Autora: Ayelén Vázquez
Ediciones Futurock
280 p. ; 23 x 15 cm.
No es nada casual que haya leído/engullido/devorado este libro en dos noches y una mañana. Andaba buscando este tipo de lectura: rápida, sin tanta vuelta, con una historia simple y entretenida que me rompiera un poquito el corazón. La trama tampoco es ninguna novedad, pero ya lo dice mi querido amigo Cristian Walter: “lo que importa no es el qué, sino el cómo”. A ver cómo es eso.
Los capítulos son cortos, de una hoja y media la mayoría, palabras más palabras menos. La narradora emplea un registro bastante coloquial, de vez en cuando se le escapa alguna puteada y te sentís más en confianza. Ahí decís: “epa, me está hablando a mí”.
Hay un detalle que me gustó mucho y es la ausencia casi total de diálogos. Las conversaciones están en cada anécdota, sin dudas, pero las recreás en tu cabeza a partir de la descripción de los escenarios, de lo que maquina cada personaje; no hay necesidad de ponerse a reproducir las palabras exactas. Todos tuvimos alguna vez alguna relación más o menos exitosa, desastrosa, soportable, ridícula, tóxica. Sabemos cómo es el asunto. No necesitamos esas discusiones por escrito. Así que disfruté mucho de la narración sin pretensiones, desde un único punto de interpretación –a veces insuficiente.
A la vez, más allá de que me parezca un acierto, también creo que fue una decisión consciente de la autora negarle la voz al co-protagonista, Lucas, quien en verdad es más como un personaje que se va desvaneciendo a medida que avanza la trama. Me quedó la sensación de que es una especie de recuerdo que finalmente deviene en mito. No es spoiler, desde el inicio sabés con toda certeza que es la historia de una separación. Lo que importa no es el qué, sino el cómo.
El título me encanta. Es muy abierto, amplio, no dice nada y, a la vez, dice un montón. Pienso en “todo esto” y me imagino el gesto de tratar de agarrar con las dos manos un desborde de emociones, de recuerdos, de cosas no dichas, de dolor, risas, objetos inanimados que lastiman con su sola presencia en el ambiente. “Todo esto” es, para mí, la síntesis de lo que fue y lo que no fue; es lo que quedó después del tsunami. Es sentarte en medio del quilombo, con las piernas cruzadas y el termo debajo del brazo, para preguntarte antes del primer sorbo: “¿por dónde arranco?”.
Pienso también que empaparse de la fe ajena tiene fecha de caducidad y está perfecto. Quizás el mismo Lucas llegó a convencerse de que podía luchar contra sus monstruos internos, ¡quién pudiera!, pero al final enfrentarse con uno mismo es más complicado de lo que parece. Soy una firme creyente de que el amor no es lo único que necesitás, el amor no salva el mundo ni paga las cuentas. Seguramente yo sea la Lucas de alguien. Sé, sin dudas, que puedo llegar a sentir esa clase de fobia por el romanticismo, de la que paraliza y enmudece. De la que mata a escopetazos cada mariposita.
No sé cuánto tenga de ficción esta historia –aunque asumo que muy poco– y eso me resultó muy interesante a medida que avanzaba las páginas. No me voló la cabeza, pero sí me gustó el ritmo ¡nada empalagoso ni lastimero! de narrar las idas y vueltas de una relación adulta. ¿No es eso la vida? Despedirse constantemente, a veces para siempre, a veces por un rato.
Dejo esta canción de una banda que me gusta mucho, Albrío, que me encontré tarareando más de una vez mientras me encariñaba con estos personajes y luego los dejaba ir.
“Me di cuenta enseguida de que le estaba rompiendo el corazón, el mismo corazón que no me podía dar, que me decía: Mirame y no me toques, acá estoy yo, el corazón de Lucas, que te ama pero no puede, seguí mirándome, soy intocable, pero no me dejes de querer.” (p. 116)


