domingo, 20 de diciembre de 2020

Franny y Zooey

Título: Franny y Zooey (2013)
Título original: Franny and Zooey (1961) 
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa
216 p. ; 14 x 22,5 cm




Volví a este libro después de mucho tiempo y me alegra confirmar que tiene mucho de lo que recordaba. Me hizo sentir muchas cosas otra vez. Encontré frases o temáticas que quizás hoy día entiendo mejor o me llegan de formas diferentes y cobran otros sentidos. Hasta el momento J. D. Salinger solamente tiene publicados cuatro libros y, de alguna forma, cada historia está conectada con este micro universo que compone la familia Glass. Esta novela en particular me gusta mucho, aunque por momentos me da la sensación de ser un pasaje entre otras historias no contadas. Tampoco es que esperaba que Zooey tuviera las respuestas a cada inquietud universal, pero… bueno, un poco sí.

Pareciera que el libro se acaba justo cuando estás entrando por completo en sintonía con la forma de ver el mundo que tienen los Glass. La relación entre Franny y Zooey es muy linda, a pesar de ser conflictiva. Es como dice ella misma en algún momento, no les preocupan las mismas cosas, pero sí las del mismo tipo y por las mismas razones (p. 152). En cierto punto me recuerda a la relación que tengo con mi propio hermano y supongo que a la de cualquier pareja de hermanos en general que se preocupen por el bienestar del otro de verdad, a un nivel casi religioso.

Franny está un poco perdida, atraviesa ese bache de los veinte años en que empezás a ver con ojos de adulto y adolescente a la vez y no sabés para dónde correr. Todo sumado a su condición de prodigio –como todos sus hermanos–, que le permite reconocer con mayor claridad la frivolidad y superficialidad del mundo y, específicamente, del ámbito universitario. Como si fuera poco, el hecho de ser actriz también la lleva a registrar con mucha facilidad la falsedad de las personas y los despliegues teatrales en la mayoría de las relaciones y las acciones simples o vacías, como la necesidad de (des)arreglarse el pelo constantemente. Así se hunde en una pseudo depresión que la obliga a volver a su casa/refugio, donde se siente protegida. Digo pseudo porque por momentos parece más un capricho que otra cosa. Si no me equivoco, el mismo Zooey lo sugiere en algún párrafo. 

En líneas generales, el libro es un gran diálogo: primero entre Zooey y su madre; y luego entre Zooey y Franny. En ambos casos parecen sesiones de psicoanálisis, en las que a través de conversaciones poco profundas, al principio, se llega al meollo del asunto; con pasajes –confusos a veces– sobre religión, expectativas y valoraciones sobre los demás y, básicamente, el modo de seguir viviendo sin perder la cabeza o salir a matar phonies. Demasiada justificación en nombre de Dios y la oración, para mi gusto, pero lo vale si podés hacer el ejercicio súper complicado de aceptar la fe ajena y convivir con la contradicción.  

La crisis de Franny se asemeja bastante a la de Holden Caufield, aunque a ella la empuja al sillón y le cierra el estómago mientras que a él lo lleva a huir del colegio y vivir unos días alocados. El desencanto con el mundo, sin embargo, es el mismo. En personalidad y modos de expresarse Holden se parece más a Zooey: la lengua ácida, la ironía, la superioridad. Deben ser alteregos del mismo Salinger, que desarrolla unos monólogos impresionantes cada dos o tres hojas.

A pesar de que me identifiqué más con Franny, Zooey también me gustó mucho y me encontré en él. Se exaspera fácil y opina con facilidad sobre la vida de los demás. Tiene, a pesar de todo, una visión más real y tolerante del mundo que su hermana menor. Quizás se deba a que es más grande y tiene más experiencia lidiando con la mediocridad –es un actor exitoso– o tal vez a que tiene una mayor percepción de las cosas y es ciertamente una mente superior. Esto no quita que sea pedante y autoritario, un firme creyente de que la suya es la única verdad. Creo que el motivo por el cual se frustra tanto con Franny es porque ve en ella un alma similar, reconoce el potencial desperdiciado y, al estilo de Buddy y Seymour Glass, no puede evitar intervenir. Después de todo fueron programados desde chicos para seguir a la voz de la sabiduría, encarnada en alguno de sus mayores. 

En un acto impulsivo Zooey siente la necesidad de llamar por teléfono haciéndose pasar por Buddy, aunque Franny termina descubriéndolo. Durante la conversación telefónica, sin embargo, Zooey se da cuenta de que no sirve decirle lo que debe hacer o cómo –porque eso hacían sus hermanos mayores, al fin y al cabo– y le abre el camino para que ella decida por sí misma, con la ayuda de unos últimos consejos. Acá sobre todo puede verse el cariño que los une y la compulsión que siente Zooey de tomar el lugar vacío que provocó la ausencia de Buddy y Seymour, que los abandonaron en diferentes sentidos pero ambos por decisión propia.

Como dije al principio, termina un poco en nada, de golpe; aunque creo que al final de la llamada Franny comprende que depende exclusivamente de ella la forma en que va a vivir, sea respecto a la religión, la universidad o lo que se proponga fuera del sofá. Ya no necesita que sus hermanos la empujen en una dirección concreta. Una cosa es segura, de todas maneras, y es que aunque los demás desaparezcan, Zooey va a estar ahí para fumar a su lado en silencio o para darle un discurso sobre Dios sabe qué. Y esto no puede ser menos que reconfortante para esta humilde lectora. 



María Dorrego
 

jueves, 19 de noviembre de 2020

Todo esto

Título: Todo esto (2020) 
Autora: Ayelén Vázquez
Ediciones Futurock
280 p. ; 23 x 15 cm.

No es nada casual que haya leído/engullido/devorado este libro en dos noches y una mañana. Andaba buscando este tipo de lectura: rápida, sin tanta vuelta, con una historia simple y entretenida que me rompiera un poquito el corazón. La trama tampoco es ninguna novedad, pero ya lo dice mi querido amigo Cristian Walter: “lo que importa no es el qué, sino el cómo”. A ver cómo es eso.  

Los capítulos son cortos, de una hoja y media la mayoría, palabras más palabras menos. La narradora emplea un registro bastante coloquial, de vez en cuando se le escapa alguna puteada y te sentís más en confianza. Ahí decís: “epa, me está hablando a mí”. 

Hay un detalle que me gustó mucho y es la ausencia casi total de diálogos. Las conversaciones están en cada anécdota, sin dudas, pero las recreás en tu cabeza a partir de la descripción de los escenarios, de lo que maquina cada personaje; no hay necesidad de ponerse a reproducir las palabras exactas. Todos tuvimos alguna vez alguna relación más o menos exitosa, desastrosa, soportable, ridícula, tóxica. Sabemos cómo es el asunto. No necesitamos esas discusiones por escrito. Así que disfruté mucho de la narración sin pretensiones, desde un único punto de interpretación –a veces insuficiente.

A la vez, más allá de que me parezca un acierto, también creo que fue una decisión consciente de la autora negarle la voz al co-protagonista, Lucas, quien en verdad es más como un personaje que se va desvaneciendo a medida que avanza la trama. Me quedó la sensación de que es una especie de recuerdo que finalmente deviene en mito. No es spoiler, desde el inicio sabés con toda certeza que es la historia de una separación. Lo que importa no es el qué, sino el cómo. 

El título me encanta. Es muy abierto, amplio, no dice nada y, a la vez, dice un montón. Pienso en “todo esto” y me imagino el gesto de tratar de agarrar con las dos manos un desborde de emociones, de recuerdos, de cosas no dichas, de dolor, risas, objetos inanimados que lastiman con su sola presencia en el ambiente. “Todo esto” es, para mí, la síntesis de lo que fue y lo que no fue; es lo que quedó después del tsunami. Es sentarte en medio del quilombo, con las piernas cruzadas y el termo debajo del brazo, para preguntarte antes del primer sorbo: “¿por dónde arranco?”.

Pienso también que empaparse de la fe ajena tiene fecha de caducidad y está perfecto. Quizás el mismo Lucas llegó a convencerse de que podía luchar contra sus monstruos internos, ¡quién pudiera!, pero al final enfrentarse con uno mismo es más complicado de lo que parece. Soy una firme creyente de que el amor no es lo único que necesitás, el amor no salva el mundo ni paga las cuentas. Seguramente yo sea la Lucas de alguien. Sé, sin dudas, que puedo llegar a sentir esa clase de fobia por el romanticismo, de la que paraliza y enmudece. De la que mata a escopetazos cada mariposita.  

No sé cuánto tenga de ficción esta historia –aunque asumo que muy poco– y eso me resultó muy interesante a medida que avanzaba las páginas. No me voló la cabeza, pero sí me gustó el ritmo ¡nada empalagoso ni lastimero! de narrar las idas y vueltas de una relación adulta. ¿No es eso la vida? Despedirse constantemente, a veces para siempre, a veces por un rato.  

Dejo esta canción de una banda que me gusta mucho, Albrío, que me encontré tarareando más de una vez mientras me encariñaba con estos personajes y luego los dejaba ir. 





“Me di cuenta enseguida de que le estaba rompiendo el corazón, el mismo corazón que no me podía dar, que me decía: Mirame y no me toques, acá estoy yo, el corazón de Lucas, que te ama pero no puede, seguí mirándome, soy intocable, pero no me dejes de querer.” (p. 116)



María Dorrego

sábado, 7 de noviembre de 2020

Enojate, hermana

Título: Enojate, hermana (2019)
Autora: Malena Pichot
Ediciones Futurock
208 p. ; 23 x 15 cm.


Quizás porque era justo lo que necesitaba en este momento, di con un libro que no es de ficción. Enojate, hermana es un compilado de artículos de la columna de Malena Pichot que se publicaron en el suplemento Las 12 de Página12, entre 2017 y 2019. Varias veces traté de leer esta clase de libros, sobre todo sigo dando vueltas con El violento oficio de escribir, de R. J. W. Trato, sobre todo por admiración, pero me aburren enseguida. Esta vez, sin embargo, me pasó algo diferente. 

Pichot dice más de una vez que no se trata de un libro de feminismo, que ella no viene a educar a nadie ni a traer el mensaje feminista. Es divertido en cierto punto, porque es exactamente lo que termina pasando. Basta de idolatrías estúpidas, de seguir a rajatabla las palabras de los demás. Pichot es una mina común y corriente, la tiene más clara en millones de cosas, sí; pero ella misma sigue buscando dónde pararse para sentirse cómoda, navega las contradicciones de cada ser humano con el plus de ser muy consciente de todo. No siempre estoy de acuerdo con lo que piensa y dice; en determinadas situaciones lo que me desconcierta es la manera que elige de hacerlo. ¿Y? Si hay algo que me quedó clarísimo después de leer su libro es: ¿y qué? 

Para mí el feminismo sigue siendo una novedad, conceptualmente hablando. Creo que las causas las llevo en mí desde que tengo noción, porque aunque hace poco tiempo que le pongo nombre a las sensaciones, que comprendo la lógica ancestral de injusticia, opresión y desigualdad, vengo sintiéndolo en el cuerpo desde que nací. No hay más que decir. Ahora mismo mi cabeza es un remolino de información, deberes, necesidades, obligaciones. “Ser feminista es vestirse así, decir aquello, bancar cierta causa, defender lo otro”. No. ¡Gracias, Malena! Ser feminista es un bardo. Es irse de boca a veces, es pifiarla, es activar, es repensar, es salir, es quedarse. No hay una fórmula. 

Lo que sí creo es que ser feminista es tener la capacidad de mirar para los costados y formar un colectivo de heterogeneidad, abrazar metafóricamente la diferencia y sentir más allá de una misma. Con varios artículos de este libro me pasó que tuve que cerrarlo inmediatamente, ¿viste esa necesidad de apretarlo contra el pecho y decir la puta madre? Así. Creo que el título es muy acertado, la mayoría de las veces me quedé muy enojada de verdad. Una recomendación: no es una lectura para antes de dormir; la ira no te deja pegar un ojo. Es la bronca de confirmar que el mundo es un asco, que la gente es un asco, que a nadie le importa nada y que, en realidad, enojándote no vas a llegar a ninguna parte.

Es casi gracioso que al final sobrevuele esa idea: enojate, sí, pero que ese enojo no te arruine la vida. Porque así no sirve. A mí el enojo me hizo contestarle por primera vez a un tipo en la calle, hace muchos años, cuando me dijo alguna frase de esas de mierda que dicen los tipos de mierda. De ahí en adelante no paré, hasta que la bronca empezó a bajar. Ahora ya no contesto tanto, ya no me hace tan mal. Porque todos esos enojos acumulados también me hicieron salir a la calle a marchar, a gritar a lo Lisa que todo el maldito sistema está mal. Ese enojo nos hermana. Y no importa cómo se manifieste en cada una, sino bancarnos cuando las papas queman y estamos del mismo lado. Yo soy sorora con las que luchan, con las sobrevivientes, con las que sufren, las que lloran y ríen mientras agitan una bandera en la calle o en su cabeza, las que se animan y las que no. 

Pichot es una compañera y este libro es ella sentada en la mesa con vos, pasándote el mate, diciéndote que te enojes del todo, que pierdas el miedo y te animes a ser y hacer de una vez. Y si no, todo bien, hacé lo que se te cante, pero que los demás se vayan al carajo en fila.

Marqué muchas frases que me parecieron maravillosas y otras que me hicieron reír. Cito, sin embargo, un párrafo que fue una caricia en una noche particularmente difícil para mí. 

“Cada vez que alguien te diga que estás exagerando, cada vez que alguien te diga que sos problemática, cada vez que un machito te quiera explicar el feminismo y te insista que pidas bien las cosas, hacé memoria, recordá no solo tu vida, la de tus amigas. Qué mierda te quiere explicar ese machito, qué mierda está haciendo ese machito diciéndote que te estás zarpando. Lo que está haciendo es defender sus privilegios de poder hacer con vos y con tus amigas lo que él quiere. Pero sobre todo lo que está haciendo es temblar, porque los cimientos del patriarcado se están moviendo, porque vos te estás acordando… y te estás enojando y se va a caer, hermana, se va a caer.” (p. 155)

María Dorrego 


lunes, 15 de junio de 2020

Litio

Título: Litio (2019)
Autora: Malén Denis
Editorial: Concreto
120 p. ; 20 x 14 cm.



A Malén Denis la conocí hace muy poquito. Venía de trabajar un montón, por lo general a doble turno, y la pandemia me impuso un descanso necesario. Con tanto tiempo libre empecé a escuchar mucho la radio FutuRock, donde Denis participa de manera regular. Hubo algo en su voz, desde el inicio, que me cautivó. No quise buscar enseguida su cara, preferí imaginármela. Sí, soy una romántica encubierta. Pasaron un montón de semanas hasta que me decidí a seguirla en Instagram, a correrla de su papel estelar de compañía de encierro; a que sus palabras llenaran mucho más que el vacío de mi monoambiente. Creo que tengo un leve enamoramiento, ya está, lo dije.  

Poco a poco fui comprendiendo a qué se debía mi interés por ella: parece ser una mujer increíble. Defiende lo que piensa, lo dice sin pelos en la lengua y, si no, te lo escribe con puntos y comas. Tuve la suerte de que me trajeran su libro a domicilio y me lo tragué de un tirón entre ayer y hoy. Sospecho que no hay mejor manera de drogarse.

Litio es una novela en formato carta o entrada de diario (¿mental?). La narradora, de quien desconocemos el nombre, va contando un sinfín de hechos que, al menos al principio, parecen no tener relación. Por supuesto que hay hilos conductores, pero muchas veces son demasiado sutiles. Hay que estar muy atento. De alguna forma el lector tiene que ir reconstruyendo los acontecimientos, buscándole sentido a la historia. Al menos, así arranqué yo. 

Como a la mitad me di cuenta de que, posiblemente, no era tan necesario seguir por ese camino. Quiero decir, ¡sí!, es imperioso que un libro tenga una estructura básica; que pase algo, que haya un conflicto. Pero en cierto punto eso deja de importar y te vas metiendo cada vez más en la psicología de la narradora hasta ver con sus ojos, sentir con sus manos, doler con su cuerpo. 

El estilo de Denis es impecable. Me reconforta muchísimo saber que está trabajando en otros proyectos (¡gracias Google!). Resulta muy difícil separar a una autora de su obra y me sentí tan interpelada por Litio que solo tengo palabras de admiración. Voy a tratar de resumir la trama: a la protagonista le toca (diría que se obliga a sí misma) cuidar la casa y las mascotas de su ex, quien se encuentra internado por alguna clase de condición psiquiátrica que lo condujo a ejercer violencia de género hacia su actual pareja. En este contexto, la narradora transita un ir y venir constante entre casas, por un lado, y entre recuerdos, por el otro. 

El libro está minado de analogías y metáforas. Relaciones conflictivas con los padres y, específicamente, la maternidad. Es interesante que este último punto esté encarnado por una gata protectora que acaba de parir. ¿Se verá reflejada la narradora en ese cachorro que está aprendiendo a habitar el mundo y a comer por sus propios medios? Me sentí muy identificada en muchos aspectos y eso me vuelve una lectora parcial. 

Hay una búsqueda de sentido, una crisis que se pospone como la actualización de una computadora hasta que no queda otra que hacerse cargo y atravesarla en soledad y silencio. La tristeza, la melancolía, la negación, el desgano, la necesidad de escaparse de cualquier forma de una misma. Me conecté con todo eso. Es desbordante terminar una relación de tantos años, sea o no “el primer amor”. Es tremendo alejarse de alguien con quien creciste y te hizo sentir (adrede o no) que no podés existir sin su apoyo.

El nombre de la obra me causa algo de desconcierto. Leí en una nota de Lola Sasturain, en Página/12, que hace referencia a la canción de Nirvana. No podría asegurarlo. También busqué información sobre el litio en sí, y parece que es un elemento químico altamente inflamable y corrosivo que se usa para tratar trastornos mentales, como la bipolaridad o la depresión. Podríamos decir, entonces, que es una droga que modifica tu estado de ánimo, ¿no? 

Me quedé pensando… ¿La urgencia en las declaraciones de la narradora no son, de alguna forma, inflamables? Las reflexiones se entrecruzan y se mezclan entre recuerdos, opiniones y observaciones de su entorno. Y vos estás ahí, desprevenido, con el libro entre las manos, esperando que algo detone. Se genera una lectura muy secuencial, en la que imaginás a la protagonista moviéndose por diferentes espacios, tomando nota mental de todo lo que absorbe, y comentándolo al pasar. Así como cuando tratamos de contar una anécdota y metemos tanta data que se vuelve una metahistoria. 

Al tener capítulos tan cortitos, de dos o tres páginas, creo que lo que intenta reflejar es justamente esto: una especie de coloquialidad que nos acerca a la idea de estar husmeando en la cabeza de alguien. Atestiguamos, de esta forma, el duelo de una chica en sus treinta, que se reconcilia con la pérdida y revive la muerte de su madre a causa del entierro de una relación amorosa. Como decíamos, en un contexto de crisis general: a nivel país y a nivel personal, sin un trabajo ni fuente de ingreso estable. 

Supongo que no soy la única que puede identificarse con esta historia. Todos nos aferramos demasiado. Sí me parece que hay una bajada de línea significativa: no importa cuánta cátedra te den los demás, vas a empezar a pegar tus pedazos rotos cuando vos misma encuentres la motivación, las ganas y la forma. Nadie deja de fumar porque se lo pidan amablemente. A veces hay que tocar fondo, dejar que los gatos de tu ex te arañen la piel hasta hacerte sangrar. Quizás, con esa fuerza interior que no creías poseer, descubras que no necesitás esa droga que te hacía sentir mejor. Tal vez, para encontrar la paz, haya que dejar que explote todo. Después, reconstruir bajo tus propios términos.



María Dorrego 

jueves, 4 de junio de 2020

Tierra de los hombres

Título: Tierra de los hombres (2016)
Título original: Terre des hommes (1939)
Autor: Antoine de Saint-Exupéry 
Editorial: Berenice 
160 p. ; 14 x 22 cm.


Compré este ejemplar en 2018 y lo empecé tres veces. No podía pasar de la tercera página, me aburría muchísimo. Al final lo dejé porque no hay nada peor que leer por obligación. Hace poco leí una frase en internet que parecía salir de la obra y volví a sacarlo de la biblioteca con entusiasmo. Tal vez lo que tenía que hacer era esperar a tener la cabeza para comprender ciertas cosas. Esta vez, lo leí en un día y una noche. 

Cuesta acostumbrarse a dialogar con un aviador. Hay un lenguaje técnico, muy específico de quien viaja solo por el mundo, que te descoloca. A medida que avanza el relato, sin embargo, te vas acostumbrando y vas sintiendo que vos también volás. Empiezan a preocuparte los desperfectos de la máquina, las nubes repentinas, los mares ocultos, el copiloto que se duerme, las montañas, los mapas. Entendés que la vida puede ser ese conjunto de cosas que para vos no significaban nada.

Es la primera vez que leo a Saint-Exupéry fuera de El Principito. Fue una gran experiencia porque al ser una obra autobiográfica me permitió ver el trasfondo, sus motivos. Muchas veces me había preguntado, ¿por qué el pequeño príncipe forma un vínculo con un zorro? ¿De dónde habrá salido esa obsesión por sentirse acompañado, por conectar con alguien? ¿Por qué volaba de planeta en planeta buscando, siempre buscando? 

Es entendible que los escritores proyectemos en nuestros personajes, pero sin leer Tierra de los hombres no habría percibido jamás hasta qué punto Saint-Exupéry comprendió a su Principito y se reflejó en él. Creo que hay personajes tan icónicos que se independizan de su autor y se convierten en seres autónomos. Gracias a este libro entendí las condiciones de producción en que nació mi querido y solitario príncipe. 

Saint-Exupéry relata cómo inició sus aventuras en el mundo de la aviación. Para él llevar el correo era primordial, pero a medida que aprendía el oficio también se daba cuenta de la importancia de crear lazos con otros hombres. Hay dos casos muy específicos que me conmovieron: la relación con su colega y amigo Henri Guillaumet y, por otra parte, el vínculo que construye con un esclavo llamado Mohammed. El evento que unifica y da sentido a la obra, sin embargo, es el accidente en el Sáhara, en el cual casi muere de sed con su mecánico André Prévot.

También le dedica algunas páginas a su paso por un castillo en Concordia, Entre Ríos, en donde narra una anécdota muy interesante con unas nenas y unas víboras. Da la sensación, por momentos, de que a este hombre todo lo maravillaba. Esto se nota además cuando describe sus vuelos nocturnos, en donde siempre destaca el silencio y la compañía lejana pero constante de las estrellas. ¿En qué momento se habrá preguntado si permanecen encendidas para que cada uno pueda encontrar la suya algún día?

Me pareció reconocer a lo largo del libro la idea de una indagación constante, la búsqueda de algo superior: autoconocimiento, conexiones, libertad, puntos en común con la naturaleza de las cosas. Unos años más tarde, Saint-Exupéry escribiría El Principito y, un año exacto después de eso, desaparecería misteriosamente en un vuelo de reconocimiento. ¡Qué legado! ¡Qué forma conmovedora de volverse inmortal! ¿Habrá sido como su paso por el desierto de Libia? ¿Habrá sucumbido ante la sed, imaginando un pozo en alguna parte? ¿Habrá caminado en línea recta hacia el Este, siguiendo los pasos de su amigo Guillaumet? ¿Se habrá cruzado algún zorro en su camino, que le diera esperanzas? ¿Habrá encontrado, como el Principito, una forma de volver a casa? Tristemente, solo podemos imaginarlo.



María Dorrego

domingo, 24 de mayo de 2020

La muerte de Dexter

Título: La muerte de Dexter (2016) 
Título original: Dexter is dead (2015)
Autor: Jeff Lindsay
Editorial: Umbriel
352 p. ; 15 x 23 cm.



Cuántas ganas tenía de leer este libro. Lo esperé con la misma impaciencia que la nueva saga de Cazadores de Sombras. Después de comprar los dos ejemplares, sin embargo, compartieron el destino: se abrazaron para juntar polvo en mi biblioteca. No sé decir con exactitud por qué, aunque tengo una vaga idea. En el caso de Lady Midnight, digamos que de un tiempo a esta parte me incliné por otro tipo de lecturas; ya no me siento tan atraída por la literatura juvenil –no reniego de mi pasado colmado de Twilight y todos esos libros de tapa negra y letras rojas, simplemente digo que ahora me interesan otras cosas–. Con Dexter los motivos fueron bien diferentes: los primeros libros son tan buenos que a medida que avancé con la saga, me fue imposible convivir con la decepción. Ni siquiera voy a hablar del final de la serie, de por sí humillante para los personajes y ofensivo para los espectadores.

La razón por la que demoré la lectura de La muerte de Dexter es, probablemente, porque no quería que muriera. Odio cerrar etapas, me siento mareada y no sé para dónde agarrar. Recientemente me volví a mudar, vivo sola por primera vez en mi vida, y me pareció un escenario más que propicio para darle una conclusión a cosas más fáciles que mi pasado y mis relaciones. Entonces pensé “bueno, Lindsay, vamos a ver con qué me salís”.

Van a ser las doce de la noche y mañana es feriado, así que no trabajo. Dormí todo el día y como en el departamento no tengo televisión ni internet, le di una última oportunidad a esas 352 páginas. La verdad es que ya lo había empezado dos veces y lo había dejado con la misma velocidad con que pasaba los párrafos sin prestar demasiada atención. Vamos a lo concreto. 

[Alerta de spoilers

Yo no sé, sinceramente, si se nota más el fastidio de Dexter o del mismo Jeff Lindsay. Este libro está plagado de lo que se llama “relleno”: situaciones, pensamientos, diálogos que no hacen a la trama y, no obstante, se comen capítulos enteros. De verdad perdí la cuenta de cuántas veces Dexter se pone a recapitular los hechos, como si el lector no pudiera recordar lo que viene pasando. Entiendo que es una estrategia para mostrar, quizás, el cansancio del protagonista. Ya no maneja el mismo nivel de ironía que antaño, sus comentarios no son tan ingeniosos y se la pasa metiendo la pata, caminando de error en error y recibiendo cachetazos literales y metafóricos. Es realmente una lástima que tremendo personaje deba retirarse de una manera tan denigrante, ¡incluso peor que en la serie televisiva!

Los hechos son los siguientes: Dexter está preso por crímenes que no cometió. Queda en libertad con ayuda de Brian, su hermano, y luego se enfrenta a un puñado de narcos para salvar a sus hijos y sobrino, que fueron secuestrados. A la vez, se ocupa de encontrar las pruebas para demostrar su inocencia, con Masuoka como único aliado, mientras reniega de su relación con Deborah. Ah, casi me olvidaba del inspector Anderson, una vergüenza de enemigo. Finalmente atestiguamos una muerte para nada gloriosa, a manos de ese jefe narco que ni siquiera se la tenía jurada por motivos personales.

Tengo tanto que decir. Brian, que se las arregló toda su vida solo, ¿de pronto necesita al bueno de Dexter para que lo ayude a enfrentarse a unos latinos malotes? ¿de verdad? ¿no podía simplemente, no sé, irse a cualquier parte del mundo con toda esa plata que les robó? Supongamos que no puede hacerlo, ¿cómo es posible que con la sola manipulación de cuchillos por parte de los hermanos asesinos logren acabar con un pedacito del crimen organizado? Forzadísimo. 

Dexter está ¿viejo? ¿cansado? ¿derrotado por la vida? y se la pasa cometiendo errores que lo acercan a una muerte esperable. Repite una y otra vez que no posee sentimientos humanos, pero no puede superar ni de lejos que Deborah esté enojada con él. Ah, pero de sus hijos ni comentario. Como hasta la mitad del libro ni siquiera los recuerda, a pesar de que en los anteriores eran su única verdadera conexión con el mundo. Hubiera preferido que literalmente se sacrificara por ellos al final, en vez de volverse una carcasa vacía. No sé qué piensan o esperaban los demás, pero la simpatía y el cariño que mostró desde el inicio por los más indefensos quedaron aplacados por una necesidad inexplicable de seguir adelante con los eventos, sin cuestionar verdaderamente nada. 

Ahí va otra crítica a la trama. No hay sorpresas, giros, pistas que obliguen al lector a estar atento, a leer entre líneas. Las cosas van pasando, acompañamos a Dexter en cada paso hasta la confirmación del título: sentimos la voz del Oscuro Pasajero que canturrea y dice “no quiero morir, no así, por favor, no…”

Ya que lo menciono, les recuerdo que el Oscuro Pasajero es esa especie de entidad que habita en lo profundo de Dexter y Brian, que los une y los impulsa a matar desde aquel acontecimiento inicial en que vieron morir a su madre cuando eran chicos. Me gustó mucho el capítulo en que matan juntos y sus Pasajeros conectan. También me pareció más que nada coherente que al final del libro Dexter sintiera a su Pasajero fundirse con la Luna, su compañera de juegos, y Lindsay le brindara algunas líneas a esa especie de relación romántica entre ellos. 

Por lo demás, el Oscuro Pasajero y la Necesidad brillaron por su ausencia a lo largo del libro. Lo entiendo en la medida en que la trama es tan floja, que no quedó lugar para más. Sin embargo, no dejó de ofenderme. Más que La muerte de Dexter, habría llamado a este final “El ocaso de Dexter” o algo así; porque es más la crónica de una persona que se va apagando, que se despide de sí mismo y de sus motivos, que alguien que recibe la muerte a lo grande. Al menos eso es lo que esperaba para un asesino serial que se venía escapando de las garras de la justicia y del castigo divino –si existiese algo así– con una gracia envidiable. 

Yendo específicamente a la línea argumental: el enemigo letal es ese imbécil de Anderson, que se la pasa falsificando reportes y plantando evidencias. ¿Really? Más adelante, los latinos traficantes. ¿REALLY? ¿nos quedamos sin ideas, Lindsay? ¿o estuvimos viendo demasiada televisión? No conozco Miami, es cierto, y es probable que de verdad esté lleno de cubanos y de mexicanos. Así y todo, ¿es necesario que siempre estén metidos los carteles en estas tramas yanquis? Encima menospreciados, porque uno es más idiota que el otro. Se matan entre ellos, de manera literal. Dexter y Brian apenas intervienen.

La aparición del abogado mediático y corrupto tampoco me pareció un condimento demasiado novedoso. También muere de manera ridícula. ¿El aliado en toda esta situación es Vince Masuoka? Ni de broma. Está bien que Deb en algún momento tenía que decirle basta a su hermano, pero que su lugar fuera tomado por alguien como Vince, es demasiado. No tiene ningún sentido. El libro avanza sin verdaderas complicaciones, entre llamadas de teléfono y debates mentales de Dexter. Así de aburrido. 

No recomiendo que lo lean, por si no está quedando claro. 

Tal vez si necesitan darle un cierre, como me pasó a mí. Por placer, no. No hubo ningún tipo de satisfacción para mí. Hace tres libros que esta saga debería haber terminado, con Dexter en la plenitud de sí mismo. Lo que leí es nada más que la sobra de un gran personaje, que hizo lo que pudo con lo que le quedó. Se fue a morir en el agua, mirando la Luna, describiendo hasta el último segundo las sensaciones de alguien que ya no sabe quién es. Espero que haya muerto, porque la verdad es que tales palabras no se pronuncian en ningún momento. Ya me imagino mi indignación si en unos años me encuentro con un libro nuevo en la vidriera de una librería. Se llamaría “Dexter is back” o algo así y yo le daría un cabezazo a mi reflejo.



María Dorrego

lunes, 13 de abril de 2020

¿Quién mató a Rosendo?

Título: “¿Quién mató a Rosendo?” (1969)
Autor: Rodolfo Walsh
Ediciones de la Flor
176 p. ; 20 x 14 cm. 


Soy una firme creyente de las causalidades, aunque por momentos desmerezca este aspecto de mi personalidad. La verdad es que no es nada fácil encontrar un libro de Rodolfo Walsh que no sea Operación masacre, que por lo general te hacen leer en algún nivel de educación formal. Para mí, constituye una especie de reto personal recolectar sus escritos. Tengo la costumbre de acumular ejemplares y dejar que el tiempo me revele la oportunidad exacta para empaparme de su contenido. 

En este caso, traigo un título que compré el año pasado y ahora leí en un día y medio. Con R. W. es así: me acompaña en silencio hasta que de pronto me noquea. ¿Quién mató a Rosendo?, junto a Operación masacre (1957) y Caso Satanowsky (1973), conforman la trilogía de novelas de no-ficción que mezcla recursos del género novela con el relato de hechos verdaderos en base a una minuciosa investigación producto de una gran labor periodística.

“Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya”, advierte el autor en el prólogo. No deja de ser cierto, ya que trata de la misteriosa muerte de tres hombres durante un altercado en una confitería donde, supuestamente, se enfrentaron dos facciones del sindicalismo argentino en mayo de 1966. Será tarea del narrador demostrar lo contrario –que no fue un enfrentamiento real ya que una sola facción estaba armada y que el misterio recae en la destrucción sistemática de pruebas por parte de la policía– o, al menos, presentar la evidencia para que cada lector llegue a sus propias conclusiones. 

Rosendo García, uno de los muertos, era un líder sindicalista en ascenso, “su nombre figuraba ya como candidato a gobernador de la provincia. Para dar ese salto, que lo arrancaría quizás definitivamente de la órbita secundaria a que estaba relegado, era preciso, desde luego, que hubiera elecciones. Pero Vandor no quería elecciones”. Los otros dos, Domingo Blajaquis y Juan Zalazar, obreros y revolucionarios opositores al vandorismo respetivamente. El suceso que narra el libro viene a revelar, por lo tanto, el drama que atravesaba el sindicalismo peronista tras el golpe de estado de 1955 que derrocó a Perón.

Comprender las investigaciones de R. W., para mí, siempre implica tener papel y birome a mano. Puede tener que ver con mi falta de atención, mi mala memoria a corto plazo o la intención de seguirle el hilo de pensamiento a un tipo obsesivo y riguroso con los detalles que te satura de nombres, locaciones, números y estadísticas. Su uso del lenguaje es algo increíble, incluso si no se está de acuerdo con lo que dice. Hay una especie de naturalidad envidiable, aunque sinceramente puedo imaginar a R. W. editando, tachando, reescribiendo, rompiendo papel a lo loco. Porque la máquina tiene algo de mágico pero también de perturbador: si llevás escribiendo un largo rato y todavía no encontraste la forma correcta de expresarte, no te queda otra que destruir esa hoja con saña y arrancar otra vez.    

La obra consta de tres partes y, según lo veo, tres narradores. En la primera un R. W. escritor presenta y describe a los personajes y los hechos de la historia de una manera casi emotiva. De esta forma los involucrados se vuelven de carne y hueso, nos transmiten sus frustraciones y sus motivos de manera directa. 

En la segunda parte un R. W. periodista muestra toda la evidencia que respalda el caso con datos exactos, testimonios según orden cronológico y la descripción de las pericias. Nada de conjeturas: se analizan pruebas fácticas. También se denuncia con una hermosa ironía los inventos y contradicciones del sector vandorista y del juez encargado del caso, que pareciera tener unos delirios que asustan.

El tercer apartado, finalmente, responde a la visión de un R. W. militante. Acá propone un pantallazo del contexto en que suceden los hechos del libro, otra vez amparado por datos reales que escapan a una simple interpretación partidaria. Al presentar sus conclusiones no pude evitar imaginar a Daniel Hernández –su alter ego literario– explicando la resolución del caso policial de manera simple y didáctica, como dándonos a sus lectores un caramelito después de una trompada en la cara. “Muy bonito, pero no es una solución”, podrían decirnos. Y no lo es, pero es un comienzo.  

En comparación a Operación masacre, que inició al autor en la novela de no-ficción –¡o viceversa!–, me encontré con un R. W. quizás más implicado, más decidido, más curtido. Más profesional. Tal vez por eso me transmitió, a la vez, menos esperanza que el libro anterior. En ambos casos gana la impunidad y la injusticia, como suele pasar según demuestra la historia argentina. Pero eso no es lo importante. Estos libros representan algo más profundo, que trasciende la denuncia: nos enseñan que no hay forma de comprender el presente sin mirar para atrás, que tenemos derecho a una historia común que nos hermane y que es nuestro deber reivindicar y continuar con esas luchas que nos construyeron.

Rodolfo Walsh, hasta el día de hoy, continúa formando parte de la enorme lista de desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica que se inició en 1976 en Argentina. Es nuestra tarea como hijos, hijas, nietos y nietas de una generación exterminada, mantener vivo ese legado de compromiso político y de dar testimonio en momentos difíciles.  



María Dorrego