lunes, 15 de junio de 2020

Litio

Título: Litio (2019)
Autora: Malén Denis
Editorial: Concreto
120 p. ; 20 x 14 cm.



A Malén Denis la conocí hace muy poquito. Venía de trabajar un montón, por lo general a doble turno, y la pandemia me impuso un descanso necesario. Con tanto tiempo libre empecé a escuchar mucho la radio FutuRock, donde Denis participa de manera regular. Hubo algo en su voz, desde el inicio, que me cautivó. No quise buscar enseguida su cara, preferí imaginármela. Sí, soy una romántica encubierta. Pasaron un montón de semanas hasta que me decidí a seguirla en Instagram, a correrla de su papel estelar de compañía de encierro; a que sus palabras llenaran mucho más que el vacío de mi monoambiente. Creo que tengo un leve enamoramiento, ya está, lo dije.  

Poco a poco fui comprendiendo a qué se debía mi interés por ella: parece ser una mujer increíble. Defiende lo que piensa, lo dice sin pelos en la lengua y, si no, te lo escribe con puntos y comas. Tuve la suerte de que me trajeran su libro a domicilio y me lo tragué de un tirón entre ayer y hoy. Sospecho que no hay mejor manera de drogarse.

Litio es una novela en formato carta o entrada de diario (¿mental?). La narradora, de quien desconocemos el nombre, va contando un sinfín de hechos que, al menos al principio, parecen no tener relación. Por supuesto que hay hilos conductores, pero muchas veces son demasiado sutiles. Hay que estar muy atento. De alguna forma el lector tiene que ir reconstruyendo los acontecimientos, buscándole sentido a la historia. Al menos, así arranqué yo. 

Como a la mitad me di cuenta de que, posiblemente, no era tan necesario seguir por ese camino. Quiero decir, ¡sí!, es imperioso que un libro tenga una estructura básica; que pase algo, que haya un conflicto. Pero en cierto punto eso deja de importar y te vas metiendo cada vez más en la psicología de la narradora hasta ver con sus ojos, sentir con sus manos, doler con su cuerpo. 

El estilo de Denis es impecable. Me reconforta muchísimo saber que está trabajando en otros proyectos (¡gracias Google!). Resulta muy difícil separar a una autora de su obra y me sentí tan interpelada por Litio que solo tengo palabras de admiración. Voy a tratar de resumir la trama: a la protagonista le toca (diría que se obliga a sí misma) cuidar la casa y las mascotas de su ex, quien se encuentra internado por alguna clase de condición psiquiátrica que lo condujo a ejercer violencia de género hacia su actual pareja. En este contexto, la narradora transita un ir y venir constante entre casas, por un lado, y entre recuerdos, por el otro. 

El libro está minado de analogías y metáforas. Relaciones conflictivas con los padres y, específicamente, la maternidad. Es interesante que este último punto esté encarnado por una gata protectora que acaba de parir. ¿Se verá reflejada la narradora en ese cachorro que está aprendiendo a habitar el mundo y a comer por sus propios medios? Me sentí muy identificada en muchos aspectos y eso me vuelve una lectora parcial. 

Hay una búsqueda de sentido, una crisis que se pospone como la actualización de una computadora hasta que no queda otra que hacerse cargo y atravesarla en soledad y silencio. La tristeza, la melancolía, la negación, el desgano, la necesidad de escaparse de cualquier forma de una misma. Me conecté con todo eso. Es desbordante terminar una relación de tantos años, sea o no “el primer amor”. Es tremendo alejarse de alguien con quien creciste y te hizo sentir (adrede o no) que no podés existir sin su apoyo.

El nombre de la obra me causa algo de desconcierto. Leí en una nota de Lola Sasturain, en Página/12, que hace referencia a la canción de Nirvana. No podría asegurarlo. También busqué información sobre el litio en sí, y parece que es un elemento químico altamente inflamable y corrosivo que se usa para tratar trastornos mentales, como la bipolaridad o la depresión. Podríamos decir, entonces, que es una droga que modifica tu estado de ánimo, ¿no? 

Me quedé pensando… ¿La urgencia en las declaraciones de la narradora no son, de alguna forma, inflamables? Las reflexiones se entrecruzan y se mezclan entre recuerdos, opiniones y observaciones de su entorno. Y vos estás ahí, desprevenido, con el libro entre las manos, esperando que algo detone. Se genera una lectura muy secuencial, en la que imaginás a la protagonista moviéndose por diferentes espacios, tomando nota mental de todo lo que absorbe, y comentándolo al pasar. Así como cuando tratamos de contar una anécdota y metemos tanta data que se vuelve una metahistoria. 

Al tener capítulos tan cortitos, de dos o tres páginas, creo que lo que intenta reflejar es justamente esto: una especie de coloquialidad que nos acerca a la idea de estar husmeando en la cabeza de alguien. Atestiguamos, de esta forma, el duelo de una chica en sus treinta, que se reconcilia con la pérdida y revive la muerte de su madre a causa del entierro de una relación amorosa. Como decíamos, en un contexto de crisis general: a nivel país y a nivel personal, sin un trabajo ni fuente de ingreso estable. 

Supongo que no soy la única que puede identificarse con esta historia. Todos nos aferramos demasiado. Sí me parece que hay una bajada de línea significativa: no importa cuánta cátedra te den los demás, vas a empezar a pegar tus pedazos rotos cuando vos misma encuentres la motivación, las ganas y la forma. Nadie deja de fumar porque se lo pidan amablemente. A veces hay que tocar fondo, dejar que los gatos de tu ex te arañen la piel hasta hacerte sangrar. Quizás, con esa fuerza interior que no creías poseer, descubras que no necesitás esa droga que te hacía sentir mejor. Tal vez, para encontrar la paz, haya que dejar que explote todo. Después, reconstruir bajo tus propios términos.



María Dorrego 

jueves, 4 de junio de 2020

Tierra de los hombres

Título: Tierra de los hombres (2016)
Título original: Terre des hommes (1939)
Autor: Antoine de Saint-Exupéry 
Editorial: Berenice 
160 p. ; 14 x 22 cm.


Compré este ejemplar en 2018 y lo empecé tres veces. No podía pasar de la tercera página, me aburría muchísimo. Al final lo dejé porque no hay nada peor que leer por obligación. Hace poco leí una frase en internet que parecía salir de la obra y volví a sacarlo de la biblioteca con entusiasmo. Tal vez lo que tenía que hacer era esperar a tener la cabeza para comprender ciertas cosas. Esta vez, lo leí en un día y una noche. 

Cuesta acostumbrarse a dialogar con un aviador. Hay un lenguaje técnico, muy específico de quien viaja solo por el mundo, que te descoloca. A medida que avanza el relato, sin embargo, te vas acostumbrando y vas sintiendo que vos también volás. Empiezan a preocuparte los desperfectos de la máquina, las nubes repentinas, los mares ocultos, el copiloto que se duerme, las montañas, los mapas. Entendés que la vida puede ser ese conjunto de cosas que para vos no significaban nada.

Es la primera vez que leo a Saint-Exupéry fuera de El Principito. Fue una gran experiencia porque al ser una obra autobiográfica me permitió ver el trasfondo, sus motivos. Muchas veces me había preguntado, ¿por qué el pequeño príncipe forma un vínculo con un zorro? ¿De dónde habrá salido esa obsesión por sentirse acompañado, por conectar con alguien? ¿Por qué volaba de planeta en planeta buscando, siempre buscando? 

Es entendible que los escritores proyectemos en nuestros personajes, pero sin leer Tierra de los hombres no habría percibido jamás hasta qué punto Saint-Exupéry comprendió a su Principito y se reflejó en él. Creo que hay personajes tan icónicos que se independizan de su autor y se convierten en seres autónomos. Gracias a este libro entendí las condiciones de producción en que nació mi querido y solitario príncipe. 

Saint-Exupéry relata cómo inició sus aventuras en el mundo de la aviación. Para él llevar el correo era primordial, pero a medida que aprendía el oficio también se daba cuenta de la importancia de crear lazos con otros hombres. Hay dos casos muy específicos que me conmovieron: la relación con su colega y amigo Henri Guillaumet y, por otra parte, el vínculo que construye con un esclavo llamado Mohammed. El evento que unifica y da sentido a la obra, sin embargo, es el accidente en el Sáhara, en el cual casi muere de sed con su mecánico André Prévot.

También le dedica algunas páginas a su paso por un castillo en Concordia, Entre Ríos, en donde narra una anécdota muy interesante con unas nenas y unas víboras. Da la sensación, por momentos, de que a este hombre todo lo maravillaba. Esto se nota además cuando describe sus vuelos nocturnos, en donde siempre destaca el silencio y la compañía lejana pero constante de las estrellas. ¿En qué momento se habrá preguntado si permanecen encendidas para que cada uno pueda encontrar la suya algún día?

Me pareció reconocer a lo largo del libro la idea de una indagación constante, la búsqueda de algo superior: autoconocimiento, conexiones, libertad, puntos en común con la naturaleza de las cosas. Unos años más tarde, Saint-Exupéry escribiría El Principito y, un año exacto después de eso, desaparecería misteriosamente en un vuelo de reconocimiento. ¡Qué legado! ¡Qué forma conmovedora de volverse inmortal! ¿Habrá sido como su paso por el desierto de Libia? ¿Habrá sucumbido ante la sed, imaginando un pozo en alguna parte? ¿Habrá caminado en línea recta hacia el Este, siguiendo los pasos de su amigo Guillaumet? ¿Se habrá cruzado algún zorro en su camino, que le diera esperanzas? ¿Habrá encontrado, como el Principito, una forma de volver a casa? Tristemente, solo podemos imaginarlo.



María Dorrego