domingo, 24 de octubre de 2021

Acá el tiempo es otra cosa

Título: Acá el tiempo es otra cosa (2015)

Autor: Tomás Downey

Editorial: Interzona

128 p. ; 22 x 14 cm.


¿Puede acaso oxidarse el ojo crítico? ¿Existe tal cosa? ¿A qué escalón me subo para poder afirmar sin risas de fondo que mi opinión tiene algún valor por fuera de mis pensamientos? La verdad es que hacía rato no me sumergía en las páginas de un libro. No sé por qué, supongo que la pandemia y todo eso. Empezamos a desconocernos un poco, ¿no es así? Pero el cuerpo me puso un stop y cuchillo va, cuchillo viene, me quedé sin vesícula y estoy acostada hace tres días en casa. Llegué al límite de las series –me comí You en un día y fue un montón- y dije vamos a estimular un poco el seso, che.

Igual no es así como llegué a Downey, ¡si la recomendación la leí en una revista Viva en la sala de espera de un consultorio! Tremendo. Después lo compré por mercado libre y acá estamos. Lo empecé hace unos meses y lo dejé en el tercer cuento, por nada particular, más bien porque no estaba en esa. Ahora lo leí de un tirón, para seguir quizás en esta carrera para ganarle al hastío. 

El libro tiene dieciocho cuentos, la mayoría cortos. Hay dos o tres un poco más largos pero se justifica porque la historia lo amerita en cada caso. Si no, son bocaditos para una tarde de domingo con una tacita de té a mano. Vamos por partes: arranquemos con los aciertos. Tiene temáticas muy interesantes, principalmente me hizo sentir muy cómoda que la sexualidad no fuera un tabú. Los narradores hablan de masturbación, pijas y tetas sin que les tiemble la voz. Se agradece. La mayoría de los cuentos relatan situaciones familiares, donde la relación conflictiva es entre padres e hijos o la pareja en sí. Hay desencuentros, temores, olvidos, desamor, violencias de todo tipo. 

En “Una historia de amor”, por ejemplo, una mujer medio que se obliga a tener una relación con un hombre bastante decente y aunque trata de sabotearse todo el tiempo a costa de aburrimiento, recién conecta con él a través de una tragedia completamente evitable. En “Mirko”, por otra parte, un joven egoísta intenta poseer a toda costa a un misterioso y sensual extranjero sordomudo que lo hace sentir mejor consigo mismo, incluso si es a pesar de la felicidad de aquel. 

La narrativa de Downey es clara, sin vueltas. No usa mucha metáfora. No se lee entre líneas lo que quiere decir, aunque la mayoría de los baches en las historias sean súper turbios. La imagen mental es instantánea, los escenarios y los personajes no varían mucho; salvo, quizás, por esa maceta de la que nace un caballo en “Cavayo”. Por lo demás, todo transcurre en hogares de familia, escuelas, cabañas de vacaciones. Puede que la idea sea hacerte sentir como en casa para que la extrañeza te tome por sorpresa cuando perdés la gravedad y el techo es lo único que te detiene de salir volando hacia el infinito, como sucede en “Astronauta”. 

En relación a estas similitudes –familias, hogares- me parece que no hay mucha variedad de registros y que una misma clase de narrador/a cruza el libro entero. Algunas frases latiguillo me resultaron molestas, como “encogerse de hombros” o cuando se refiere al pene como una cosa “encogida que cae”. También me llamó la atención que más allá de mencionar lugares como Lobos o San Telmo, no hay otro tipo de marcas que sugieran que se trata de Buenos Aires o alguna otra provincia; no hay formas de hablar, referencias, descripciones. Las historias podrían transcurrir en Argentina o en cualquier parte del mundo, da lo mismo. 

El título del libro sí me gustó muchísimo. Es una certeza que recorre cada cuento: el tiempo no solo se detiene para sus personajes, sino que se transforma en otra cosa más densa que los oprime, los empuja, los hunde en sus desgracias. “La quinta” me dejó con una piedra en el estómago, lo releí para contemplar la posibilidad de haberlo entendido mal; busqué alternativas y no hubo chance: el horror está ahí, entre sobres rebalsados de plata y gente podrida. Para los padres de Miguel en “Los ojos de Miguel”, seguramente el tiempo también se transformaba en algo terrorífico que les marcaba la tragedia de sus vidas y el pasaje a una bestialidad visceral desencadenada por la falta de respuesta de su hijo menor.

Los cuentos son tan cortitos que no quiero espoilear demasiado. Vayan a leerlos, están tremendos. Enfréntense a su propia alma bizarra y acaben con los personajes; háganle frente al abuso, a la soledad, al horror. Acepten la miseria humana y agradezcan que ninguna de esas casas los espera después del trabajo. 



María Dorrego