan desesperadamente generan compasión, transmiten la desolación y la impotencia de no saber, que es lo peor en cualquier caso de muerte o desaparición.

Hay ausencias que están ahí todo el tiempo, como también plantea “La furia de las pestes”. En este cuento, un censor visita un pueblito del interior dejado a su suerte y se encuentra con lo inevitable de una situación imposible: dejar de comer ante la falta de alimentos y aprender a vivir sin vida. El narrador descubre que ciertas soluciones llegan tan tarde que resultan desubicadas, sobre todo en un contexto de total carencia.

Los personajes de Schweblin permanecen aun cuando ya terminó la lectura, se quedan dando vueltas en la cabeza del lector, que trata de comprender lo que acaba de leer y sentirse satisfecho con su interpretación. Son ideas para cuentos, no podrían dar forma a una novela porque impactan con pocas palabras y situaciones, como cuando un artista pinta literalmente primeros planos de personas siendo golpeadas, con detalles específicos de las heridas y sangre por doquier, en “Cabezas contra el asfalto”. El protagonista alterna momentos de extrema lucidez con otros en los que se vuelve un inadaptado total, es el tipo de individuo que ve a los que lo rodean como intérpretes de una comedia que, de tan ridícula, resulta incomprensible. Y justo cuando por algún motivo intenta formar parte de la farsa, su incompatibilidad con el mundo regresa con más fuerza y viene a confirmar lo que, en realidad, sabía a ciencia cierta desde un principio.

A lo largo del libro aparecen diferentes puntos de vista, los narradores son femeninos y masculinos, son testigos y omnipresentes; aunque la mayoría carece de nombre o descripciones físicas, de modo que cada lector se convierta en un posible protagonista. Al ser claros y directos, los diálogos llevan a una lectura rápida sin mayores complicaciones, no obstante la ambigüedad se mantiene de principio a fin. Quizás estos recursos tejan un delicado plan de fondo: quien tenga el libro en sus manos deberá enfrentarse a sí mismo, para ubicar los relatos dentro de su propio sistema de creencias e interpretar los hechos según sus miedos más profundos. Son, al fin y al cabo, situaciones cotidianas que se van de las manos y plantean la duda sobre el camino que tomaría cada uno, de estar en el lugar del otro. Un viaje maravilloso que regala Samanta Schweblin, con boleto de ida hacia uno mismo.



María Dorrego