Título: El último caso de Rodolfo Walsh. Una novela (2010)
Autora:
Elsa Drucaroff
Grupo
Editorial Norma
224
p. ; 23 x 15,7 cm.

Es
la primera vez que leo a Elsa Drucaroff y creo que quizás eso sea una especie
de catástrofe personal. La verdad es que el libro me gustó un montón.
A veces
en mis críticas no sé si queda del todo claro cuánto me gustó –o no– lo que leí,
pero en este caso pretendo que no haya ninguna duda. Se trata de un gran libro.
Me lo recomendó un amigo que, además, tuvo la amabilidad de prestarme su
ejemplar dedicado por la autora. Como si María Dorrego necesitara algún motivo extra
para ponerse a leer algo sobre Rodolfo Walsh. O para pensar en él o su obra
literaria y periodística. Empecemos.
Como
se trata de una novela histórica, Drucaroff narra en detalle la vida de una
serie de personajes reales durante una semana de octubre de 1976, en el
contexto de la dictadura militar más sangrienta y sistemáticamente represiva de
la historia argentina. “El último caso” que investiga Walsh es la desaparición
de su propia hija, Vicki, quien por aquel entonces era oficial segunda de
Montoneros. Como guiño especial, además, se hacen muchas referencias al
celebrado cuento “Esa mujer” (1966), que gira en torno al robo del cadáver de
Evita.
Lo
maravilloso de la novela es que, detalle más–detalle menos, todos sabemos cómo
fueron las cosas o, a lo sumo, cómo terminaron. Vicki se pegó un tiro en la
cabeza para que no se la llevaran con vida. “Ustedes no nos matan”, dijo,
“nosotros elegimos morir”. A su papá, unos meses después, le metieron tantos balazos
que casi lo partieron en dos en plena vía pública. Después se lo llevaron a la
ESMA, donde algunos sobrevivientes declararon haberlo visto para luego
desaparecer con el resto de los subversivos, revolucionarios, guerrilleros,
militantes, simpatizantes, pensantes, peligrosos seres con neuronas demasiado
activas…
Decía,
todo lo anterior ya lo sabemos. Por eso mismo Drucaroff apenas lo menciona o lo
da a entender. En su lugar, elabora el guion de un policial donde Walsh actúa
de detective una última vez. En un juego de espías, infiltrados y doble
agentes, aprendemos –vemos– el detrás de escena: cómo es la vida en
clandestinidad, la difusa línea entre aliados y enemigos, las contradicciones
de cada bando, la ideología llevada al extremo. Re-conocemos a un R. W. que va más allá del militante: el que tiene relaciones afectivas confusas, el que se compromete con cada paso, el que desarrolla un profesionalismo desmedido que roza la frialdad, su conflicto con la literatura –¡y sobre todo con la novela policial!–.
La
literatura es, para mí, el fin último de la imaginación. No sé si dispongo de
otros medios a través de los cuales reproducir con tanta exactitud lo que pasa
por mi mente. A la inversa, cuando leo un texto que me interpela de una forma
tan íntima, es como si estuviera viendo una película. Las escenas se suceden
una tras otra, escucho las voces de los personajes, siento las pisadas, las
frenadas de autos. Los disparos.
En
el postfacio, Drucaroff escribe:
“Deseé
que en la tragedia hubiera una luz, que, en mi ficción, el bando popular
ganara, al menos, una batalla. Batalla por cierto incapaz de cambiar el
resultado, pero después de todo qué es la novela histórica (o al menos la que
yo vengo escribiendo en estos años) sino un espacio donde desplegar también una
utopía hacia atrás, donde imaginar un precedente que, sin alterar el resultado
final de los hechos, sería bueno que hubiera ocurrido, una pequeña pero
significativa reparación en el pasado, algo que no nos concilie con el mundo
tal cual es ni niegue las injusticias que ocurrieron, al contrario, que deje
mirar críticamente el ayer pero en ese mismo acto nos dé, con su imaginación,
la fuerza para entender este presente y sus nuevas tareas.”
Es
una cita larga, pero me pareció sumamente importante incluirla. La autora no
quiere reparar nada –¡no puede!–, sin embargo, reconoce la importancia de
mantener viva la memoria y reconocer el lugar de cada uno en la historia. Por
eso se nos revuelven las tripas, como lectores y como argentinos, cuando leemos
que tiran ese cuerpo desnudo al Río de la Plata. Por eso se nos hace un nudo en
la garganta con esa pareja encapuchada que está esperando un hijo y lo más
probable es que jamás lo conozcan.
R.
W. vive en mí y en todos los que lo recordamos a diario, los que buscamos
comprender –y sentir, algún día– la clase de compromiso social y político que
le puso fecha de caducidad a su existencia.
Su pensamiento y su literatura
–la que no se afanaron los milicos–, ya es inmortal. Drucaroff lo entiende, lo
sabe, lo dejó por escrito en esta maravillosa novela en la que parece que
leemos al propio Walsh con sus ironías, sus obsesiones, su manera fría y
calculada de analizar los hechos, el manejo fluido de una labia y una prosa
tajante. ¿Ya dije cuánto me gustó esta novela? Pregunto por si todavía no quedó
claro.
Los
personajes me parecieron de carne y hueso, palpables. Los registros según el
bando, los títulos, los modos de dirigirse entre ellos. Las instituciones: montoneros,
el ejército, los matrimonios, la camaradería. Todo respeta su posición, su
forma de referirse a cada cosa. Tardé tres días en tragarme el libro. Hacía
mucho tiempo que no me daba un atracón literario. No me arrepiento de nada, ni
siquiera con estas ojeras que me ponen la cara en blanco y negro –como esas fotos de Walsh que miro de vez en cuando y me hacen preguntar cómo serían sus ojos–.
Me pareció muy acertada también la forma en que se muestra a la sociedad y la diferencia de pensamientos, lo que se decía y lo que se dejaba entrever en esa época. El personaje del almacenero es clave en un montón de cosas. En medio de la tristeza por la desaparición de Vicki, Walsh se siente derrotado y frustrado con la conducción nacional de montoneros, como jefe del departamento de inteligencia. Se debaten entre replegarse y resistir o seguir atacando militarmente con menos recursos.
Cristian,
amigo y editor, siempre dice que lo importante no es la historia en sí, sino cómo está
narrada. En este caso se confirma. Sabemos cómo empieza y cómo termina la
novela; nos damos una idea bastante clara de lo que puede llegar a pasar por
medio. No obstante, se disfruta hasta la última línea. El dolor de R. W. padre recorre cada párrafo, pero no se reduce a eso. El fantasma de Vicki lo acompaña, tal vez, para marcarle el camino. No sé la verdad cuánto tiempo más habría sobrevivido Walsh si ella no hubiera caído. Es algo con lo que solamente se puede especular; aunque me atrevería a decir que no por nada lo agarraron unos meses después. Quizás ya andaba cansado y descuidado. Un dolor así empieza a destruir de a poquito cualquier clase de resistencia, incluso aquella arraigada al compromiso social y político.
Me quedo pensando,
únicamente, si mi lugar como escritora –y el de tantos otros y otras– no será, como
hizo Drucaroff, reivindicar a nuestros héroes clandestinos una y otra vez,
hasta que sus nombres resuenen en el eco de la eternidad y así, dejen de ser desaparecidos.
Frases
que me gustaron:
“Vos
reducís todo a lo personal. No entendés ningún argumento que contradiga tu
cabecita egoísta de pequeñoburguesa. ¿Sabés? La historia tiene leyes crueles.
No las inventamos nosotros, ni nos gustan. Pero son las que son. Se ve que a vos
nunca te faltó pan para darle a tu hija, en esas horas y horas y horas en las
que la estuviste alimentando. Hay madres que no pueden elegir entre los hijos y
la causa porque las dos cosas son lo mismo, ¿entendés?”, p. 45.
“Si
todos hubieran pensado como vos, todavía habría esclavos. Y si alguna vez todos
empiezan a pensar como vos… el mundo va a ser una pesadilla. Un desierto
habitado. Cada cual en la suya, idiotizado, cultivando su quintita miserable…
si tiene quintita, claro. Porque si no va a ser simplemente un resentido
descompuesto, viendo cómo roba y mata para conseguir una migaja. No, Marta, no
tenés razón. A Rodolfo le gusta la militancia, es verdad, pero le gusta porque
así se siente parte de muchos. Cuando se entiende lo que nosotros entendemos,
Marta, lo personal no existe”, p. 46.
“¡Subestimamos
al enemigo, y esto es grave para nosotros, para nuestro futuro como
organización, pero es más grave todavía para el destino del país, para los
trabajadores del país!”, p. 58.
“Cuando
estos hijos de puta terminen con nosotros, ¿qué va a quedar de todo esto? ¿de
qué nos vamos a acordar? ¿de qué se van a acordar los laburantes? No hubo…
nunca hubo una masacre como esta…”, p. 76.
“Se
van a olvidar… lo pobres se van a olvidar de cómo defenderse”, p. 77.
María Dorrego