martes, 2 de noviembre de 2021

Cometierra

Título: Cometierra (2019)

Autora: Dolores Reyes

Editorial: Sigilo

176 p. ; 22 x 14 cm. 


¡Tanto que decir! Antes que nada, amé la idea del libro y el título es uno de los más atractivos que leí en mucho tiempo. Cometierra es una novela de realismo mágico, en la que su protagonista y narradora tiene el don de “ver cosas” cuando, literalmente, come la tierra que habitaron otras personas. Es así como se vuelve una especie de bruja villera que atiende clientes de toda clase social que buscan a sus desaparecidos, quienes le llevan botellas con tierra significativa para que ella pruebe a cambio de plata. 

A través de la novela acompañamos a Cometierra desde que es una niña y “ve” el femicidio de su mamá (que muere a manos de su propio papá), para luego dejar la escuela porque se cansa de que la miren mal “por sucia”. A lo largo de su juventud acaba reproduciendo, sin ningún tipo de resistencia, la vida del barrio: con cervezas para las cuatro comidas del día, en una precariedad absoluta, bailanta y puñaladas los fines de semana. Tanto el lenguaje como los escenarios que presenta la autora hablan de un registro definido, que representa en cada página un sector de la argentinidad bien conocido por todos.   

Los personajes de esta historia son tan reales que duelen. Los ves a todos, incluidos aquellos que no aparecen vivos (y tal vez a ellos un poco más todavía). Hay un abandono absoluto en Cometierra por parte de las instituciones que parece hundirlos cada vez más en su miseria: la familia (encarnada en el padre abusivo, la tía que abandona), la escuela (cuando desaparece la única maestra que le prestaba atención, deja de ir y a nadie le sorprende), la policía (que deja impune el femicidio tanto de su mamá como de la maestra, e ignora otras desapariciones), del Estado (que no aparece de ninguna forma tratándose de dos menores de edad viviendo solos: Cometierra y su hermano Walter). No es casual que ella termine enganchándose con un yuta, puede que de manera inconsciente busque algún tipo de amparo o seguridad en él. 

La vida en el barrio donde viven está surcada (cortada en dos por un cuchillo) por una espiral de violencias y desesperanza: sobre todo para las feminidades. Creo que hay una fuerte denuncia por parte de Reyes en este punto. Las mujeres siguen faltando y nadie hace nada. Hay un capítulo muy duro en que Cometierra habla en sueños con la maestra muerta y le dice que no quiere ser mamá, que para qué, si después las pibas desaparecen. Ella conoce los códigos para moverse por la calle porque las caminó toda su vida, sin embargo, creo que lo que finalmente la mantiene a salvo es su don, ya que la vuelve inusualmente precavida. Entonces, ¿sabe cuidarse realmente o lo que la salva más de una vez es su propio encierro? Siendo mujeres ¿la única manera de sobrevivir es quedándonos al margen?

De todas las oportunidades en que Cometierra usa su don para ver, en una sola ocasión logran encontrar y salvar a la víctima, una jovencita que había sido secuestrada por un viejo horrible. El resto de la tierra siempre le trae espanto y fatalidad, a pesar de todo esfuerzo. Así y todo, ella sigue atendiendo, sigue probando y tratando de ayudar (y si con la plata que gana puede comerse unas papitas en La Salada, bueno, mejor). Incluso al final, cuando tiene que escaparse del barrio con lo puesto por haberse metido con gente pesada, le cuesta dejar las botellas con tierra misteriosa de su jardín. Y es que su identidad empieza y termina en comer tierra, ¿qué va a ser a partir de ahora que ni eso podrá tener? ¿cómo va a llamarse? ¿quién va a ser, si la tierra es lo único que la define? Aquello que le pertenece sin que nadie se lo haya regalado, sin que nadie pueda arrebatárselo. Hablame de finales abiertos. Me encantó. 


María Dorrego

lunes, 1 de noviembre de 2021

Historia de una investigación

Título: Historia de una investigación (2019)

Autora: Enriqueta Muñiz

Editorial: Planeta

272 p. ; 23 x 18 cm. 


Historia de una investigación es la crónica, redactada maravillosamente por Enriqueta Muñiz, de los acontecimientos que vivieron tanto ella como Rodolfo Walsh a partir del “caso Livraga” y que culminaron en la publicación de Operación masacre hace más de sesenta años. El ejemplar incluye, además, cartas que el mismísimo R.W. le dedicó a Enriqueta, poemas, fotos y cuentos. En la introducción, Daniel Link y Diego Igal trazan un recorrido por la vida de los periodistas para mostrar los puntos de encuentro y de quiebre entre ambos, además de sus aciertos y desgracias personales. 

Muñiz falleció en 2013 y los textos del libro forman parte de su colección personal, que en vida jamás publicó. Tampoco habló jamás sobre su relación con R.W., quizás porque al momento de publicarse Operación masacre él todavía estaba casado o porque Muñiz con toda probabilidad haya sido una mujer extremadamente reservada. Tal es el caso, que luego de la investigación que realizaron juntos a lo largo de casi dos años no volvieron a colaborar en otros trabajos, a pesar de que R.W. se dedicó al periodismo de investigación de lleno. Dice Igal en la introducción que ella nunca se casó ni tuvo hijos y que seguramente haya estado enamorada en silencio de R.W. hasta el momento de su muerte (esto último lo agrego yo). Quién sabe. ¿Es necesario romantizar así la historia? 

Fue una experiencia hermosa poder leer los cuadernos manuscritos de Muñiz para comprender mejor los pormenores de la investigación; el cansancio, el hastío, las dificultades que enfrentaron para publicar la obra. A su vez, pequeñas frases de la autora nos permiten entrever el vínculo que compartía con R.W., la forma en que se relacionaban, el compromiso, la valentía que se contagiaban. Gracias a esta crónica podemos advertir rasgos de la personalidad caprichosa de R.W., a veces contradictoria; más allá de su característica habilidad para la literatura y el periodismo, ya conocida por todos. 

Es un complemento interesante para la lectura de Operación masacre, aunque no por eso primordial. No aporta nada nuevo al relato, sino que nos adentra en ese pequeño mundo que supieron construir Muñiz y Walsh a quienes sentimos una vergonzosa curiosidad por la relación que desencadenó su investigación, que al parecer fue tan fogosa como fugaz. 

Así y todo, no puedo evitar preguntarme: ¿este libro es una mera excusa para sacar los trapitos al sol sobre su probable romance slash aventura? Soy una lectora voraz de todo lo relacionado a R.W. y en los textos siempre se lo menciona como un galán -yo diría mujeriego-, pero su obra jamás queda opacada por esta faceta de su personalidad. ¿Estoy haciendo una lectura demasiado ideológica si percibo que en el caso de Muñiz su interés romántico por R.W. sí opaca su talento periodístico y literario? ¿Fue por reserva que jamás habló de su relación en público o, quizás, como una forma de protegerse de la minimización profesional debido a su género y juventud? La deslizo. 

   

María Dorrego

domingo, 24 de octubre de 2021

Acá el tiempo es otra cosa

Título: Acá el tiempo es otra cosa (2015)

Autor: Tomás Downey

Editorial: Interzona

128 p. ; 22 x 14 cm.


¿Puede acaso oxidarse el ojo crítico? ¿Existe tal cosa? ¿A qué escalón me subo para poder afirmar sin risas de fondo que mi opinión tiene algún valor por fuera de mis pensamientos? La verdad es que hacía rato no me sumergía en las páginas de un libro. No sé por qué, supongo que la pandemia y todo eso. Empezamos a desconocernos un poco, ¿no es así? Pero el cuerpo me puso un stop y cuchillo va, cuchillo viene, me quedé sin vesícula y estoy acostada hace tres días en casa. Llegué al límite de las series –me comí You en un día y fue un montón- y dije vamos a estimular un poco el seso, che.

Igual no es así como llegué a Downey, ¡si la recomendación la leí en una revista Viva en la sala de espera de un consultorio! Tremendo. Después lo compré por mercado libre y acá estamos. Lo empecé hace unos meses y lo dejé en el tercer cuento, por nada particular, más bien porque no estaba en esa. Ahora lo leí de un tirón, para seguir quizás en esta carrera para ganarle al hastío. 

El libro tiene dieciocho cuentos, la mayoría cortos. Hay dos o tres un poco más largos pero se justifica porque la historia lo amerita en cada caso. Si no, son bocaditos para una tarde de domingo con una tacita de té a mano. Vamos por partes: arranquemos con los aciertos. Tiene temáticas muy interesantes, principalmente me hizo sentir muy cómoda que la sexualidad no fuera un tabú. Los narradores hablan de masturbación, pijas y tetas sin que les tiemble la voz. Se agradece. La mayoría de los cuentos relatan situaciones familiares, donde la relación conflictiva es entre padres e hijos o la pareja en sí. Hay desencuentros, temores, olvidos, desamor, violencias de todo tipo. 

En “Una historia de amor”, por ejemplo, una mujer medio que se obliga a tener una relación con un hombre bastante decente y aunque trata de sabotearse todo el tiempo a costa de aburrimiento, recién conecta con él a través de una tragedia completamente evitable. En “Mirko”, por otra parte, un joven egoísta intenta poseer a toda costa a un misterioso y sensual extranjero sordomudo que lo hace sentir mejor consigo mismo, incluso si es a pesar de la felicidad de aquel. 

La narrativa de Downey es clara, sin vueltas. No usa mucha metáfora. No se lee entre líneas lo que quiere decir, aunque la mayoría de los baches en las historias sean súper turbios. La imagen mental es instantánea, los escenarios y los personajes no varían mucho; salvo, quizás, por esa maceta de la que nace un caballo en “Cavayo”. Por lo demás, todo transcurre en hogares de familia, escuelas, cabañas de vacaciones. Puede que la idea sea hacerte sentir como en casa para que la extrañeza te tome por sorpresa cuando perdés la gravedad y el techo es lo único que te detiene de salir volando hacia el infinito, como sucede en “Astronauta”. 

En relación a estas similitudes –familias, hogares- me parece que no hay mucha variedad de registros y que una misma clase de narrador/a cruza el libro entero. Algunas frases latiguillo me resultaron molestas, como “encogerse de hombros” o cuando se refiere al pene como una cosa “encogida que cae”. También me llamó la atención que más allá de mencionar lugares como Lobos o San Telmo, no hay otro tipo de marcas que sugieran que se trata de Buenos Aires o alguna otra provincia; no hay formas de hablar, referencias, descripciones. Las historias podrían transcurrir en Argentina o en cualquier parte del mundo, da lo mismo. 

El título del libro sí me gustó muchísimo. Es una certeza que recorre cada cuento: el tiempo no solo se detiene para sus personajes, sino que se transforma en otra cosa más densa que los oprime, los empuja, los hunde en sus desgracias. “La quinta” me dejó con una piedra en el estómago, lo releí para contemplar la posibilidad de haberlo entendido mal; busqué alternativas y no hubo chance: el horror está ahí, entre sobres rebalsados de plata y gente podrida. Para los padres de Miguel en “Los ojos de Miguel”, seguramente el tiempo también se transformaba en algo terrorífico que les marcaba la tragedia de sus vidas y el pasaje a una bestialidad visceral desencadenada por la falta de respuesta de su hijo menor.

Los cuentos son tan cortitos que no quiero espoilear demasiado. Vayan a leerlos, están tremendos. Enfréntense a su propia alma bizarra y acaben con los personajes; háganle frente al abuso, a la soledad, al horror. Acepten la miseria humana y agradezcan que ninguna de esas casas los espera después del trabajo. 



María Dorrego


viernes, 19 de febrero de 2021

Un enemigo del pueblo






Título: Un enemigo del pueblo (2007)
Título original: En folkefiende (1882)
Autor: Henrik Ibsen
Editorial: Cántaro
160 p. ; 18 x 13 cm.




Qué increíble que una obra de teatro de 1882 pueda resultar esclarecedora para comprender el juego de la política y, sin ir más lejos, uno de los mayores conflictos que surgieron a partir del Covid-19: ¿qué vale más, salvar vidas o la economía? ¿el progreso económico conlleva necesariamente a la destrucción del medio ambiente? Justifique su respuesta. 

Un enemigo del pueblo
es un drama realista de cinco actos que transcurre en una ciudad costera del sur de Noruega, la cual se vuelve un poco de moda gracias a la apertura de su reciente balneario, que atrae turistas de todas partes, generando así una mayor actividad comercial y la lenta aparición de una comunidad de pequeños burgueses. Sin embargo, el médico del balneario y protagonista de la obra, un tipo idealista a más no poder y leal a su formación científica, descubre que las aguas están contaminadas y que más temprano que tarde esta situación traerá problemas de salud a los visitantes de la costa. 

En un primer momento se considera al doctor como un “amigo del pueblo”, ya que quiere salvar a todos del desastre –¿una posible pandemia?–. Obtiene de esta forma el apoyo del líder de los propietarios –¡la mayoría compacta!– y de la prensa independiente, que moldea la opinión pública. No obstante, cuando el alcalde –¡que también es el hermano del doctor!– pone en evidencia los gastos que requerirían las reformas del balneario y el tiempo que llevaría la obra, lo cual pondría una pausa al turismo, todos se ponen en contra del doctor. 

El autor recurre a una metáfora constante, en boca del protagonista, mediante la cual compara la podredumbre del balneario con aquella que envuelve a la comunidad y los lleva a convivir con la mentira, porque a través de ella se mantiene la estabilidad económica y social. 

Es sumamente interesante pararse como réferi y ver cómo los discursos se modifican siguiendo los intereses clasistas de cada uno; cómo mantienen la diplomacia en situaciones extremas para quedar bien frente a las masas y así condicionar el sentido común. Por otro lado, es llamativo que en el primer acto el doctor esté feliz por su descubrimiento y le cueste comprender las implicancias políticas que, sin embargo, los periodistas cazan al vuelo. Para él la cosa es tan simple como cambiar unos caños de agua, no considera la resistencia que van a oponer los funcionarios y la corrupción generalizada del pueblo, mucho menos que las personas puedan cambiar de parecer y ser funcionales al poder de turno. Para ser sincera, el mismo doctor se vuelve bastante antidemocrático cuando todos se ponen en su contra, y dice desconfiar de la opinión de aquellos que no poseen formación académica o política, incluso los compara con perros callejeros. Tarjeta amarilla, señor. 

A pesar de todo, creo que no es completamente necesario tomar partido como lector, sino pararse en el medio de la cancha y nutrirse de las contradicciones, de aquello que motiva a cada personaje. No se puede esperar que todos sean revolucionarios o que confíen en el método científico; tampoco que escuchen de razones en nombre de la providencia. La opinión pública se construye, se modifica, se reinventa, se manipula: es un campo de batalla constante. Henrik Ibsen lo deja bien en claro. ¿Es entonces la razón la enemiga del pueblo, encarnada en el doctor, o es el pueblo mismo su propio enemigo? Se puede tener la razón o el poder, tal parece ser que ambos en simultáneo es un imposible. 

Hacia el final fui perdiendo el entusiasmo, porque a medida que avanzan las hojas del libro y los vecinos le siguen tirando piedras a las ventanas del doctor y aislando a toda la familia, me di cuenta de que no habría un resarcimiento. Supongo que eso es lo que se llama realismo, ¿no? El tipo termina sin trabajo, sin casa, repudiado por el pueblo, abandonado por quienes decían llamarse sus amigos más cercanos y enemistado con su propio hermano. Así de desolados nos sentimos a veces quienes nos embarcamos en reclamos que creemos justos, mientras que el resto de la sociedad prefiere mirar para otro lado y hacer oídos sordos. ¿Realmente la soledad es el precio a pagar por decir en voz alta una verdad incómoda?



María Dorrego

jueves, 4 de febrero de 2021

Eva y las mujeres: historia de una irreverencia

Título: Eva y las mujeres: historia de una irreverencia (2019)
Autora: Julia Rosemberg
Ediciones Futurock
188 p. ; 23 x 15 cm 



Soy una firme creyente de que la lectura debe completarse o interrumpirse –a veces por un rato, otras para siempre– según las necesidades del lector. Milito fuerte abandonar un libro que no nos está gustando o que nos incomoda ya sea por su estilo, por su traducción, por su machismo asqueroso o por su edición vaga y espantosa. ¡Y cómo olvidar la obligatoriedad cultural! Cuando estás conversando con alguien que te dice: “¿cómo que no leíste a tal autor?”. Váyanse todos y todas a la mismísima mierda literaria. Que cada quien lea lo que se le cante un ovario. 

¿A qué iba con esta introducción violentita? De vez en cuando me pinta, pido disculpas si me fui del registro habitual. Es que llevo varios días arrastrando el libro de Julia Rosemberg, leyendo de a poquito, procesando la información, comprendiendo y debatiendo con ella y conmigo misma. Se lee fácil, se entiende, te lleva de la mano por los capítulos a medida que avanzás en la vida de Eva Perón y del crecimiento del peronismo como partido político y como modo de vida. La autora realiza una investigación exhaustiva para conectar los diferentes hechos que acontecieron durante aquellos años y proponer causalidades, a partir del análisis de los discursos de Eva, de los testimonios de aquellas que la conocieron, de la figura pública que construyeron las narraciones de amor y de odio. 
 
El recuerdo que tengo de Evita es heredado, armado a pedacitos, avivado por fragmentos contradictorios, curiosos, atractivos. Crecí en una casa antiperonista, no sé si de extrema derecha pero sí de ascendencia militar. Cuatro o cinco veces por semana se comía un tuquito y siempre faltaba plata. En la mesa jamás, ni por error, se hablaba de política y el pobre es pobre porque quiere, Evita era una prostituta, Perón un gobernado, los negros unos vagos planeros. Un ejemplo más de clase media desclasada, ¿no debería ser un oxímoron?

A medida que una crece puede reproducir el discurso mamado o ponerlo en duda, cuestionarlo, averiguar, buscar otras fuentes. En esa estoy hace rato. Sigo lidiando con la incógnita de dónde pararme. La figura de Evita resulta clave en esa (de)construcción política personal y colectiva. Como feministas es necesario conocer las bases, a nuestras ancestras, las que estuvieron antes, las que fueron conquistando derechos y marcando el camino para las luchas actuales. Es nuestro deber conocer el pasado para defender con uñas y dientes cada logro del movimiento de mujeres. Cada paso colaboró para que yo esté acá tipeando estas palabras. En ese sentido, me parece todavía más importante revisar los sucesos específicos de la tierra que habito, del sistema político al que pertenezco y del rol que tuvieron –¡y tienen!– las mujeres en él. 

Acá es donde entra Eva Perón, sin dudas. 

Sin ella la politización de las mujeres trabajadoras y humildes habría sido menor o, al menos, más lenta, este es el argumento principal del libro. Las dictaduras posteriores al peronismo se encargaron de proscribirlo y hacer desaparecer cualquier registro de la obra de Eva tanto en su Fundación como en las Unidades Básicas del Partido Peronista Femenino, y lo que se sabe actualmente es gracias a los archivos personales o testimonios de sobrevivientes. La ley que otorgaba derechos civiles y políticos a las mujeres ya estaba en debate antes del ascenso de Perón, eso es cierto, pero, como sostiene Rosemberg, ¿se habría generado al año siguiente de su promulgación la participación masiva de las mujeres en la votación sin el arduo trabajo de Eva y sus fieles seguidoras? La pregunta es retórica, por supuesto que no hay forma de saberlo a ciencia cierta… aunque podemos arriesgar una respuesta probable.  

Ya lo dice la autora en más de una ocasión y estoy completamente de acuerdo: el movimiento feminista actual nos impulsa a replantearnos los vínculos tanto del presente como del pasado. Con los anteojos violetas podemos mirar en cualquier dirección y desarmar, reacomodar, buscar nuevos sentidos; poner en contexto y comprender las lógicas que posibilitaron determinados hechos inaugurales. Para Rosemberg es un despropósito determinar si Eva Perón fue o no “feminista”; la autora más bien pone el foco en el espacio público, los derechos y las libertades que ganaron las mujeres que militaron en el PPF, lo cual sí hubiera sido impensable sin la presencia de Eva. 

El peronismo, encarnado en ella, habilitó la politización de miles de mujeres a lo largo y ancho del país, las impulsó a salir del ámbito privado del hogar y la maternidad, para ganar independencia económica y terreno público en las instituciones y en la calle. Por esto mismo Rosemberg propone una relectura de La razón de mi vida, para darle un giro a la interpretación patriarcal generalizada: si bien ese texto reproducía la imagen de la mujer ama de casa, también proponía politizar su experiencia dentro del hogar. ¿No es esto, bajo el prisma actual, desafiar el orden patriarcal establecido?

La figura misma de Evita me despierta una profunda admiración: una mujer de origen humilde, artista, joven, inexperta, sin educación formal ni política, que gracias a su carisma y audacia llega a un lugar de poder impensado para alguien con estas características. “Era una puta”, escuché decir a tantos hombres, “era poco femenina”. Lo mismo que dicen y piensan, aun hoy, de cualquier mujer que sale de su lugar sumiso impuesto por la sociedad y ocupa “espacios masculinos”; o de cualquier persona que desafía el status quo y expropia símbolos culturales pertenecientes históricamente a la oligarquía, ya sea un inmueble, un atuendo, una frase, una plaza. Cuántas veces trataron de silenciarme por piba, por joven, por tener cerca a un chabón que “lo podía explicar mejor”. 

Sin dudas la lectura de este libro me resultó apasionante. Más allá del carácter biográfico de la vida de Evita, Rosemberg pone en contexto cada uno de sus pasos y brinda elementos para comprender cómo y por qué llegó a liderar un partido político y en qué medida su participación encarnó una mejoría en la vida de las clases obreras y, sobre todo, de las mujeres humildes y trabajadoras. Que el nombre de este personaje de la historia argentina sea el mismo del mito católico originario no puede ser más que una coincidencia poética: “Eva y las mujeres” bien podría ser la narración de nuestra revolución y resistencia ante la opresión del patriarcado, desde aquel día en que nos culparon de todos los males del mundo por ejercer nuestro derecho a decidir.

Finalizo esta reseña sin ninguna certeza, con un abanico de interrogantes todavía mayor al que tenía antes de la lectura del libro. Lo recomiendo fuerte. Pueden leerlo como ensayo, como biografía, como documento histórico, como el relato de la irrupción de las mujeres en el poder a mediados del siglo XX, o como todo a la vez: la historia de una irreverencia que supo ganar lealtades y despertar, a su vez, un ensañamiento desmedido por parte de sus opositores, quienes buscaban aleccionar –como siempre– a un cuerpo feminizado por su clase y género.




María Dorrego

miércoles, 6 de enero de 2021

Chicas muertas

Título: Chicas muertas (2014)
Autora: Selva Almada
Editorial: Literatura Random House 
192 p. ; 23 x 14 cm.



¡Mi primera panzada literaria del 2021! Leí Chicas muertas en una mañana, tirada en la cama, la taza de té yendo y viniendo a recalentar. Hace tiempo ya que me intereso por estas cuestiones y que milito todo lo que puedo el feminismo, la denuncia, la resistencia incansable. Yo también en algún momento recorrí, como lo hace la autora en estas páginas, los hechos anecdóticos que me construyeron como feminista y me pusieron en este camino de consciencia desgarradora. 

Chicas muertas es una novela de no ficción que narra la historia de tres femicidios: el de María Luisa Quevedo (15), violada y estrangulada en 1983 en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco; el de Andrea Danne (19), apuñalada en el corazón mientras dormía en 1986 en San José, Entre Ríos; y el de Sarita Mundín (20), desaparecida en 1988 en Villa María, Córdoba, quien podría haber sido asesinada o víctima de trata, ya que los restos que se encontraron a la orilla de un río y fueron enterrados con su nombre, nunca fueron identificados.

Desde Rodolfo Walsh disfruto mucho de este género en particular, que mezcla recursos de la novela tradicional con testimonios verídicos e investigación periodística. En este caso, no obstante, Almada también consulta una tarotista mediante la cual “se comunica” con las chicas muertas, aunque esto quizás le sirva más a ella como motivación para continuar que al lector para “creer”. Los tres casos permanecen sin culpables al día de hoy, por las dificultades que hubo para dar con pruebas certeras o con sospechosos sólidos, y por la complicidad de la justicia patriarcal y la sociedad machista que dominaba (¡y aún lo hace!) la escena pública de la década de los ochenta en Argentina, que apenas volvía a la democracia después de la dictadura. Los medios, como siempre, tampoco ayudaron mucho.  

La escritora va intercalando experiencias personales con la reconstrucción de la vida y los momentos clave de sus protagonistas, de manera que se comprenda el entramado de violencia de género y del sistema patriarcal que nos recorre a todas desde que nacemos y, en algunos casos nefastos, nos lleva directo a la muerte a manos de familiares, vecinos, conocidos, todos aquellos hombres en quienes nos enseñan a confiar ciegamente. Muchas veces cerré el libro y dije basta, al borde del llanto. No es nada nuevo, claro, pero de todas formas duele. Duele un montón. 

Es un libro con una bajada de línea muy clara pero que, sin embargo, no hace política de manera abierta. Es más sutil que eso. No hay estadísticas, no hay frases hechas, no hay eslogan, no hay conceptos específicos que un antiderechos pueda leer y decir: “¡Esto es ideología de género! Con mis hijos no te metas!”. Hay datos, testimonios, vivencias, costumbres que (a mí, al menos) me resultan ajenas por el contexto del interior del país, ya que soy del conurbano bonaerense, pero que aun así son totalmente verosímiles. Hay realidad: cruda y horrible. A estas pibas las mató el abandono, el desinterés, la necesidad, la desesperación, el abuso, el poder, la complicidad de los “caballeros”. Lo de siempre.

Tuve la esperanza de que hacia el final, al estilo Walsheano, Almada encontrara pistas novedosas para esclarecer los casos o arriesgar hipótesis más fuertes sobre lo que pudo haberles pasado realmente a cada una de las chicas. Un poco creo que lo hace, pero en sí lo que te queda es un abanico de posibilidades y tus propias sospechas como lector/a. Más que un final abierto, diría, una herida abierta.

Hay un capítulo, sin embargo, en el que la autora cuenta la historia de “la huesera”, una vieja que recolecta los huesos de todas las criaturas que corren el riesgo de perderse y desaparecer. Luego los acomoda junto al fuego hasta formar nuevamente un esqueleto y comienza a cantar, de manera que su voz guíe la reconstrucción de los músculos, la piel, el pelo de un lobo. El animal entonces sale corriendo bajo la luz de la luna y a medida que avanza se va convirtiendo en una mujer que ríe y desaparece en el horizonte.

Por un 2021 con menos víctimas de violencia de género y más hueseras que ayuden a encontrar la paz y la libertad a las que ya no están.

 


María Dorrego