viernes, 19 de febrero de 2021

Un enemigo del pueblo






Título: Un enemigo del pueblo (2007)
Título original: En folkefiende (1882)
Autor: Henrik Ibsen
Editorial: Cántaro
160 p. ; 18 x 13 cm.




Qué increíble que una obra de teatro de 1882 pueda resultar esclarecedora para comprender el juego de la política y, sin ir más lejos, uno de los mayores conflictos que surgieron a partir del Covid-19: ¿qué vale más, salvar vidas o la economía? ¿el progreso económico conlleva necesariamente a la destrucción del medio ambiente? Justifique su respuesta. 

Un enemigo del pueblo
es un drama realista de cinco actos que transcurre en una ciudad costera del sur de Noruega, la cual se vuelve un poco de moda gracias a la apertura de su reciente balneario, que atrae turistas de todas partes, generando así una mayor actividad comercial y la lenta aparición de una comunidad de pequeños burgueses. Sin embargo, el médico del balneario y protagonista de la obra, un tipo idealista a más no poder y leal a su formación científica, descubre que las aguas están contaminadas y que más temprano que tarde esta situación traerá problemas de salud a los visitantes de la costa. 

En un primer momento se considera al doctor como un “amigo del pueblo”, ya que quiere salvar a todos del desastre –¿una posible pandemia?–. Obtiene de esta forma el apoyo del líder de los propietarios –¡la mayoría compacta!– y de la prensa independiente, que moldea la opinión pública. No obstante, cuando el alcalde –¡que también es el hermano del doctor!– pone en evidencia los gastos que requerirían las reformas del balneario y el tiempo que llevaría la obra, lo cual pondría una pausa al turismo, todos se ponen en contra del doctor. 

El autor recurre a una metáfora constante, en boca del protagonista, mediante la cual compara la podredumbre del balneario con aquella que envuelve a la comunidad y los lleva a convivir con la mentira, porque a través de ella se mantiene la estabilidad económica y social. 

Es sumamente interesante pararse como réferi y ver cómo los discursos se modifican siguiendo los intereses clasistas de cada uno; cómo mantienen la diplomacia en situaciones extremas para quedar bien frente a las masas y así condicionar el sentido común. Por otro lado, es llamativo que en el primer acto el doctor esté feliz por su descubrimiento y le cueste comprender las implicancias políticas que, sin embargo, los periodistas cazan al vuelo. Para él la cosa es tan simple como cambiar unos caños de agua, no considera la resistencia que van a oponer los funcionarios y la corrupción generalizada del pueblo, mucho menos que las personas puedan cambiar de parecer y ser funcionales al poder de turno. Para ser sincera, el mismo doctor se vuelve bastante antidemocrático cuando todos se ponen en su contra, y dice desconfiar de la opinión de aquellos que no poseen formación académica o política, incluso los compara con perros callejeros. Tarjeta amarilla, señor. 

A pesar de todo, creo que no es completamente necesario tomar partido como lector, sino pararse en el medio de la cancha y nutrirse de las contradicciones, de aquello que motiva a cada personaje. No se puede esperar que todos sean revolucionarios o que confíen en el método científico; tampoco que escuchen de razones en nombre de la providencia. La opinión pública se construye, se modifica, se reinventa, se manipula: es un campo de batalla constante. Henrik Ibsen lo deja bien en claro. ¿Es entonces la razón la enemiga del pueblo, encarnada en el doctor, o es el pueblo mismo su propio enemigo? Se puede tener la razón o el poder, tal parece ser que ambos en simultáneo es un imposible. 

Hacia el final fui perdiendo el entusiasmo, porque a medida que avanzan las hojas del libro y los vecinos le siguen tirando piedras a las ventanas del doctor y aislando a toda la familia, me di cuenta de que no habría un resarcimiento. Supongo que eso es lo que se llama realismo, ¿no? El tipo termina sin trabajo, sin casa, repudiado por el pueblo, abandonado por quienes decían llamarse sus amigos más cercanos y enemistado con su propio hermano. Así de desolados nos sentimos a veces quienes nos embarcamos en reclamos que creemos justos, mientras que el resto de la sociedad prefiere mirar para otro lado y hacer oídos sordos. ¿Realmente la soledad es el precio a pagar por decir en voz alta una verdad incómoda?



María Dorrego

jueves, 4 de febrero de 2021

Eva y las mujeres: historia de una irreverencia

Título: Eva y las mujeres: historia de una irreverencia (2019)
Autora: Julia Rosemberg
Ediciones Futurock
188 p. ; 23 x 15 cm 



Soy una firme creyente de que la lectura debe completarse o interrumpirse –a veces por un rato, otras para siempre– según las necesidades del lector. Milito fuerte abandonar un libro que no nos está gustando o que nos incomoda ya sea por su estilo, por su traducción, por su machismo asqueroso o por su edición vaga y espantosa. ¡Y cómo olvidar la obligatoriedad cultural! Cuando estás conversando con alguien que te dice: “¿cómo que no leíste a tal autor?”. Váyanse todos y todas a la mismísima mierda literaria. Que cada quien lea lo que se le cante un ovario. 

¿A qué iba con esta introducción violentita? De vez en cuando me pinta, pido disculpas si me fui del registro habitual. Es que llevo varios días arrastrando el libro de Julia Rosemberg, leyendo de a poquito, procesando la información, comprendiendo y debatiendo con ella y conmigo misma. Se lee fácil, se entiende, te lleva de la mano por los capítulos a medida que avanzás en la vida de Eva Perón y del crecimiento del peronismo como partido político y como modo de vida. La autora realiza una investigación exhaustiva para conectar los diferentes hechos que acontecieron durante aquellos años y proponer causalidades, a partir del análisis de los discursos de Eva, de los testimonios de aquellas que la conocieron, de la figura pública que construyeron las narraciones de amor y de odio. 
 
El recuerdo que tengo de Evita es heredado, armado a pedacitos, avivado por fragmentos contradictorios, curiosos, atractivos. Crecí en una casa antiperonista, no sé si de extrema derecha pero sí de ascendencia militar. Cuatro o cinco veces por semana se comía un tuquito y siempre faltaba plata. En la mesa jamás, ni por error, se hablaba de política y el pobre es pobre porque quiere, Evita era una prostituta, Perón un gobernado, los negros unos vagos planeros. Un ejemplo más de clase media desclasada, ¿no debería ser un oxímoron?

A medida que una crece puede reproducir el discurso mamado o ponerlo en duda, cuestionarlo, averiguar, buscar otras fuentes. En esa estoy hace rato. Sigo lidiando con la incógnita de dónde pararme. La figura de Evita resulta clave en esa (de)construcción política personal y colectiva. Como feministas es necesario conocer las bases, a nuestras ancestras, las que estuvieron antes, las que fueron conquistando derechos y marcando el camino para las luchas actuales. Es nuestro deber conocer el pasado para defender con uñas y dientes cada logro del movimiento de mujeres. Cada paso colaboró para que yo esté acá tipeando estas palabras. En ese sentido, me parece todavía más importante revisar los sucesos específicos de la tierra que habito, del sistema político al que pertenezco y del rol que tuvieron –¡y tienen!– las mujeres en él. 

Acá es donde entra Eva Perón, sin dudas. 

Sin ella la politización de las mujeres trabajadoras y humildes habría sido menor o, al menos, más lenta, este es el argumento principal del libro. Las dictaduras posteriores al peronismo se encargaron de proscribirlo y hacer desaparecer cualquier registro de la obra de Eva tanto en su Fundación como en las Unidades Básicas del Partido Peronista Femenino, y lo que se sabe actualmente es gracias a los archivos personales o testimonios de sobrevivientes. La ley que otorgaba derechos civiles y políticos a las mujeres ya estaba en debate antes del ascenso de Perón, eso es cierto, pero, como sostiene Rosemberg, ¿se habría generado al año siguiente de su promulgación la participación masiva de las mujeres en la votación sin el arduo trabajo de Eva y sus fieles seguidoras? La pregunta es retórica, por supuesto que no hay forma de saberlo a ciencia cierta… aunque podemos arriesgar una respuesta probable.  

Ya lo dice la autora en más de una ocasión y estoy completamente de acuerdo: el movimiento feminista actual nos impulsa a replantearnos los vínculos tanto del presente como del pasado. Con los anteojos violetas podemos mirar en cualquier dirección y desarmar, reacomodar, buscar nuevos sentidos; poner en contexto y comprender las lógicas que posibilitaron determinados hechos inaugurales. Para Rosemberg es un despropósito determinar si Eva Perón fue o no “feminista”; la autora más bien pone el foco en el espacio público, los derechos y las libertades que ganaron las mujeres que militaron en el PPF, lo cual sí hubiera sido impensable sin la presencia de Eva. 

El peronismo, encarnado en ella, habilitó la politización de miles de mujeres a lo largo y ancho del país, las impulsó a salir del ámbito privado del hogar y la maternidad, para ganar independencia económica y terreno público en las instituciones y en la calle. Por esto mismo Rosemberg propone una relectura de La razón de mi vida, para darle un giro a la interpretación patriarcal generalizada: si bien ese texto reproducía la imagen de la mujer ama de casa, también proponía politizar su experiencia dentro del hogar. ¿No es esto, bajo el prisma actual, desafiar el orden patriarcal establecido?

La figura misma de Evita me despierta una profunda admiración: una mujer de origen humilde, artista, joven, inexperta, sin educación formal ni política, que gracias a su carisma y audacia llega a un lugar de poder impensado para alguien con estas características. “Era una puta”, escuché decir a tantos hombres, “era poco femenina”. Lo mismo que dicen y piensan, aun hoy, de cualquier mujer que sale de su lugar sumiso impuesto por la sociedad y ocupa “espacios masculinos”; o de cualquier persona que desafía el status quo y expropia símbolos culturales pertenecientes históricamente a la oligarquía, ya sea un inmueble, un atuendo, una frase, una plaza. Cuántas veces trataron de silenciarme por piba, por joven, por tener cerca a un chabón que “lo podía explicar mejor”. 

Sin dudas la lectura de este libro me resultó apasionante. Más allá del carácter biográfico de la vida de Evita, Rosemberg pone en contexto cada uno de sus pasos y brinda elementos para comprender cómo y por qué llegó a liderar un partido político y en qué medida su participación encarnó una mejoría en la vida de las clases obreras y, sobre todo, de las mujeres humildes y trabajadoras. Que el nombre de este personaje de la historia argentina sea el mismo del mito católico originario no puede ser más que una coincidencia poética: “Eva y las mujeres” bien podría ser la narración de nuestra revolución y resistencia ante la opresión del patriarcado, desde aquel día en que nos culparon de todos los males del mundo por ejercer nuestro derecho a decidir.

Finalizo esta reseña sin ninguna certeza, con un abanico de interrogantes todavía mayor al que tenía antes de la lectura del libro. Lo recomiendo fuerte. Pueden leerlo como ensayo, como biografía, como documento histórico, como el relato de la irrupción de las mujeres en el poder a mediados del siglo XX, o como todo a la vez: la historia de una irreverencia que supo ganar lealtades y despertar, a su vez, un ensañamiento desmedido por parte de sus opositores, quienes buscaban aleccionar –como siempre– a un cuerpo feminizado por su clase y género.




María Dorrego