jueves, 5 de septiembre de 2019

El año del desierto

Título: El año del desierto (2005) 
Autor: Pedro Mairal  
Interzona Editora 
288 p. ; 22x14 cm.  


Se me está volviendo una costumbre esto de leer recomendados. Me alegra porque me acerca a autores que por mis propios intereses –por demás redundantes– quizás no levantaría de una estantería. Creo que esta novela está maravillosamente escrita, tiene descripciones increíbles y referencias literarias e históricas por todas partes. Lo mejor de Mairal es el lenguaje fluido que utiliza, que hace que la lectura se vuelva más llevadera. 

Hubo momentos, sin embargo, en que tuve que recordarme que la vida estaba fuera de esas líneas y sacar la nariz del libro para respirar. Es una novela larga, aunque la leí en poco más de una semana. No la recomiendo para leer en viajes o en situaciones en las que uno busca distenderse. Más bien requiere de una lectura comprometida, atenta, dispuesta a atravesar el estrés de/con la protagonista.  

El libro repasa un año en la vida de María Valdés Neylan, una chica de 23 años que trabaja de secretaria y sale con un motoquero que se llama Alejandro. Me gusta Alejandro como personaje, aunque en realidad nunca aparece físicamente; más bien es el sostén emocional de María, una esperanza de cambio o mejoría a lo largo de toda la novela, mientras se va descomponiendo la comida, la sociedad y la cultura –a veces de manera absurda–.  

A María le pasan cosas todo el tiempo, sin respiro. En un año, poco más-poco menos, la vida en el país da un giro tremendo y ella llega a trabajar de enfermera o en un burdel, cuando no anda como una linyera por las calles desiertas. Hay un fenómeno fantástico, “la intemperie”, que avanza desde las provincias hacia la capital de Buenos Aires y va transformando la civilización en terrenos baldíos.  

Cuando arranca la narración, ya no funcionan las computadoras, los celulares ni la televisión. Hay mucho humor negro por momentos, sobre todo con el padre de María que cae en coma cuando se acaban las transmisiones y no suelta el control remoto hasta que “lo apagan” con el botón de off.  

A medida que avanza el texto, la historia argentina vuelve sobre sus pasos. Desde un contexto extremadamente similar a la crisis del 2001 se retrocede hasta la época de la dictadura, las migraciones –pero a la inversa: los que se van ahora son los argentinos–, los gauchos y, por último, a las tribus precolombinas: que ahora son grupos de ex colectiveros, barrabravas o abogados que desarrollaron variedades lingüísticas y costumbres basadas en el machismo y la extrema religiosidad.   

De la protagonista me gusta la forma en que se adapta a las desgracias, aunque por momentos me parece un poco inverosímil. Pasa frío, hambre, la pérdida total de sus derechos como mujer y sobre su propio cuerpo incontables veces. De la mitad de la novela hacia adelante, se la pasan como muñeca entre diferentes hombres. No sé, hubiera querido que se resistiera un poco más, que muriera más gente quizás bajo su responsabilidad. Entiendo que muchas veces las situaciones son críticas en sí mismas a la sociedad, que los retrocesos están llenos de ironías. Aun así, María me resultó un poco pasiva en determinados momentos.  

No sé si la novela es demasiado larga o a mí se me hizo un poco interminable. Al final me quedó la sensación de que la vida nos depara un sinfín de atrocidades y no podemos hacer nada para salir bien parados de ninguna. Detrás de cada cachetazo, viene una patada voladora. En el transcurso, con suerte, habrá tres o cuatro sonrisas. Qué sé yo, demasiado pesimista incluso en un mundo apocalíptico. Cada vez que parece que se despeja un poco el cielo, cae una plaga de langostas.  

Quizás el problema lo tenga yo, que me acostumbré demasiado a leer antologías y perdí el compromiso con las novelas. Tengo sensaciones encontradas porque el libro realmente me gustó y Mairal me pareció un autor buenísimo por la forma de ver las cosas, de compararlas y describirlas. Expone de manera clarísima las miserias humanas, las contradicciones, la barbarie contenida; todo a través de la voz de la única persona que se aferra a la civilización, aunque sea por costumbre. Entonces no sé explicar muy bien por qué no volvería a leerlo. Tal vez quedé demasiado agotada, como María, de atravesar semejante infierno una y otra vez.

Cuando le comenté a mi amigo que me parecía poco creíble que la protagonista siguiera yendo a trabajar como si nada mientras el país se iba al carajo, se rió y me preguntó: "¿no es lo que hacemos nosotros también ahora mismo?". ¿Acaso esta novela resulta demasiado actual como para considerarla menos que un reflejo de nuestra sociedad y nuestras decisiones cíclicas como ciudadanos y ciudadanas? Espero, entonces, convertirme en las Marías que necesite con tal de seguir sobreviviendo, tal y como hizo María Valdés Neylan.



María Dorrego