Título: El guardián entre el centeno (2014)
Título original: The Catcher in the Rye (1945)
Título original: The Catcher in the Rye (1945)
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa (2009)
276 p. ; 22,5 x 14 cm.
Te vas a reír, pero una vez soñé que leía un libro. Hacía meses que no podía concentrarme en ninguna lectura, en que ningún título me seducía como antes, en que las palabras ajenas me ahuyentaban. Y fui a soñar con un libro en particular que, hasta ese momento, me había interesado poco y nada. El guardián entre el centeno. The catcher in the rye. ¿Qué hubiera hecho cualquier persona en mi lugar? Agarré plata y fui a buscarlo a la librería más cercana. Doscientos ochenta pesos después –¡qué económico!– empecé a leerlo con desesperación, esperando que contuviera algún tipo de respuesta a las preguntas que me torturan desde el fondo de mi inconsciente. Quizás tenga algo más para mí, aunque todavía no sepa qué.
Creo que es difícil hacer una crítica sobre un libro tan conocido y tan viejo, del que probablemente se haya hablado hasta el cansancio. Pero acá voy, por supuesto que no me voy a guardar mi opinión. Caufield estaría orgulloso de mí, aunque quizás creería que soy una falsa intelectual o una chica muy aburrida que se arregla demasiado. Maldito machista.
El guardián entre el centeno es la historia de un adolescente, Holden Caufield, a quien echan de su colegio y debe volver a casa pero, como no quiere disgustar a sus padres –sobre todo porque siguen en duelo por la muerte de su hermano y, además, ni siquiera es la primera vez que lo expulsan–, decide tomarse unos días libres antes de aparecer. La novela es la descripción casi minuto a minuto de ese párate en su vida: desde los viajes en taxis hasta su hospedaje en hoteles o visitas a bares o cines con conocidos de otros colegios o ex novias. De hecho la chica por la que parece mostrar verdadero aprecio y de la que suele hablar, Jane, nunca aparece más que en sus recuerdos. Es bastante triste.
El libro es interesante al principio y se vuelve un poco aburrido por el medio, pero vale la pena seguir porque a medida que se acerca el final, Holden se pone un poco más profundo o, tal vez, los personajes comienzan a hablarle desde otro lugar y él por fin empieza a escuchar –incluso si finge que no–. Pasa de conversar con prostitutas o compañeros de escuela a los que todo les importa una mierda a charlar sobre la vida, las pasiones y el porvenir con su hermana o profesores que realmente lo aprecian.
La razón por la cual Holden quiere ser el guardián entre el centeno es que le caen bien los niños, quizás porque no están inundados de falsedad e hipocresía como los adultos –de los cuales quiere alejarse a toda costa–. Por algo solo quiere de verdad a sus hermanos, uno de los cuales está muerto y su recuerdo, por lo tanto, inmortalizado en la niñez. Su hermana Phoebe pareciera ser su único punto débil, a quien le habla con total sinceridad. Ella es probablemente la única que no despierta un comentario irónico por su parte. A Phoebe le habla con naturalidad, sin prejuicios ni malas intenciones; por ejemplo cuando ella le pregunta qué quiere ser y él se imagina como un guardián, alguien que se encarga de que los niños no se lastimen al jugar en un centeno que está al borde de un precipicio, tal vez como metáfora de la vida. Uno cree que está a salvo y en realidad detrás de todo el campo de centeno no hay más que vacío.
En algún punto, me sentí identificada con Holden. La realidad puede llegar a ser tan decepcionante que cuando uno intenta mirar hacia el futuro y se pregunta qué quiere o puede ser, la respuesta necesariamente se convierte en algo irreal. Él quiere ser un guardián entre el centeno. Yo quiero escribir y escribir y escribir, pero si nadie jamás me lee, estaría bien –quiero decir, sería aceptable–. No queremos formar parte del mundo común, de lo que se espera de uno, de horarios de oficina, entradas y salidas. En fin, no sabemos qué esperar.
Holden es un niño también, al fin y al cabo. No tiene que trabajar, su familia tiene plata, lo echan de las escuelas por vago, no por idiota. Su crisis es intelectual pero porque no tiene carencias verdaderas, más que aquella que le atormenta el alma y lo aburre hasta el cansancio. No sabe qué hacer, nada lo entretiene, nada le llega de verdad. Y lo peor es que esa sensación de lejanía, de ausencia, no se va con la adultez. En todo caso empeora. Te lo digo yo y miles de personas más, ayer y ahora. Su familia y sus profesores se preocupan por él porque ven cierto potencial, cierto asomo de entusiasmo que el mismo Holden no se permite sentir. Sobre todo el profesor Antolini, a quien Holden visita después que a su hermana Phoebe, que le habla sobre el futuro y la quietud con la que el adolescente enfrenta la vida.
Holden es un niño también, al fin y al cabo. No tiene que trabajar, su familia tiene plata, lo echan de las escuelas por vago, no por idiota. Su crisis es intelectual pero porque no tiene carencias verdaderas, más que aquella que le atormenta el alma y lo aburre hasta el cansancio. No sabe qué hacer, nada lo entretiene, nada le llega de verdad. Y lo peor es que esa sensación de lejanía, de ausencia, no se va con la adultez. En todo caso empeora. Te lo digo yo y miles de personas más, ayer y ahora. Su familia y sus profesores se preocupan por él porque ven cierto potencial, cierto asomo de entusiasmo que el mismo Holden no se permite sentir. Sobre todo el profesor Antolini, a quien Holden visita después que a su hermana Phoebe, que le habla sobre el futuro y la quietud con la que el adolescente enfrenta la vida.
Antolini le dice que ya va a encontrar algo que le apasione, que le llene los ojos de interés; y que no es el primer hombre desencantado con el mundo. Que hay más como él, que debe dejar huella como ellos. De hecho es el único que le habla con puntos y comas, como debe ser; aunque al final parece que siente cosas complicadas por Holden, ya que cuando éste despierta el profesor le está acariciando la cabeza. Es una situación medio rara y Holden sale casi corriendo, en medio de explicaciones sin sentido. Más tarde piensa que, incluso si Antolini era medio pervertido, le había abierto las puertas de su casa y le había dado buenos consejos. Supongo que ciertas cosas van a la balanza.
Por otra parte, Holden es bastante machista con las mujeres y hay un capítulo en que pareciera ser un poco homofóbico, cuando sale a tomar algo con un ex compañero de colegio. También es muy mentiroso y exagera las anécdotas, como cuando se aburre e imagina que le dispararon y sale de los bares agarrándose la panza dramáticamente. Su arrogancia por momentos lo vuelve un personaje insoportable, sobre todo porque está disfrazada de una falsa humildad, por ejemplo cuando se reconoce como un cobarde. De tanto repetirlo me parece otra de sus mentiras.
Mi capítulo favorito es cuando va a visitar a su hermana durante la madrugada y conversan mientras sus padres no están. Hay una intimidad entre ellos que me resulta tan familiar que me llega de una forma diferente. Siempre pienso que la gente que no tiene hermanos o no es unida a ellos está como diez escalones por debajo de la verdadera felicidad. También me gusta cuando piensa en el museo de arte al que iba con la escuela cuando era chico, porque encuentra cierto confort en un lugar que nunca cambia, en el que puede apoyarse porque en sus recuerdos y en la realidad se ve igual. Holden suele irse por las ramas y va relatando cosas que se acuerda mientras cuenta otras, básicamente termina detallando hechos insólitos. Creo que los momentos en que habla con honestidad son hermosos, fuera de la postura rebelde que intenta mostrar a toda costa.
El libro termina en una especie de situación de ensueño: Phoebe girando sobre un caballo en un carrusel, como representación de la felicidad simple y sin pretensiones. Holden sentado en un banquito, mojándose, resguardándola de todo peligro con su gorra roja de cazador, como un verdadero guardián entre el centeno. Quizás siga perdido un tiempo más o toda la vida, pero al menos ya comprende que hay cosas que valen la pena el esfuerzo y el riesgo, ya sea seguir viviendo, regresar a viejas costumbres o cuidar de algo mucho más importante que él mismo.
* * *
Muchas veces me imaginé conversando con personas que admiro y no tengo forma de llegar a ellos. La mayor parte está muerta, de todas formas, así que el asunto va más allá de mis posibilidades reales. Salvo que nos adentremos en un terreno más espiritual y no es la idea –aquí y ahora, al menos–. Cuando era chica pasé por una etapa shakespiriana, leía las obras de teatro una y otra vez, convencida de que jamás encontraría algo mejor que lo que ofrecía Shakespeare –después crecí y me aburrió, siempre la misma historia–. Más tarde me obsesioné con músicos, artistas de rock nacional del momento que no solo cantaban bien –supongamos–, sino que además eran atractivos. Cuando salió Twilight –la película, ni siquiera el libro– yo tenía diecisiete años, la edad de Bella Swan; el resto es historia y lo dejo a tu imaginación.
Lo que intento decir, el punto que conecta estos datos anecdóticos, es que de haber podido conocer a alguna de estas personas –o del resto que me niego a recordar o reconocer en este blog, fuera de una conversación privada, cerveza de por medio–, no me imagino hablando de otra cosa que sus carreras o inspiraciones; o tips de belleza, si nos atenemos a los vampiros que brillan al sol. Quiero decir que preguntaría por el libro, la canción o la película, o sea, el producto en sí; el proceso de creación quizás.
J. D. Salinger, a usted le daría las gracias a secas.
Si me lo permitiera, también le daría un abrazo –sin cámaras ni micrófonos, lo prometo–. Claro que la curiosidad y el morbo me empujarían a querer saber sobre El guardián entre el centeno, la Guerra, la familia Glass o sus métodos de escritura. Pero usted llegó a mi vida cuando estaba más perdida que nunca y me puso en el camino correcto otra vez, me devolvió un amor perdido. Usted fue mi Holden Caufield, esa soga a la cual aferrarme, por más lejana o irreal que fuera.
Yo había dejado de escribir y, peor, de leer. La muerte de mi sobrino le había quitado cualquier tipo de anhelo a mi existencia. Pasé un año sin poder acercarme a la biblioteca o a la computadora –las máquinas de escribir ya quedaron obsoletas, señor Salinger– y de pronto soñé con ese libro suyo, aquel que leyó todo el mundo, lo llevó a usted a la fama internacional y lo obligó a recluirse como si publicar hubiera sido su mayor error. Lo compré y lo devoré, me lo tragué en pocos días, convencida de que quizás al final encontraría las respuestas que estaba buscando.
Pero no. En todo caso se generaron más preguntas, con un nivel de confusión todavía peor.
No hubo más que Holden Caufield y su enojo sin sentido una y otra vez. La historia me gustó, sí, pero no me voló la cabeza –¡qué fea esta expresión tan argentina cuando pienso en Seymour Glass!–. Lo que sí logró fue poner en marcha el motor de la mano, que creí oxidado; y el de la vista, que daba por perdido. Señor Salinger, su sueño –o el de Holden, que es lo mismo a esta altura– se hizo realidad: yo iba saltando por un campo de centeno con los ojos cerrados, y cuando estuve demasiado cerca de caer por el precipicio, usted me atrapó. A riesgo de equivocarme, asumo que eso es exactamente lo que busca todo escritor, a pesar de que nos entrenen para creer que la única forma de consagrarse es publicando. Ser reconocido puede ser el camino, sí, pero no siempre la meta.
Ojalá mis cuentos algún día también sirvan para salvar a alguien, aunque sea de sus propios demonios.
María Dorrego




















