Título original: Franny and Zooey (1961)
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa
216 p. ; 14 x 22,5 cm
No es nada casual que haya leído/engullido/devorado este libro en dos noches y una mañana. Andaba buscando este tipo de lectura: rápida, sin tanta vuelta, con una historia simple y entretenida que me rompiera un poquito el corazón. La trama tampoco es ninguna novedad, pero ya lo dice mi querido amigo Cristian Walter: “lo que importa no es el qué, sino el cómo”. A ver cómo es eso.
Los capítulos son cortos, de una hoja y media la mayoría, palabras más palabras menos. La narradora emplea un registro bastante coloquial, de vez en cuando se le escapa alguna puteada y te sentís más en confianza. Ahí decís: “epa, me está hablando a mí”.
Hay un detalle que me gustó mucho y es la ausencia casi total de diálogos. Las conversaciones están en cada anécdota, sin dudas, pero las recreás en tu cabeza a partir de la descripción de los escenarios, de lo que maquina cada personaje; no hay necesidad de ponerse a reproducir las palabras exactas. Todos tuvimos alguna vez alguna relación más o menos exitosa, desastrosa, soportable, ridícula, tóxica. Sabemos cómo es el asunto. No necesitamos esas discusiones por escrito. Así que disfruté mucho de la narración sin pretensiones, desde un único punto de interpretación –a veces insuficiente.
A la vez, más allá de que me parezca un acierto, también creo que fue una decisión consciente de la autora negarle la voz al co-protagonista, Lucas, quien en verdad es más como un personaje que se va desvaneciendo a medida que avanza la trama. Me quedó la sensación de que es una especie de recuerdo que finalmente deviene en mito. No es spoiler, desde el inicio sabés con toda certeza que es la historia de una separación. Lo que importa no es el qué, sino el cómo.
El título me encanta. Es muy abierto, amplio, no dice nada y, a la vez, dice un montón. Pienso en “todo esto” y me imagino el gesto de tratar de agarrar con las dos manos un desborde de emociones, de recuerdos, de cosas no dichas, de dolor, risas, objetos inanimados que lastiman con su sola presencia en el ambiente. “Todo esto” es, para mí, la síntesis de lo que fue y lo que no fue; es lo que quedó después del tsunami. Es sentarte en medio del quilombo, con las piernas cruzadas y el termo debajo del brazo, para preguntarte antes del primer sorbo: “¿por dónde arranco?”.
Pienso también que empaparse de la fe ajena tiene fecha de caducidad y está perfecto. Quizás el mismo Lucas llegó a convencerse de que podía luchar contra sus monstruos internos, ¡quién pudiera!, pero al final enfrentarse con uno mismo es más complicado de lo que parece. Soy una firme creyente de que el amor no es lo único que necesitás, el amor no salva el mundo ni paga las cuentas. Seguramente yo sea la Lucas de alguien. Sé, sin dudas, que puedo llegar a sentir esa clase de fobia por el romanticismo, de la que paraliza y enmudece. De la que mata a escopetazos cada mariposita.
No sé cuánto tenga de ficción esta historia –aunque asumo que muy poco– y eso me resultó muy interesante a medida que avanzaba las páginas. No me voló la cabeza, pero sí me gustó el ritmo ¡nada empalagoso ni lastimero! de narrar las idas y vueltas de una relación adulta. ¿No es eso la vida? Despedirse constantemente, a veces para siempre, a veces por un rato.
Dejo esta canción de una banda que me gusta mucho, Albrío, que me encontré tarareando más de una vez mientras me encariñaba con estos personajes y luego los dejaba ir.
“Me di cuenta enseguida de que le estaba rompiendo el corazón, el mismo corazón que no me podía dar, que me decía: Mirame y no me toques, acá estoy yo, el corazón de Lucas, que te ama pero no puede, seguí mirándome, soy intocable, pero no me dejes de querer.” (p. 116)
Quizás porque era justo lo que necesitaba en este momento, di con un libro que no es de ficción. Enojate, hermana es un compilado de artículos de la columna de Malena Pichot que se publicaron en el suplemento Las 12 de Página12, entre 2017 y 2019. Varias veces traté de leer esta clase de libros, sobre todo sigo dando vueltas con El violento oficio de escribir, de R. J. W. Trato, sobre todo por admiración, pero me aburren enseguida. Esta vez, sin embargo, me pasó algo diferente.
Pichot dice más de una vez que no se trata de un libro de feminismo, que ella no viene a educar a nadie ni a traer el mensaje feminista. Es divertido en cierto punto, porque es exactamente lo que termina pasando. Basta de idolatrías estúpidas, de seguir a rajatabla las palabras de los demás. Pichot es una mina común y corriente, la tiene más clara en millones de cosas, sí; pero ella misma sigue buscando dónde pararse para sentirse cómoda, navega las contradicciones de cada ser humano con el plus de ser muy consciente de todo. No siempre estoy de acuerdo con lo que piensa y dice; en determinadas situaciones lo que me desconcierta es la manera que elige de hacerlo. ¿Y? Si hay algo que me quedó clarísimo después de leer su libro es: ¿y qué?
Para mí el feminismo sigue siendo una novedad, conceptualmente hablando. Creo que las causas las llevo en mí desde que tengo noción, porque aunque hace poco tiempo que le pongo nombre a las sensaciones, que comprendo la lógica ancestral de injusticia, opresión y desigualdad, vengo sintiéndolo en el cuerpo desde que nací. No hay más que decir. Ahora mismo mi cabeza es un remolino de información, deberes, necesidades, obligaciones. “Ser feminista es vestirse así, decir aquello, bancar cierta causa, defender lo otro”. No. ¡Gracias, Malena! Ser feminista es un bardo. Es irse de boca a veces, es pifiarla, es activar, es repensar, es salir, es quedarse. No hay una fórmula.
Lo que sí creo es que ser feminista es tener la capacidad de mirar para los costados y formar un colectivo de heterogeneidad, abrazar metafóricamente la diferencia y sentir más allá de una misma. Con varios artículos de este libro me pasó que tuve que cerrarlo inmediatamente, ¿viste esa necesidad de apretarlo contra el pecho y decir la puta madre? Así. Creo que el título es muy acertado, la mayoría de las veces me quedé muy enojada de verdad. Una recomendación: no es una lectura para antes de dormir; la ira no te deja pegar un ojo. Es la bronca de confirmar que el mundo es un asco, que la gente es un asco, que a nadie le importa nada y que, en realidad, enojándote no vas a llegar a ninguna parte.
Es casi gracioso que al final sobrevuele esa idea: enojate, sí, pero que ese enojo no te arruine la vida. Porque así no sirve. A mí el enojo me hizo contestarle por primera vez a un tipo en la calle, hace muchos años, cuando me dijo alguna frase de esas de mierda que dicen los tipos de mierda. De ahí en adelante no paré, hasta que la bronca empezó a bajar. Ahora ya no contesto tanto, ya no me hace tan mal. Porque todos esos enojos acumulados también me hicieron salir a la calle a marchar, a gritar a lo Lisa que todo el maldito sistema está mal. Ese enojo nos hermana. Y no importa cómo se manifieste en cada una, sino bancarnos cuando las papas queman y estamos del mismo lado. Yo soy sorora con las que luchan, con las sobrevivientes, con las que sufren, las que lloran y ríen mientras agitan una bandera en la calle o en su cabeza, las que se animan y las que no.
Pichot es una compañera y este libro es ella sentada en la mesa con vos, pasándote el mate, diciéndote que te enojes del todo, que pierdas el miedo y te animes a ser y hacer de una vez. Y si no, todo bien, hacé lo que se te cante, pero que los demás se vayan al carajo en fila.
Marqué muchas frases que me parecieron maravillosas y otras que me hicieron reír. Cito, sin embargo, un párrafo que fue una caricia en una noche particularmente difícil para mí.
María Dorrego
A Malén Denis la conocí hace muy poquito. Venía de trabajar un montón, por lo general a doble turno, y la pandemia me impuso un descanso necesario. Con tanto tiempo libre empecé a escuchar mucho la radio FutuRock, donde Denis participa de manera regular. Hubo algo en su voz, desde el inicio, que me cautivó. No quise buscar enseguida su cara, preferí imaginármela. Sí, soy una romántica encubierta. Pasaron un montón de semanas hasta que me decidí a seguirla en Instagram, a correrla de su papel estelar de compañía de encierro; a que sus palabras llenaran mucho más que el vacío de mi monoambiente. Creo que tengo un leve enamoramiento, ya está, lo dije.
Hay una búsqueda de sentido, una crisis que se pospone como la actualización de una computadora hasta que no queda otra que hacerse cargo y atravesarla en soledad y silencio. La tristeza, la melancolía, la negación, el desgano, la necesidad de escaparse de cualquier forma de una misma. Me conecté con todo eso. Es desbordante terminar una relación de tantos años, sea o no “el primer amor”. Es tremendo alejarse de alguien con quien creciste y te hizo sentir (adrede o no) que no podés existir sin su apoyo.
Ya que lo menciono, les recuerdo que el Oscuro Pasajero es esa especie de entidad que habita en lo profundo de Dexter y Brian, que los une y los impulsa a matar desde aquel acontecimiento inicial en que vieron morir a su madre cuando eran chicos. Me gustó mucho el capítulo en que matan juntos y sus Pasajeros conectan. También me pareció más que nada coherente que al final del libro Dexter sintiera a su Pasajero fundirse con la Luna, su compañera de juegos, y Lindsay le brindara algunas líneas a esa especie de relación romántica entre ellos.
La obra consta de tres partes y, según lo veo, tres narradores. En la primera un R. W. escritor presenta y describe a los personajes y los hechos de la historia de una manera casi emotiva. De esta forma los involucrados se vuelven de carne y hueso, nos transmiten sus frustraciones y sus motivos de manera directa.