jueves, 22 de agosto de 2019

Todas las partes de una muerte

Título: Todas las partes de una muerte (2019)
Autora: María Dorrego
Editorial: Cantamañanas
160 p. ; 23 x 14 cm.


La mente humana está diseñada para combatir por su existencia. Es la ampliación del sentido de supervivencia animal. A las personas no nos basta con sobrevivir, queremos trascender; y el último enemigo que se nos presenta en contra (el mismo que a nuestros parientes salvajes) no es nada más y nada menos que la muerte.

Nos procuramos llenarnos de significado durante esta instancia corta que es la vida y buscamos llenar esta con las historias, sentimientos y emociones que componen nuestra experiencia. Pero ante todo luchamos contra la muerte. No sólo la muerte literal, sino también la de nuestra historia. Para evitar ello, es que buscamos los significados. ¿Y no es por esa búsqueda de significados que encontramos lo que somos? 

La muerte es el tramo final. El cierre de ese círculo. A partir de él podemos mirar atrás y sacar nuestras conclusiones. Cualquier intento anterior sería incompleto. Entonces es en la muerte que encontramos tanto la pérdida de la esperanza, como el significado de lo que fuimos en vida.

Y de eso habla María Dorrego en Todas las partes de una muerte. Abordando distintas formas, matices y significados nos sumerge en una espiral de historias donde la muerte es, en alguna de sus formas, la protagonista. Manteniendo una fórmula de nostalgia, miedo a la muerte, desesperanza y del duelo que conlleva (o no) al crecimiento y la superación. Mediante la muerte hacemos frente a nuestros miedos, luchamos contra nosotros mismos y llegamos a esa trascendencia de la que hablaba al inicio.

A través de una serie de intensos relatos, María nos alumbra en la senda oscura de nuestros temores y fantasías mas profundas. En cada uno de ellos vemos retratados desde la inocencia de la infancia hasta los pesares de la paternidad. Desde la negación hasta la aceptación del duelo. Relatos desgarradores y directos, escritos con el filo de un bisturí y la precisión de un cirujano para tocar la carne más profunda de tu corazón y guisar una tormenta de emociones con ella.

 No puedo decir más de este libro, sin dejar de echarle flores como su autora me diría (algo a lo que la he acostumbrado desde su primer cuento) por lo que no tendría la fuerza para hacerles entender lo que siento. Me quedo con esta reflexión final, que por más que la he escrito yo considero que es más suya que mía: si la muerte es el final de quienes fuimos, solo lo es porque es el inicio de quien seremos.



Kevin Abdala





miércoles, 21 de agosto de 2019

El último caso de Rodolfo Walsh

Título: El último caso de Rodolfo Walsh. Una novela (2010)
Autora: Elsa Drucaroff
Grupo Editorial Norma
224 p. ; 23 x 15,7 cm.


Es la primera vez que leo a Elsa Drucaroff y creo que quizás eso sea una especie de catástrofe personal. La verdad es que el libro me gustó un montón. A veces en mis críticas no sé si queda del todo claro cuánto me gustó –o no– lo que leí, pero en este caso pretendo que no haya ninguna duda. Se trata de un gran libro. Me lo recomendó un amigo que, además, tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar dedicado por la autora. Como si María Dorrego necesitara algún motivo extra para ponerse a leer algo sobre Rodolfo Walsh. O para pensar en él o su obra literaria y periodística. Empecemos.

Como se trata de una novela histórica, Drucaroff narra en detalle la vida de una serie de personajes reales durante una semana de octubre de 1976, en el contexto de la dictadura militar más sangrienta y sistemáticamente represiva de la historia argentina. “El último caso” que investiga Walsh es la desaparición de su propia hija, Vicki, quien por aquel entonces era oficial segunda de Montoneros. Como guiño especial, además, se hacen muchas referencias al celebrado cuento “Esa mujer” (1966), que gira en torno al robo del cadáver de Evita.

Lo maravilloso de la novela es que, detalle más–detalle menos, todos sabemos cómo fueron las cosas o, a lo sumo, cómo terminaron. Vicki se pegó un tiro en la cabeza para que no se la llevaran con vida. “Ustedes no nos matan”, dijo, “nosotros elegimos morir”. A su papá, unos meses después, le metieron tantos balazos que casi lo partieron en dos en plena vía pública. Después se lo llevaron a la ESMA, donde algunos sobrevivientes declararon haberlo visto para luego desaparecer con el resto de los subversivos, revolucionarios, guerrilleros, militantes, simpatizantes, pensantes, peligrosos seres con neuronas demasiado activas…

Decía, todo lo anterior ya lo sabemos. Por eso mismo Drucaroff apenas lo menciona o lo da a entender. En su lugar, elabora el guion de un policial donde Walsh actúa de detective una última vez. En un juego de espías, infiltrados y doble agentes, aprendemos –vemos– el detrás de escena: cómo es la vida en clandestinidad, la difusa línea entre aliados y enemigos, las contradicciones de cada bando, la ideología llevada al extremo. Re-conocemos a un R. W. que va más allá del militante: el que tiene relaciones afectivas confusas, el que se compromete con cada paso, el que desarrolla un profesionalismo desmedido que roza la frialdad, su conflicto con la literatura –¡y sobre todo con la novela policial!–. 

La literatura es, para mí, el fin último de la imaginación. No sé si dispongo de otros medios a través de los cuales reproducir con tanta exactitud lo que pasa por mi mente. A la inversa, cuando leo un texto que me interpela de una forma tan íntima, es como si estuviera viendo una película. Las escenas se suceden una tras otra, escucho las voces de los personajes, siento las pisadas, las frenadas de autos. Los disparos.

En el postfacio, Drucaroff escribe:

“Deseé que en la tragedia hubiera una luz, que, en mi ficción, el bando popular ganara, al menos, una batalla. Batalla por cierto incapaz de cambiar el resultado, pero después de todo qué es la novela histórica (o al menos la que yo vengo escribiendo en estos años) sino un espacio donde desplegar también una utopía hacia atrás, donde imaginar un precedente que, sin alterar el resultado final de los hechos, sería bueno que hubiera ocurrido, una pequeña pero significativa reparación en el pasado, algo que no nos concilie con el mundo tal cual es ni niegue las injusticias que ocurrieron, al contrario, que deje mirar críticamente el ayer pero en ese mismo acto nos dé, con su imaginación, la fuerza para entender este presente y sus nuevas tareas.”

Es una cita larga, pero me pareció sumamente importante incluirla. La autora no quiere reparar nada –¡no puede!–, sin embargo, reconoce la importancia de mantener viva la memoria y reconocer el lugar de cada uno en la historia. Por eso se nos revuelven las tripas, como lectores y como argentinos, cuando leemos que tiran ese cuerpo desnudo al Río de la Plata. Por eso se nos hace un nudo en la garganta con esa pareja encapuchada que está esperando un hijo y lo más probable es que jamás lo conozcan.

R. W. vive en mí y en todos los que lo recordamos a diario, los que buscamos comprender –y sentir, algún día– la clase de compromiso social y político que le puso fecha de caducidad a su existencia. Su pensamiento y su literatura –la que no se afanaron los milicos–, ya es inmortal. Drucaroff lo entiende, lo sabe, lo dejó por escrito en esta maravillosa novela en la que parece que leemos al propio Walsh con sus ironías, sus obsesiones, su manera fría y calculada de analizar los hechos, el manejo fluido de una labia y una prosa tajante. ¿Ya dije cuánto me gustó esta novela? Pregunto por si todavía no quedó claro.  

Los personajes me parecieron de carne y hueso, palpables. Los registros según el bando, los títulos, los modos de dirigirse entre ellos. Las instituciones: montoneros, el ejército, los matrimonios, la camaradería. Todo respeta su posición, su forma de referirse a cada cosa. Tardé tres días en tragarme el libro. Hacía mucho tiempo que no me daba un atracón literario. No me arrepiento de nada, ni siquiera con estas ojeras que me ponen la cara en blanco y negro –como esas fotos de Walsh que miro de vez en cuando y me hacen preguntar cómo serían sus ojos–.

Me pareció muy acertada también la forma en que se muestra a la sociedad y la diferencia de pensamientos, lo que se decía y lo que se dejaba entrever en esa época. El personaje del almacenero es clave en un montón de cosas. En medio de la tristeza por la desaparición de Vicki, Walsh se siente derrotado y frustrado con la conducción nacional de montoneros, como jefe del departamento de inteligencia. Se debaten entre replegarse y resistir o seguir atacando militarmente con menos recursos. 

Cristian, amigo y editor, siempre dice que lo importante no es la historia en sí, sino cómo está narrada. En este caso se confirma. Sabemos cómo empieza y cómo termina la novela; nos damos una idea bastante clara de lo que puede llegar a pasar por medio. No obstante, se disfruta hasta la última línea. El dolor de R. W. padre recorre cada párrafo, pero no se reduce a eso. El fantasma de Vicki lo acompaña, tal vez, para marcarle el camino. No sé la verdad cuánto tiempo más habría sobrevivido Walsh si ella no hubiera caído. Es algo con lo que solamente se puede especular; aunque me atrevería a decir que no por nada lo agarraron unos meses después. Quizás ya andaba cansado y descuidado. Un dolor así empieza a destruir de a poquito cualquier clase de resistencia, incluso aquella arraigada al compromiso social y político.

Me quedo pensando, únicamente, si mi lugar como escritora –y el de tantos otros y otras– no será, como hizo Drucaroff, reivindicar a nuestros héroes clandestinos una y otra vez, hasta que sus nombres resuenen en el eco de la eternidad y así, dejen de ser desaparecidos.  




Frases que me gustaron:

“Vos reducís todo a lo personal. No entendés ningún argumento que contradiga tu cabecita egoísta de pequeñoburguesa. ¿Sabés? La historia tiene leyes crueles. No las inventamos nosotros, ni nos gustan. Pero son las que son. Se ve que a vos nunca te faltó pan para darle a tu hija, en esas horas y horas y horas en las que la estuviste alimentando. Hay madres que no pueden elegir entre los hijos y la causa porque las dos cosas son lo mismo, ¿entendés?”, p. 45.

“Si todos hubieran pensado como vos, todavía habría esclavos. Y si alguna vez todos empiezan a pensar como vos… el mundo va a ser una pesadilla. Un desierto habitado. Cada cual en la suya, idiotizado, cultivando su quintita miserable… si tiene quintita, claro. Porque si no va a ser simplemente un resentido descompuesto, viendo cómo roba y mata para conseguir una migaja. No, Marta, no tenés razón. A Rodolfo le gusta la militancia, es verdad, pero le gusta porque así se siente parte de muchos. Cuando se entiende lo que nosotros entendemos, Marta, lo personal no existe”, p. 46.

“¡Subestimamos al enemigo, y esto es grave para nosotros, para nuestro futuro como organización, pero es más grave todavía para el destino del país, para los trabajadores del país!”, p. 58.

“Cuando estos hijos de puta terminen con nosotros, ¿qué va a quedar de todo esto? ¿de qué nos vamos a acordar? ¿de qué se van a acordar los laburantes? No hubo… nunca hubo una masacre como esta…”, p. 76.

“Se van a olvidar… lo pobres se van a olvidar de cómo defenderse”, p. 77.


María Dorrego

martes, 13 de agosto de 2019

Las ventajas de ser invisible

Título: Las ventajas de ser invisible (2016)
Título original: The perks of being a wallflower (1999)
Autor: Stephen Chbosky
Editorial: Alfaguara infantil juvenil
254 p. ; 19 x 13 cm.



Creo que jamás habría leído este libro si no me lo hubieran regalado. Lo gracioso es que lo recibí gracias a que, en primer lugar, recomendé la película de 2012. Las mediaciones tienen estas cosas. “Aceptamos el amor que creemos merecer”, dice uno de los personajes. ¿Pasará igual con la literatura?

La novela trata sobre un chico, Charlie, que arranca con quince años y descubre –no durante la narración, claramente ya lo sabía desde antes- que la vida es un asco. Lo sorprendente es que se trata de un pibe bastante optimista y simpático, aunque se la pasa solo y no entiende mucho de las convenciones sociales. No es depresivo, aunque las cosas que le pasaron –y le pasan- podrían derrumbar a cualquier otro adolescente o, incluso, adulto. En ese sentido creo que el autor manda un mensaje bastante bueno a la juventud: no hay que ser malo con los demás simplemente porque no se encuentra el lugar correcto en el mundo. Basta de bullying.

A Charlie le pasan cosas feas la verdad. Se le muere un amigo –empieza así, no estoy espoileando demasiado- y recuerda a lo largo del libro otros traumas bastante más graves. En el medio, sin embargo, conoce a una dupla maravillosa –un par de medio hermanos- que lo adentran en el universo de la camaradería y, me arriesgaría a decir, la plenitud de la vida. Con ellos aprende a consumir drogas, a salir, a reírse, a bailar, a ser una persona de verdad. En el proceso también se enamora y sobrevive a situaciones divertidas y tristes.

El libro está escrito en primera persona a través de cartas. Charlie nunca dice exactamente a quién van dirigidas y supongo que es un truco para que, como lectores, nos sintamos interpelados. Es como si nos escribiera a nosotros para contarnos cómo va su vida o en qué lío se metió por sonreír de más o de menos. Carta a carta te vas volviendo su amigo y cada vez querés saber más, preguntarle cosas, retarlo, ayudarlo, consolarlo. Es una dinámica muy interesante. Sobre todo por el registro con el que narra los acontecimientos, las idas y vueltas, la emoción de contar algo e irse por las ramas mezclando datos, tal como lo haría un adolescente. Hay una carta muy graciosa en que se confunde todo el tiempo y recién a la siguiente aclara que había consumido LSD. Genial.

Los personajes están muy bien en general. Son verosímiles. A veces caprichosos. Por momentos exageradamente reales. Sienten una clase de dolor que atraviesa las páginas y te llega. Querés que sean de verdad para poder abrazarlos. Algunos sufren la soledad o el desamor de una manera brutal y a esa edad algo así puede dejar huellas profundas, sobre todo en una sociedad como la norteamericana que por lo general está marcada por el maltrato, la discriminación y el abuso constante en el ámbito escolar. No digo que acá eso no pase, pero allá es claramente peor. En eso también tiene grandes aciertos la película; los actores que eligieron son ideales. Quizás estoy siendo condescendiente porque la vi antes de leer la novela, pero de verdad me parecieron fantásticos. Me creí que se sentían infinitos.

En general no se trata de un libro para releer, ni de una película para ver todos los domingos. Por momentos se pone densa y pasan cosas poco felices. Pero sí recomiendo ambos con mucha insistencia. Incluso como forma de revivir la propia adolescencia y recordar cómo era sentir con tanta intensidad. Lo bueno y lo malo. En este caso –tal vez como pocas veces en la historia- no sabría decidir qué me gustó más, aunque la actuación de Ezra Miller inclina bastante la balanza hacia la película.



*  *  *



Algunas frases que me gustaron:

“Quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que todavía intento descubrir cómo eso es posible”, p. 10.

“Aceptamos el amor que creemos merecer”, p. 35.

“Creo que sería un periodista terrible porque no puedo imaginarme sentado a la mesa enfrente de un político o una estrella de cine y haciéndoles preguntas. Probablemente solo les podría preguntar si me harían un autógrafo para mi madre o algo así. Probablemente me echarían por hacerlo. Así que he pensado en que puede que sea mejor escribir para un periódico porque podría hacerle preguntas a la gente normal, aunque mi hermana dice que los periódicos siempre mienten. No sé si es verdad, así que tendré que comprobarlo cuando me haga mayor”, p. 62.

“Quizás estos sean mis días de gloria y ni siquiera me esté dando cuenta porque no hay en ellos una pelota”, p. 69.

“No sé si es mejor que tus hijos sean felices y no vayan a la universidad. No sé si es mejor tener una buena relación con tu hija o asegurarte de que tenga una vida mejor que la tuya. La verdad es que no lo sé”, p. 78.

“Cuando acabé de leer el poema, todo el mundo se quedó en silencio. Un silencio muy triste. Pero lo increíble fue que no era una tristeza mala, para nada. Solo algo que hizo que todos miraran a los demás a su alrededor y supieran que estaban allí. Sam y Patrick me miraron a mí. Y yo los miré a ellos. Y creo que ellos comprendían. Nada en concreto, en realidad. Simplemente, comprendían. Y creo que es todo lo que puedes llegar a pedirle a un amigo”, p. 85.

“Creo que la idea es que cada hombre o mujer tiene que vivir su propia vida y luego decidir si la comparte con los demás. Tal vez eso es lo que hace a la gente implicarse. No estoy muy seguro”, p. 205.


María Dorrego