
La crítica es un género moderno, que surge en el siglo XVIII de la mano de la literatura y de la esfera pública, como bien señala Eagleton (1999)[1]. De esta forma se ponía en discusión lo que se leía en clubes, cafés, bares, periódicos, etc., perdiendo la opinión su carácter privado y dependiente de la religión, la tradición o el poder social, para basarse en el razonamiento. Para este autor la crítica lucha contra el absolutismo pero, a la vez, propone un orden conservador, ya que establece prácticas y normas a seguir para poder realizarla porque “revisa y ajusta fenómenos concretos a su implacable modelo de discurso”; es decir que deja de basarse en argumentos teológicos pero, al mismo tiempo, intenta establecerse como algo dado, con reglas fijas que deben seguirse al pie de la letra.
Podríamos preguntarnos: ¿qué es una crítica y quién puede realizarla? Etimológicamente, “crítico” significa “el que juzga/examina” y la crítica es un texto que describe, analiza y evalúa un producto cultural en términos lo más objetivos posibles, basados en algún conocimiento formal. Pero, ¿realmente existe la objetividad? ¿no influye en nuestra opinión tanto el gusto personal como la preparación, el habitus, el capital cultural, el contexto socio-económico, las emociones, entre tantas otras cosas?
A partir del siglo XX la crítica se vuelve una mediadora entre la obra y el público pero, ¿cuál es su función? ¿darle sentido al producto cultural, analizarlo, explicarlo?
Frente a estas preguntas, Irazábal (2005)[2] plantea la existencia de dos tipos de críticas: la moderna y la postmoderna. La primera es aquella que intenta presentar una verdad absoluta e irrebatible sobre un texto y brinda argumentos sólidos que explican esa posición asignando, a su vez, una valorización específica con números o algún otro motivo (estrellas, dedos, letras), de manera que el lector no tenga la necesidad de interpretar nada por sí solo. Sobre esto, Danto (2005)[3] advierte que “uno debe aportar razones para justificar que algo es bueno o malo” ya que la principal función de la crítica moderna es la pedagógica.
La crítica postmoderna, por otra parte, se encarga de manifestar la duda, de hacer preguntas que abran el debate o propongan nuevas interpretaciones e interrogantes: busca todo el tiempo “posibilidades de sentidos diversos”. Este segundo tipo, además, evidencia la búsqueda y el proceso que atravesó el propio crítico para acceder al producto que analiza, es decir, todo aquello que intervino en la consolidación de su opinión o los caminos que lo llevaron a sus apreciaciones (y donde me siento más cómoda a la hora de escribir).
En líneas generales, el crítico profesional se vuelve un portavoz del público, aunque sus ideas no sean excepcionales: todos tenemos la capacidad de ser críticos, incluso los estudiantes o los simples espectadores. Quién me va a venir a decir a mí que no puedo opinar con la de horas que le invierto a mis lecturas o series. El mismo Eagleton señala que “no hay nada más absurdo que, cuando un hombre quiere establecerse como crítico, carezca de un buen entendimiento de todas las ramas del saber”. Para Casas Moliner (2006)[4], el crítico cumple el papel de “descubridor de nuevos valores”, es decir que debe “anunciar, prever o apoyar nuevas tendencias” sabiendo un poco de todo gracias a su interés, su inquietud y su curiosidad.
Ahora mismo estamos atravesando el momento de la pos crítica, que está relacionado con las nuevas tecnologías y formas de expresión. Escroleamos entre la “crítica snack” que circula por la web, o sea, fragmentos de opiniones, discusiones entre fans en páginas, revistas virtuales, foros, etc. Los fans y yo, los profesionales y yo, todos bajo el mismo rótulo de “críticos” porque nuestras voces se ven igualadas. Sin embargo, ¿pueden todos esos comentarios valorativos ser considerados críticas? Para responder a esta pregunta, Aprea (2005)[5] analiza los metadiscursos sobre juegos electrónicos y establece que depende del grado de formalización e institucionalización de los comentarios, es decir: las firmas, la regularidad de aparición, la especialización. Por otra parte, todas estas expresiones promueven la ficcionalización del contacto, como establece Duek (2014)[6]. Para Barreiros, no obstante, “la cuestión para los críticos será producir buena escritura, argumentar, describir e interpretar, hacer hablar a la obra y, quizás, tomar partido”.
Eagleton plantea la hipótesis de que la crítica carece de toda función social sustantiva, es decir, que no sirve de nada porque las personas ya no necesitan la guía del crítico experimentado. Por otra parte, Casas Moliner destaca la “libre circulación de información por la red y los foros de opinión” como un factor determinante de esta deslegitimación ya que se abrieron nuevos canales expresivos y la opinión se ha democratizado perceptiblemente. De todas formas, considero que hoy más que nunca necesitamos de la opinión distinguida que nos conduzca por el buen camino del entretenimiento y del placer (aunque no digo ni por asomo que la mía sea la más indicada). Tenemos acceso ilimitado a los productos culturales y no nos alcanzaría la vida para consumirlo todo, ¿qué mejor que una buena crítica para elegir qué consumir? O, por el contrario, ¡una mala para descartar!
¡Bienvenidas y bienvenidos a Vagamundos!
María Dorrego
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Referencias:
[1] Eagleton, T. (1999) Prefacio. La función de la crítica. Ediciones Paidós Ibérica, Buenos Aires-Barcelona.
[2] Irazábal, F. (2005) La incerteza como principio constructivo. Cuadernos de Picadero.
[3] Danto, A. (2005) La crítica de arte moderna y posmoderna. Artes, La Revista.
[4] Casas Moliner, Q. (2006) Evolución y función de la crítica de cine. En Análisis y crítica audiovisual. Editorial UOC, Barcelona.
[5] Aprea, G. (2005) ¿Existe una crítica sobre Internet? En AAS. Actas del VI Congreso de la Asociación Argentina de Semiótica.
[6] Duek, C. (2014) Violetta: ganancias sin apuestas. Cinco pistas sobre por qué ya nada puede sorprendernos. En Revista Anfibia.
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