Título: El verano de los peces muertos (2017)
Autor: Pablo Ottonello
Autor: Pablo Ottonello
Editorial: Marciana
176 p. ; 13x19 cm.

La locura, la resignación, la pérdida. Cuentos que le hablan directamente a la conciencia y muestran sin culpa cuestiones arraigadas a la sociedad actual: los trastornos alimenticios y los estereotipos, la delicada relación entre ciencia y esoterismo, los riesgos de la energía nuclear y la utilización de agroquímicos, el abuso de los recursos naturales y el abandono de los pueblos del interior. El desafío es leerlos de un tirón sin sentirse señalado desde cada párrafo.
En menos de doscientas páginas El verano de los peces muertos, de Pablo Ottonello, desarrolla cuatro cuentos largos (aunque el primero podría considerarse una novela corta), que finalmente se complementan en una visión particular de la vida, comprometida con hechos históricos, problemas ambientales y relaciones humanas conflictivas.
Ottonello se para en los contrastes, en la forma en que ven y se perciben a sí mismos los personajes con respecto a sus semejantes. Además de El verano de los peces muertos, el autor argentino publicó Quiero ser artista (2015), otro libro de cuentos; Veteranos de la guerra del día (2017), su primera novela; y participó recientemente de la Antología del nuevo cuento argentino, publicada por la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires.
Quizás sea por su otra pasión, el cine, que los paisajes que presenta Ottonello se vuelven escenas perfectamente visuales para el lector. Campos desolados, miseria, hambre, tristeza, soledad, todo puede verse y sentirse sin demasiadas descripciones. Los personajes van contando su historia como la recuerdan, arman un bosquejo de su pasado y los espacios que habitan sin monólogos eternos ni detalles exhaustivos. Lo mejor (y lo peor) es que una vez finalizado cada cuento queda una sensación agridulce, mezcla de cariño y preocupación porque, aunque las voces callen, todavía les queda mucho por decir.
El libro empieza con “Klimowicz”, que está relatado en primera persona por Tadeo, un neurólogo que no puede (ni quiere) parar de recordar vivencias con sus amigos y compañeros de facultad. Recorre así momentos clave de una vida hasta explicar dónde se encuentra cada personaje y por qué. El cuento está lleno de notas al pie del narrador, que aparecen como voces en off del propio relato. Una muerte, sin embargo, se transforma en un punto de inflexión y cambia por completo a Tadeo: lo vuelve más oscuro y lo recluye en sus pensamientos. “Entendí que así se lloraba a los muertos, sin precaución”, reflexiona en un momento de crisis. Esa muerte se equipara a un culatazo en el cráneo, destinado a modificar las percepciones de la realidad para siempre. Así Tadeo comienza a transmitir sus obsesiones al lector como si fueran polaroids de sus recuerdos, porque es la única forma de aliviar el dolor que lo acompaña. Una de las cuestiones más interesantes que plantea el cuento es la relación entre escritura e imágenes mentales, por la forma en que las palabras fijan las experiencias pero, a la vez, las limitan.
“Cambió todo tanto”, por otra parte, es la carta de una madre a su hijo mayor. En ella le cuenta, con la lucidez momentánea de un estado febril, los acontecimientos que la llevaron al aislamiento en su pueblo natal (en algún lugar cercano a Entre Ríos). Durante todo el relato hay un clima tenso, ya que las palabras de la mujer suenan tristes y resignadas. Le escribe a Oscar: “Sobrevivimos, y si me preguntas, hijo, esto es lo que se viene para todo el mundo”. La carta va cimentando, así, el génesis de un pueblo fantasma y se constituye como una especie de testamento. El golpe visual de Ottonello va tomando forma al introducir la leyenda del chupacabras como antesala a la desesperación: “Algo tan normal como tomar mate con alguien ya no se hace más (…) Ahora todo es encerrarse bien”, comenta la madre con sus últimas fuerzas.
El tercer cuento, “Milagros Zamponi (1980)”, recorre la vida de una mujer marcada por la obesidad y el talento para la poesía. A través de sus versos, la protagonista va encontrando temáticas que definen su propia voz. De esta forma desarrolla una extraña amistad con una deportista rusa, que se vuelve su mayor fuente de inspiración y frustración. A ella le dedica sus publicaciones y, en algún punto, sus luchas personales. En este cuento Ottonello le brinda al lector un pantallazo de la catástrofe nuclear de Chernóbil, del compromiso, la denuncia y la forma en que estas actitudes precisan los límites de la creatividad; todo a través de una mirada crítica de la realidad y los estándares de belleza.
Finalmente, el cuento que da nombre al libro, “El verano de los peces muertos”, transcurre durante las vacaciones de un futuro cineasta en una playa de Uruguay que, mientras le saca fotos a su novia y visita un bar solitario, comienza a escribir un argumento para una película. Su mayor inspiración proviene del pasado turístico de la costa y del impacto que tuvo la fumigación de campos cercanos, causando la muerte de animales marinos debido a un canal artificial que desembocaba en el mar. “Nadie podía saber qué tenía y qué no tenía el agua (…) Lo mejor era no meterse”, dice un uruguayo. Entonces la imagen vuelve a noquear: la playa desierta, los peces muertos, el olor a podrido, las intoxicaciones, el cierre de hoteles, el comienzo del fin.
Uno de los puntos más atractivos del libro es que no se habla directamente del amor, pero se refiera a él constantemente, quizás con demasiada sutileza. Es amor lo que motiva a los personajes a seguir: la admiración obsesiva de un científico por una mujer, su objeto de estudio; el cariño maternal por el hijo que encarna la salvación, el ideal de bienestar; la amistad de dos personas que viven del otro lado del mundo pero comparten preocupaciones y deseos, todo en medio de una total disconformidad con la sociedad, el cuerpo y la salud; la búsqueda constante de la inspiración, del sí mismo reflejado en el otro.
Lo interesante de Ottonello es la imposibilidad de encasillarlo en un solo género, ya que teje sus redes entre lo realista y lo fantástico. Sus cuentos acaban en cotidianidad, en resistir y sobrevivir contra todo pronóstico. Un poco como la vida misma. Puede que lo que agobie a todos y cada uno de sus personajes sea, inevitablemente, el miedo a la soledad y al silencio final de enfrentarse con uno mismo. No queda ninguna duda de que en El verano de los peces muertos nadie come perdices, pero tampoco se pega un tiro en la frente (aunque quizás debiera hacerlo).
María Dorrego

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