Título: Un enemigo del pueblo (2007)
Título original: En folkefiende (1882)
Autor: Henrik Ibsen
Editorial: Cántaro
160 p. ; 18 x 13 cm.
Título original: En folkefiende (1882)
Autor: Henrik Ibsen
Editorial: Cántaro
160 p. ; 18 x 13 cm.
Qué increíble que una obra de teatro de 1882 pueda resultar esclarecedora para comprender el juego de la política y, sin ir más lejos, uno de los mayores conflictos que surgieron a partir del Covid-19: ¿qué vale más, salvar vidas o la economía? ¿el progreso económico conlleva necesariamente a la destrucción del medio ambiente? Justifique su respuesta.
En un primer momento se considera al doctor como un “amigo del pueblo”, ya que quiere salvar a todos del desastre –¿una posible pandemia?–. Obtiene de esta forma el apoyo del líder de los propietarios –¡la mayoría compacta!– y de la prensa independiente, que moldea la opinión pública. No obstante, cuando el alcalde –¡que también es el hermano del doctor!– pone en evidencia los gastos que requerirían las reformas del balneario y el tiempo que llevaría la obra, lo cual pondría una pausa al turismo, todos se ponen en contra del doctor.
El autor recurre a una metáfora constante, en boca del protagonista, mediante la cual compara la podredumbre del balneario con aquella que envuelve a la comunidad y los lleva a convivir con la mentira, porque a través de ella se mantiene la estabilidad económica y social.
Es sumamente interesante pararse como réferi y ver cómo los discursos se modifican siguiendo los intereses clasistas de cada uno; cómo mantienen la diplomacia en situaciones extremas para quedar bien frente a las masas y así condicionar el sentido común. Por otro lado, es llamativo que en el primer acto el doctor esté feliz por su descubrimiento y le cueste comprender las implicancias políticas que, sin embargo, los periodistas cazan al vuelo. Para él la cosa es tan simple como cambiar unos caños de agua, no considera la resistencia que van a oponer los funcionarios y la corrupción generalizada del pueblo, mucho menos que las personas puedan cambiar de parecer y ser funcionales al poder de turno. Para ser sincera, el mismo doctor se vuelve bastante antidemocrático cuando todos se ponen en su contra, y dice desconfiar de la opinión de aquellos que no poseen formación académica o política, incluso los compara con perros callejeros. Tarjeta amarilla, señor.
A pesar de todo, creo que no es completamente necesario tomar partido como lector, sino pararse en el medio de la cancha y nutrirse de las contradicciones, de aquello que motiva a cada personaje. No se puede esperar que todos sean revolucionarios o que confíen en el método científico; tampoco que escuchen de razones en nombre de la providencia. La opinión pública se construye, se modifica, se reinventa, se manipula: es un campo de batalla constante. Henrik Ibsen lo deja bien en claro. ¿Es entonces la razón la enemiga del pueblo, encarnada en el doctor, o es el pueblo mismo su propio enemigo? Se puede tener la razón o el poder, tal parece ser que ambos en simultáneo es un imposible.
Hacia el final fui perdiendo el entusiasmo, porque a medida que avanzan las hojas del libro y los vecinos le siguen tirando piedras a las ventanas del doctor y aislando a toda la familia, me di cuenta de que no habría un resarcimiento. Supongo que eso es lo que se llama realismo, ¿no? El tipo termina sin trabajo, sin casa, repudiado por el pueblo, abandonado por quienes decían llamarse sus amigos más cercanos y enemistado con su propio hermano. Así de desolados nos sentimos a veces quienes nos embarcamos en reclamos que creemos justos, mientras que el resto de la sociedad prefiere mirar para otro lado y hacer oídos sordos. ¿Realmente la soledad es el precio a pagar por decir en voz alta una verdad incómoda?
María Dorrego



