sábado, 20 de julio de 2019

Cazadores de sombras: Los orígenes

Saga: Cazadores de sombras: Los orígenes
Título original: Shadowhunters: The Infernal Devices
Autora: Cassandra Clare
Editorial: Destino


Libro I: Ángel mecánico (2014)
Título original: Clockwork Angel (2010)
448 p. ; 21 x 15 cm.


A pesar de que le dije al mundo y a mí misma que no sentía interés por seguir con esta saga, acá estoy. Al principio no soportaba la idea de un universo sin Jace. Sin embargo, me encontré con Will y Jem que, si bien no lo reemplazan, resultan ser un buen estímulo para extrañarlo menos. De Cassandra Clare me atrae, envuelve y enamora el mundo narrativo que creó sobre los cazadores de sombras, los subterráneos y la magia en general. Así que no es ninguna sorpresa que me haya atrapado desde el inicio con toda la cuestión de la bruja que busca a su hermano perdido y descubre un mundo secreto. También me gustó mucho la introducción de personajes instalados en la otra saga, como Magnus Bane, Camille Belcourt... ¡incluso Iglesia!

Creo que Clare juega muy bien con el misterio y te mantiene atento a cada mirada y palabra, no permite que te aburras con capítulos densos. Los diálogos, sin embargo, se tornan demasiado explicativos por momentos. Igual son llevaderos. Los personajes, a esta altura, generan una hermosa familiaridad en mí. Son pasionales y fríos, horrorosamente egoístas y alarmantemente suicidas. Sobre todo: aman. Aman con todo lo que tienen, como pueden. Y yo me rindo ante ellos con la misma entrega.




Libro II: Príncipe mecánico (2015)
Titulo original: Clockwork Prince (2011)
464 p. ; 21 x 15 cm.


Creo que tardé menos de una semana en leer este libro. Otra vez caigo atrapada en las redes de esta triste, seductora y maravillosa historia. Lo que más me gusta de Jem, Tessa y Will es el amor puro y sincero que corre entre los tres. Ella los ama a los dos y ellos la aman a ella, pero también el uno al otro y eso lo vuelve todavía más -terriblemente- hermoso. A través de sus palabras y sus gestos uno no puede evitar sentirse identificado y recordar sus primeros amores y desencuentros, las miradas silenciosas y anhelantes, los suspiros contenidos, los besos no dados. 

En este libro hubo menos acción que en el primero, ya que se trata de una transición hacia la batalla final que transcurre en el tercero. Diría que es algo así como un libro de relleno. No obstante, tiene capítulos muy atractivos, diálogos deslumbrantes y escenas que te dejan sin aliento. Cuando Tessa le pregunta a Will por qué la salvó y él le responde, lisa y llanamente, "porque te amo" después de haber tratado de alejarla durante 700 páginas, uno no puede más que tragar saliva y contener las lágrimas, tal y como hace Tessa más adelante. Y con cada oportunidad en que Jem se desarma en sonrisas mirándola desde lejos, con una admiración y respeto desmedidos, no queda más que terminar comprendiendo la situación imposible que envuelve a los amantes. 

Cada uno tiene su corazón divido en dos, cada uno ama a los otros dos. Es un enfoque novedoso, si se quiere, porque complica el triángulo amoroso típico y le agrega muchísimo drama. No soy fanática del drama, pero sí de las historias de amor complicadas que pronostican un final igual de enredado; donde lo "feliz" depende de cómo se lo mire, y creo que así es la vida misma. Uno sobrevive y en el camino gana lo que puede, pero pierde cosas muy importantes.

La magia del primer amor, la fugacidad de la juventud, la valentía, la amistad, la familia... Este libro toca tantos temas humanos en lo más básico que, si por un momento dejáramos de lado la búsqueda del malvado Mortmain, podría ser un drama costumbrista del siglo pasado. La fantasía acompaña en buena medida, pero no reemplaza lo que pienso de la saga en general: el amor, por sobre todas las cosas, salva. Fue siempre así y así siempre será.




Libro III: Princesa mecánica (2014)
Título original: Clockwork Princess (2013)
512 p. ; 21 x 15 cm.


Otra vez me quedo sin nada pero, a la vez, con todo. Siempre puedo volver a encontrarme con Jem, Will y Tessa en las páginas de mis libros, para buscar compañía o consuelo. También puedo volver a leer la saga de los Instrumentos Mortales desde una nueva perspectiva. Ahora el apellido Herondale significa algo diferente. Ni hablar del Hermano Zacariah, del cual me encuentro catastróficamente enamorada -¡con la edad que tengo!-.

Fue una gran experiencia. Lloré muchísimo, reí y sentí con los personajes. La constante pérdida es terrible. Que Jem tenga que convertirse en Hermano Silencioso para salvar su vida es algo tan triste que el corazón se te va un poco con él a la Ciudad Silenciosa. Su despedida de Will y Tessa es uno de los capítulos más dramáticos que leí en mi vida. Me gusta que la autora haya encontrado la forma de darles una especie de final a los tres. Tessa y Will comparten su vida juntos y son todo lo felices que se puede y uno, como lector, se siente satisfecho. Más adelante, décadas después, gracias a Jace y su fuego celestial, Jem se cura de su enfermedad y puede buscar a Tessa... ¡Y es tan hermoso que por fin tengan la oportunidad de estar juntos! Pero Jem es mortal otra vez y eso significa una sola cosa. La misma tragedia sin remedio a la que deberán enfrentarse Alec y Magnus en algún momento.

Los brujos están destinados a quedarse solos, porque sus cazadores de sombras tienen los días contados: si no por la violencia de sus batallas, por la fugacidad de sus vidas mortales. Pensar que Tessa y Magnus van a compartir la soledad, me rompe el corazón. Pero la idea de que Jem pueda experimentar un poco de la felicidad y vitalidad que se le fue negada toda su vida, resulta alentadora.

Como en Ángel y Príncipe mecánico, toda la cuestión de Mortmain y los autómatas es atractiva, pero me parece insignificante cada vez que aumenta el drama en el triángulo amoroso de los protagonistas. "No se puede ser bueno y honorable", dice Will... Pero creo que, de alguna forma, el amor que se tienen entre los tres logra que lo sean, cada uno a su modo; mientras demuestran una hermosa lealtad y se sacrifican, de manera constante y desinteresada, por la felicidad del otro.


María Dorrego




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