Autora: Selva Almada
Editorial: Literatura Random House
192 p. ; 23 x 14 cm.
Chicas muertas es una novela de no ficción que narra la historia de tres femicidios: el de María Luisa Quevedo (15), violada y estrangulada en 1983 en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco; el de Andrea Danne (19), apuñalada en el corazón mientras dormía en 1986 en San José, Entre Ríos; y el de Sarita Mundín (20), desaparecida en 1988 en Villa María, Córdoba, quien podría haber sido asesinada o víctima de trata, ya que los restos que se encontraron a la orilla de un río y fueron enterrados con su nombre, nunca fueron identificados.
Desde Rodolfo Walsh disfruto mucho de este género en particular, que mezcla recursos de la novela tradicional con testimonios verídicos e investigación periodística. En este caso, no obstante, Almada también consulta una tarotista mediante la cual “se comunica” con las chicas muertas, aunque esto quizás le sirva más a ella como motivación para continuar que al lector para “creer”. Los tres casos permanecen sin culpables al día de hoy, por las dificultades que hubo para dar con pruebas certeras o con sospechosos sólidos, y por la complicidad de la justicia patriarcal y la sociedad machista que dominaba (¡y aún lo hace!) la escena pública de la década de los ochenta en Argentina, que apenas volvía a la democracia después de la dictadura. Los medios, como siempre, tampoco ayudaron mucho.
La escritora va intercalando experiencias personales con la reconstrucción de la vida y los momentos clave de sus protagonistas, de manera que se comprenda el entramado de violencia de género y del sistema patriarcal que nos recorre a todas desde que nacemos y, en algunos casos nefastos, nos lleva directo a la muerte a manos de familiares, vecinos, conocidos, todos aquellos hombres en quienes nos enseñan a confiar ciegamente. Muchas veces cerré el libro y dije basta, al borde del llanto. No es nada nuevo, claro, pero de todas formas duele. Duele un montón.
Es un libro con una bajada de línea muy clara pero que, sin embargo, no hace política de manera abierta. Es más sutil que eso. No hay estadísticas, no hay frases hechas, no hay eslogan, no hay conceptos específicos que un antiderechos pueda leer y decir: “¡Esto es ideología de género! Con mis hijos no te metas!”. Hay datos, testimonios, vivencias, costumbres que (a mí, al menos) me resultan ajenas por el contexto del interior del país, ya que soy del conurbano bonaerense, pero que aun así son totalmente verosímiles. Hay realidad: cruda y horrible. A estas pibas las mató el abandono, el desinterés, la necesidad, la desesperación, el abuso, el poder, la complicidad de los “caballeros”. Lo de siempre.Tuve la esperanza de que hacia el final, al estilo Walsheano, Almada encontrara pistas novedosas para esclarecer los casos o arriesgar hipótesis más fuertes sobre lo que pudo haberles pasado realmente a cada una de las chicas. Un poco creo que lo hace, pero en sí lo que te queda es un abanico de posibilidades y tus propias sospechas como lector/a. Más que un final abierto, diría, una herida abierta.
Hay un capítulo, sin embargo, en el que la autora cuenta la historia de “la huesera”, una vieja que recolecta los huesos de todas las criaturas que corren el riesgo de perderse y desaparecer. Luego los acomoda junto al fuego hasta formar nuevamente un esqueleto y comienza a cantar, de manera que su voz guíe la reconstrucción de los músculos, la piel, el pelo de un lobo. El animal entonces sale corriendo bajo la luz de la luna y a medida que avanza se va convirtiendo en una mujer que ríe y desaparece en el horizonte.
Por un 2021 con menos víctimas de violencia de género y más hueseras que ayuden a encontrar la paz y la libertad a las que ya no están.
María Dorrego

