martes, 30 de julio de 2019

El guardián entre el centeno

Título: El guardián entre el centeno (2014)
Título original: The Catcher in the Rye (1945)
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa (2009)
276 p. ; 22,5 x 14 cm.


Te vas a reír, pero una vez soñé que leía un libro. Hacía meses que no podía concentrarme en ninguna lectura, en que ningún título me seducía como antes, en que las palabras ajenas me ahuyentaban. Y fui a soñar con un libro en particular que, hasta ese momento, me había interesado poco y nada. El guardián entre el centeno. The catcher in the rye. ¿Qué hubiera hecho cualquier persona en mi lugar? Agarré plata y fui a buscarlo a la librería más cercana. Doscientos ochenta pesos después –¡qué económico!– empecé a leerlo con desesperación, esperando que contuviera algún tipo de respuesta a las preguntas que me torturan desde el fondo de mi inconsciente. Quizás tenga algo más para mí, aunque todavía no sepa qué. 

Creo que es difícil hacer una crítica sobre un libro tan conocido y tan viejo, del que probablemente se haya hablado hasta el cansancio. Pero acá voy, por supuesto que no me voy a guardar mi opinión. Caufield estaría orgulloso de mí, aunque quizás creería que soy una falsa intelectual o una chica muy aburrida que se arregla demasiado. Maldito machista.

El guardián entre el centeno es la historia de un adolescente, Holden Caufield, a quien echan de su colegio y debe volver a casa pero, como no quiere disgustar a sus padres –sobre todo porque siguen en duelo por la muerte de su hermano y, además, ni siquiera es la primera vez que lo expulsan–, decide tomarse unos días libres antes de aparecer. La novela es la descripción casi minuto a minuto de ese párate en su vida: desde los viajes en taxis hasta su hospedaje en hoteles o visitas a bares o cines con conocidos de otros colegios o ex novias. De hecho la chica por la que parece mostrar verdadero aprecio y de la que suele hablar, Jane, nunca aparece más que en sus recuerdos. Es bastante triste.

El libro es interesante al principio y se vuelve un poco aburrido por el medio, pero vale la pena seguir porque a medida que se acerca el final, Holden se pone un poco más profundo o, tal vez, los personajes comienzan a hablarle desde otro lugar y él por fin empieza a escuchar –incluso si finge que no–. Pasa de conversar con prostitutas o compañeros de escuela a los que todo les importa una mierda a charlar sobre la vida, las pasiones y el porvenir con su hermana o profesores que realmente lo aprecian. 

La razón por la cual Holden quiere ser el guardián entre el centeno es que le caen bien los niños, quizás porque no están inundados de falsedad e hipocresía como los adultos –de los cuales quiere alejarse a toda costa–. Por algo solo quiere de verdad a sus hermanos, uno de los cuales está muerto y su recuerdo, por lo tanto, inmortalizado en la niñez. Su hermana Phoebe pareciera ser su único punto débil, a quien le habla con total sinceridad. Ella es probablemente la única que no despierta un comentario irónico por su parte. A Phoebe le habla con naturalidad, sin prejuicios ni malas intenciones; por ejemplo cuando ella le pregunta qué quiere ser y él se imagina como un guardián, alguien que se encarga de que los niños no se lastimen al jugar en un centeno que está al borde de un precipicio, tal vez como metáfora de la vida. Uno cree que está a salvo y en realidad detrás de todo el campo de centeno no hay más que vacío.

En algún punto, me sentí identificada con Holden. La realidad puede llegar a ser tan decepcionante que cuando uno intenta mirar hacia el futuro y se pregunta qué quiere o puede ser, la respuesta necesariamente se convierte en algo irreal. Él quiere ser un guardián entre el centeno. Yo quiero escribir y escribir y escribir, pero si nadie jamás me lee, estaría bien –quiero decir, sería aceptable–. No queremos formar parte del mundo común, de lo que se espera de uno, de horarios de oficina, entradas y salidas. En fin, no sabemos qué esperar.

Holden es un niño también, al fin y al cabo. No tiene que trabajar, su familia tiene plata, lo echan de las escuelas por vago, no por idiota. Su crisis es intelectual pero porque no tiene carencias verdaderas, más que aquella que le atormenta el alma y lo aburre hasta el cansancio. No sabe qué hacer, nada lo entretiene, nada le llega de verdad. Y lo peor es que esa sensación de lejanía, de ausencia, no se va con la adultez. En todo caso empeora. Te lo digo yo y miles de personas más, ayer y ahora. Su familia y sus profesores se preocupan por él porque ven cierto potencial, cierto asomo de entusiasmo que el mismo Holden no se permite sentir. Sobre todo el profesor Antolini, a quien Holden visita después que a su hermana Phoebe, que le habla sobre el futuro y la quietud con la que el adolescente enfrenta la vida.

Antolini le dice que ya va a encontrar algo que le apasione, que le llene los ojos de interés; y que no es el primer hombre desencantado con el mundo. Que hay más como él, que debe dejar huella como ellos. De hecho es el único que le habla con puntos y comas, como debe ser; aunque al final parece que siente cosas complicadas por Holden, ya que cuando éste despierta el profesor le está acariciando la cabeza. Es una situación medio rara y Holden sale casi corriendo, en medio de explicaciones sin sentido. Más tarde piensa que, incluso si Antolini era medio pervertido, le había abierto las puertas de su casa y le había dado buenos consejos. Supongo que ciertas cosas van a la balanza.

Por otra parte, Holden es bastante machista con las mujeres y hay un capítulo en que pareciera ser un poco homofóbico, cuando sale a tomar algo con un ex compañero de colegio. También es muy mentiroso y exagera las anécdotas, como cuando se aburre e imagina que le dispararon y sale de los bares agarrándose la panza dramáticamente. Su arrogancia por momentos lo vuelve un personaje insoportable, sobre todo porque está disfrazada de una falsa humildad, por ejemplo cuando se reconoce como un cobarde. De tanto repetirlo me parece otra de sus mentiras.

Mi capítulo favorito es cuando va a visitar a su hermana durante la madrugada y conversan mientras sus padres no están. Hay una intimidad entre ellos que me resulta tan familiar que me llega de una forma diferente. Siempre pienso que la gente que no tiene hermanos o no es unida a ellos está como diez escalones por debajo de la verdadera felicidad. También me gusta cuando piensa en el museo de arte al que iba con la escuela cuando era chico, porque encuentra cierto confort en un lugar que nunca cambia, en el que puede apoyarse porque en sus recuerdos y en la realidad se ve igual. Holden suele irse por las ramas y va relatando cosas que se acuerda mientras cuenta otras, básicamente termina detallando hechos insólitos. Creo que los momentos en que habla con honestidad son hermosos, fuera de la postura rebelde que intenta mostrar a toda costa.

El libro termina en una especie de situación de ensueño: Phoebe girando sobre un caballo en un carrusel, como representación de la felicidad simple y sin pretensiones. Holden sentado en un banquito, mojándose, resguardándola de todo peligro con su gorra roja de cazador, como un verdadero guardián entre el centeno. Quizás siga perdido un tiempo más o toda la vida, pero al menos ya comprende que hay cosas que valen la pena el esfuerzo y el riesgo, ya sea seguir viviendo, regresar a viejas costumbres o cuidar de algo mucho más importante que él mismo. 


*   *   *


Muchas veces me imaginé conversando con personas que admiro y no tengo forma de llegar a ellos. La mayor parte está muerta, de todas formas, así que el asunto va más allá de mis posibilidades reales. Salvo que nos adentremos en un terreno más espiritual y no es la idea –aquí y ahora, al menos–. Cuando era chica pasé por una etapa shakespiriana, leía las obras de teatro una y otra vez, convencida de que jamás encontraría algo mejor que lo que ofrecía Shakespeare –después crecí y me aburrió, siempre la misma historia–. Más tarde me obsesioné con músicos, artistas de rock nacional del momento que no solo cantaban bien –supongamos–, sino que además eran atractivos. Cuando salió Twilight –la película, ni siquiera el libro– yo tenía diecisiete años, la edad de Bella Swan; el resto es historia y lo dejo a tu imaginación. 

Lo que intento decir, el punto que conecta estos datos anecdóticos, es que de haber podido conocer a alguna de estas personas –o del resto que me niego a recordar o reconocer en este blog, fuera de una conversación privada, cerveza de por medio–, no me imagino hablando de otra cosa que sus carreras o inspiraciones; o tips de belleza, si nos atenemos a los vampiros que brillan al sol. Quiero decir que preguntaría por el libro, la canción o la película, o sea, el producto en sí; el proceso de creación quizás.

J. D. Salinger, a usted le daría las gracias a secas. 

Si me lo permitiera, también le daría un abrazo –sin cámaras ni micrófonos, lo prometo–. Claro que la curiosidad y el morbo me empujarían a querer saber sobre El guardián entre el centeno, la Guerra, la familia Glass o sus métodos de escritura. Pero usted llegó a mi vida cuando estaba más perdida que nunca y me puso en el camino correcto otra vez, me devolvió un amor perdido. Usted fue mi Holden Caufield, esa soga a la cual aferrarme, por más lejana o irreal que fuera. 

Yo había dejado de escribir y, peor, de leer. La muerte de mi sobrino le había quitado cualquier tipo de anhelo a mi existencia. Pasé un año sin poder acercarme a la biblioteca o a la computadora –las máquinas de escribir ya quedaron obsoletas, señor Salinger– y de pronto soñé con ese libro suyo, aquel que leyó todo el mundo, lo llevó a usted a la fama internacional y lo obligó a recluirse como si publicar hubiera sido su mayor error. Lo compré y lo devoré, me lo tragué en pocos días, convencida de que quizás al final encontraría las respuestas que estaba buscando.

Pero no. En todo caso se generaron más preguntas, con un nivel de confusión todavía peor. 

No hubo más que Holden Caufield y su enojo sin sentido una y otra vez. La historia me gustó, sí, pero no me voló la cabeza –¡qué fea esta expresión tan argentina cuando pienso en Seymour Glass!–. Lo que sí logró fue poner en marcha el motor de la mano, que creí oxidado; y el de la vista, que daba por perdido. Señor Salinger, su sueño –o el de Holden, que es lo mismo a esta altura– se hizo realidad: yo iba saltando por un campo de centeno con los ojos cerrados, y cuando estuve demasiado cerca de caer por el precipicio, usted me atrapó. A riesgo de equivocarme, asumo que eso es exactamente lo que busca todo escritor, a pesar de que nos entrenen para creer que la única forma de consagrarse es publicando. Ser reconocido puede ser el camino, sí, pero no siempre la meta. 

Ojalá mis cuentos algún día también sirvan para salvar a alguien, aunque sea de sus propios demonios. 


María Dorrego



lunes, 29 de julio de 2019

El retrato de Dorian Gray


Título: El retrato de Dorian Gray (1970)
Título original: The picture of Dorian Gray (1891)
Autor: Oscar Wilde
Editorial: Salvat
204 p. ; 18,5 x 13 cm.


Qué osadía representó para mí ponerme a leer un libro que, cuando nací, ya llevaba publicado exactamente un siglo. Llegó a interesarme su contenido gracias a un amigo que me lo menciona constantemente durante nuestras charlas. Él –mi amigo– es una persona que se instruye constantemente en el arte del saber, una mezcla perfecta entre Henry y Basilio: realiza exposiciones ingeniosas sobre su apreciación de quienes lo rodean y de la vida, a veces con demasiado cinismo; pero sé que en el fondo esconde un romanticismo inusitado y el encanto propio del artista, que reserva para sí mismo el disfrute de las pequeñas gracias que le ofrece el mundo.

Hacía mucho que no me aventuraba con una novela, más bien vengo dedicándole mi tiempo a los cuentos –¡cuentista se hace, che! de algún lado hay que sacar robar ideas– y siento que perdí, irremediablemente, la concentración que alcanzaba antes a la hora de sentarme a esperar el amanecer con un libro entre las manos. El retrato de Dorian Gray me acompañó durante muchísimas noches desde que me mudé sola y me apena decir que gracias a él concilié el sueño más rápido de lo esperable en una casa silenciosa, desierta y desconocida.

Tiene un comienzo bastante lento hasta que empieza la parte fantástica que involucra al cuadro y sus misterios. Después, cuando Dorian se debate el rumbo que tomó su vida y recapitula sus perversidades, la lectura se pone algo densa. Pero esa última página hace que todo valga la pena. Realmente no imaginé que fuera a terminar así. Wilde no lo describe y, de todas formas, ahí está: a la vista, palpable, perceptible con todos los sentidos. Como lectores, cerramos los ojos y vemos a Dorian caer al suelo como una cáscara vacía, quizás lentamente, como la cabeza que rueda hacia el cesto a causa de la destreza de un verdugo experimentado.

Más allá de la historia que da sentido a la novela –la correspondencia entre los caprichos del universo y el deseo de un adolescente desesperado por conservar su belleza y su juventud–, los personajes me parecieron extraordinarios y sus diálogos una locura total. Por momentos me costó seguir el hilo de las conversaciones. Muy probablemente se deba a que no soy una aristócrata discutiendo con duquesas en una mesa llena de personas que no se vistieron solas en su vida, ni tampoco dispongo del tiempo o los recursos para pasarme las noches en el teatro o el club, debatiendo sobre la eternidad o la inmoralidad de los actos. Bueno, participo de la tertulia de Cantamañanas con regularidad, pero nosotros somos una parte muy chiquita del engranaje que hace mover al mundo con el sudor de nuestras manos. Con todo, nosotros también pensamos que hoy día, de un corazón desgarrado se tiran muchas ediciones.

Me pregunto cómo sería la historia de Dorian situada en el glorioso siglo XXI. ¿Hubiera sufrido el mismo destino después de pronunciarse a favor de los likes en las redes sociales? ¿hasta dónde habría llegado por ganar seguidores? ¿sería Dorian Gray un influencer? Solo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen, dice Wilde en boca de Henry. ¿Será cierto? ¿no lo sé yo también, Mery, que me dedico a la misma tarea ególatra de andar dejando registro de lo que pienso?

Pasé por varias etapas con Dorian Gray. Al principio me molestó la debilidad de su carácter, la facilidad que encontró Henry para corromper su personalidad. Sobre todo teniendo al alcance el amor –disfrazado de amistad– de un hombre tan lleno de buenas intenciones como Basilio. Tal vez el pintor contaba con su propia cuota de egoísmo –¿cuándo no lo es el amor?–, pero realmente se preocupaba por Dorian y quería lo mejor para él, incluso si en el proceso su vínculo se diluía. Qué idea más perversa del romanticismo: doblegarse con tal de conservar al objeto de adoración. Y que después, encima de todo, esa misma persona te clave el puñal en la garganta. Literal.  

No me voy a poner a analizar la obra ideológicamente porque se extendería demasiado. Diré, sin embargo, que no me gustó mucho la caracterización de las mujeres o de toda persona ajena a la aristocracia a lo largo de los capítulos. Sibila Vane, en su idealización del amor, sacrifica su pasión por el arte de la actuación y, finalmente, su función más primitiva: la autopreservación. El resto de los personajes femeninos que aparecen resultan ser demasiado frívolos para tomarlos en serio o se los describe a partir de las valoraciones de Henry –que dejan mucho que desear– o Dorian, ya en un estado de perversión total. Las mujeres están mejor constituidas que los hombres para soportar penas. Viven de sus emociones. No piensan más que en estas. Cuando eligen amantes, es sencillamente para tener a alguien a quien poder armar escándalos, señala Henry durante uno de sus soliloquios. ¿Really? No sé si voy a poder seguir tipeando, con la de emociones que estoy sintiendo ahora mismo.

En otros momentos también se sugiere que las mujeres no tenemos ningún sentido del arte, que somos caprichosas y artificiales y que nos gusta ser dominadas. No me iba a extender en este punto, pero me superó a medida que trataba de dejarlo atrás o restarle importancia. Y sí, Wilde, te armaría tremendo escándalo si nos cruzáramos por la calle. Por otra parte, en reiterados pasajes se sugiere que la clase baja es incapaz de apreciar o disfrutar cualquier forma de belleza o expresión artística, porque la única verdadera inclinación es hacia el crimen, como un método para procurarse sensaciones extraordinarias.   

Por fuera de estas observaciones, y tomando las distancias comprensibles por una cuestión de época y estilo, la lectura se hace llevadera y es bastante disfrutable cuando no ofende a los lectores con su dedito señalador. Los debates filosóficos que se desatan en torno al paso del tiempo, la forma de enfrentar las vicisitudes de la vida o, a grandes rasgos, la catalogación de los actos como morales o inmorales son simplemente maravillosos. No sé si volvería a leer El retrato de Dorian Gray, pero definitivamente lo recomendaría.

¿Vos qué harías, en el supuesto caso de que pudieras colaborar en el guion de tu destino? ¿renunciarías a la oportunidad de permanecer siempre joven, por muy fantástica que esta oportunidad pudiera ser o por funestas que fueran las consecuencias que pudiera ella acarrear? Dorian Gray se hizo esta misma pregunta. Unas décadas después subió al cuartito cerrado con llave, se enfrentó a su alma corrompida y le –se– clavó un cuchillo en el corazón, arruinando un perfecto traje de etiqueta y devolviéndole el esplendor a su maravilloso retrato.



María Dorrego

domingo, 28 de julio de 2019

Angel-A


En psicoterapia hay un método de entrevista llamado la pregunta paradójica. Consiste en plantear al paciente situaciones paradójicas de sí mismo que lleven al extremo los pensamientos irracionales que este mantiene.

La intención es demostrar el absurdo al que llegamos al pensar que nadie nos va a querer, que no merecemos lo que tenemos o que no somos dignos de la atención de otros (o de uno mismo).

De eso trata esta película.

Angel-A es una película del director Luc-Beson, protagonizada por Jamel Debbouze, actor francés de origen marroquí, y por Rie Rasmussen, modelo, actriz, escritora y fotógrafa danesa. Nos narra en clave de humor la trágica historia de André, un empresario endeudado con cada hampón de los bajos mundos parisinos; quien al llegar a lo profundo de su depresión, decide suicidarse saltando del puente Alejandro Iii, en París. En su intento de morir bajo el caudal del río Sena conoce a Angela, una mujer que al tirarse antes que él desata una cadena de acciones que llevarán a André hacia la redención y al descubrimiento de sí mismo.

Angela, como personaje, engloba diferentes arquetipos en uno solo. Nos deja boquiabiertos desde su primera escena, no sólo por la belleza despampanante y carisma de Rie Rasmussen, sino por su disruptiva personalidad y sus desmesurados métodos para acompañar a André hacia su florecimiento.

A través de sus acciones y su sincera forma de ver el mundo, Angela le va enseñando a André el poco valor que tienen los problemas que hasta ahora ha tenido y como estos eran solo síntomas de un mal mucho mayor. Burlándose de sus problemas y de aquellos a quienes André tanto temió, le demuestra que sus malas decisiones y sus conflictos no provienen de la mala suerte o de la innata inutilidad que él se atribuye, sino de su baja autoestima y de su sentimiento de insignificancia.

En esencia, esta comedia negra es una excelente composición de risas y lágrimas. Logra captar desde el primer momento la atención del espectador y lo endulza con excelentes diálogos y una espectacular fotografía.

Recomendada para ver en compañía de tus malos momentos.


Kevin Abdala

viernes, 26 de julio de 2019

Al mundo no le importa si vos llorás

Título: Al mundo no le importa si vos llorás (1era Ed. 2014 - 2da Ed. 2019)
Autor: Cristian Walter
Editorial: Cantamañanas
118 p.; 23 x 14 cm.



Recomendaciones preliminares:
-       este libro es un gran compañero de viaje, se adapta a los medios de transporte como un vendedor de golosinas.
-       hay spoilers en cada línea de mi crítica, así que no me digan que no les advertí. 



Personajes que se cruzan o se reencuentran en el colectivo o el subte; en el centro de la ciudad pero también en el conurbano, esquivando bares y vendedores ambulantes; venciendo la noche, las frustraciones del trabajo y la carrera universitaria. Un libro sin tiempo que nos interpela con una verdad universal que nos corre desde que caemos, indefensos, en la frialdad de este mundo: al mundo no le importa si vos llorás.


Recientemente se volvió a editar Al mundo no le importa si vos llorás, de Cristian Walter, después de que la primera tirada, de 2014, se agotara. Se trata de un libro de doce cuentos que van agarraditos de la mano para cruzar la calle y parar el tránsito. Y si en la frenada alguien se pega un palo, qué se le va a hacer, che.
 
Desde el título sabemos, como lectores y seres humanos, que hay mucha cosa cierta en tremenda declaración. Cuántas veces nos habremos topado con la indiferencia de los demás, con esa cara de nada que recibimos después de entregar nuestros corazones o, peor, ser los de la cara vacía. Inexpresivos ante la dicha o la congoja. Así andamos vagando por la vida, ajenos al dolor del pobre tipo que camina al lado. ¿Realmente está tan mal?, me pregunto después de terminar de leer el libro por segunda vez, en esta reedición que cuenta con unas correcciones acertadísimas por parte de Walter, que colaboran en cerrar las ideas y darle una forma más cruda –¡todavía más!- a sus historias.

¿Cómo podríamos sentir compasión o empatía por los demás cuando la mayoría de las veces no la sentimos por nosotros mismos? Tal vez se trate de enamorarse primero de los sueños propios, de bancar el cuerpo, de aprender a vivir con los pensamientos y que se acomode el alma, antes de poder preocuparse por los motivos de los otros. Antes de que pueda importarnos si vos llorás o por qué lo hacés.

En “El camino de regreso” se fusiona la vida de dos personajes que viven en tiempos y espacios diferentes, opuestos, y que sin embargo se conectan por las ausencias que los definen. Los dos fueron arrancados de raíz de la vida que esperaban y se encuentran, creo yo, en la búsqueda de algo más. Quién no.

“Temporal”, por otra parte, presenta un fenómeno que siempre me divierte destacar de los artistas y, particularmente, de la literatura –que no por nada es mi forma favorita de expresión-: a los melancólicos nos gusta demasiado buscar la correspondencia entre nuestros sentimientos y el clima. Para nosotros, si llueve es porque estamos tristes y nunca al revés. En este cuento la pasajera anónima de un colectivo –que no lleva nombre porque, a la vez, ella somos todos- se mete cada vez más profundo en un mundo paralelo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños, donde reinan los recuerdos y el anhelo de caricias y besos lejanos. ¿Quién no se refugió en sus pensamientos para escapar de los apretujones del colectivo un día de tormenta? Ahí se crean dos universos que avanzan juntos pero no pueden tocarse jamás: lo que pasa en el colectivo y lo que pasa en la cabeza. Si los pensadores de antaño se levantaran de sus tumbas, seguramente se irían a filosofar a un medio de transporte un día de lluvia. No me caben dudas.

El cuento que lleva el nombre del libro es uno de los que más me llega. Probablemente tenga que ver con que pienso que es autorreferencial -¿no lo es toda la literatura, sin embargo?-. Cuando lo leo, veo al autor. Lo escucho, me muerdo los labios y pienso “sos un boludo”, cuando calcula cuánta leche llegará a ponerle al café. Me divierte. También me identifico. A lo largo de la obra hay una resistencia declarada a formar parte de un sistema laboral opresor, enterrado debajo de muchísimos trajes y corbatas en el fondo de una oficina. Coincido. A través de cada línea sentimos el hastío, eso de no saber bien por qué se hace lo que se hace. Convertirse lentamente en un zombi que negocia con su despertador cada mañana. ¿Para esto vinimos al mundo? ¡Ah, pero si al mundo no le importa nada! ¡Casi me olvidaba!

“Ciento diez” nos devuelve al escenario del colectivo, pero esta vez como antesala a un encuentro truncado. Pienso que la joyita de este relato es el narrador, que tira al piso la fantasía de la seducción y levanta la del autor: nos reclama, quiero decir, nos señala y nos recuerda que todos andamos por la vida creándole historias a los demás, para justificar o criticar su accionar según nuestro criterio mezquino. Sin nuestra mirada, plasmada en ese pasajero chusma, en el ciento diez no pasó nada.  

“Homicidio agravado por el vínculo” nos presenta una situación casi absurda, un capítulo de La ley y el orden en los cuentos de mamá oca. Un sinsentido o una obra maestra, nada de intermedios. Dos hermanos enfrentados y la posterior muerte de uno de ellos. Hasta acá, quemadísimo desde la Biblia y Shakespeare. Pero, entonces, aparece un par de botas y decimos “no puede ser”. ¡Y es!

Inmediatamente después, con ese tono jocoso y la sensación del absurdo todavía rondando la cabeza, aparece “Elena” y nos dispara a quemarropa. Relata la vida miserable de una mujer sometida completamente por un sistema patriarcal y de abuso extremo, en donde por momentos cuesta continuar la lectura. Hay que tener coraje para escribir este tipo de cosas. A veces lo único que nos queda es ese consuelo mezcla de estafa y resignación de imaginar la justicia real y conformarnos con la justicia poética.

Después, para poner paños fríos al horror, empieza “El regalo”, donde otra vez encontramos una dupla: una niña y una anciana que comparten un secreto, una situación de ensueño que los menos fantasiosos podrían catalogar de demencial. Cierto nivel de inocencia puede alcanzarse únicamente al principio o al final de la vida, cuando se desconoce el mundo o se vio demasiado.

“Voyeur” es un cuento sumamente erótico que retrata con una vuelta de tuerca la emoción del ritual que se desarrolla durante un recital. En síntesis, la comunión entre el artista y su público descripta como un “profundo orgasmo musical”.

Al continuar con la lectura, me pregunto qué ausencia será la que conduce al protagonista de “El baño” una y otra vez a encontrarse consigo mismo en ese espacio tan reducido entre el inodoro y la bañera, para buscar el coraje de seguir adelante con una idea que parece ser la única salida que le queda. En el teléfono que suena se percibe una especie de esperanza -¿o reacción mecánica, fruto de los años de vivir subyugado por la sociedad y la tecnología?- que me recordó al capítulo de Crónicas marcianas en que un hombre que se cree el último del planeta escucha un teléfono y se desespera por responder la llamada. Me quedo con muchas dudas y una única certeza: en cualquier contienda que uno enfrente, lo más importante es la determinación.

La última sección del libro se titula Quereme así y contiene tres cuentos que, de alguna forma, remiten a una situación que podríamos llamar romántica. En “Esas manos”, que no por nada es el texto más extenso, un hombre recorre los momentos decisivos de su vida, mientras se despide de la única persona que supo hacerlo feliz. Sentimos con él la asfixia de seguir viviendo, la pérdida y la negación. Me resultó bastante duro de leer, hay mucha tristeza en cada recuerdo y el peso de las decisiones –las erradas y las tardías- amenaza con arrancar de raíz las lágrimas contenidas. 

“te voy a extrañar” es, sin dudas, mi favorito del libro. Cualquiera puede identificarse con el conflicto de identidad que atraviesa el protagonista, aunque no haya pasado por algo tan extremo. ¿Cuántas veces querríamos dejarnos una notita con semejante leyenda justo antes de cometer algún acto contrario a nuestros más profundos deseos? ¡Maravilloso! No cuento más porque me gusta demasiado y creo que todos deberían leerlo y descubrir, como lo hice yo, lo indecible. 

Finalmente, “La perfección del amor” cierra la obra con un broche de canibalismo que me encantó. Representa la culminación de un sentimiento, sacrificarlo todo con tal de fundirse con el ser querido. El amor al que nos acostumbramos es así de egoísta y posesivo. Deberíamos querernos más a nosotros mismos y recién ahí meter a alguien más en la ecuación, ¿no?

Creo que este no es un libro desesperanzador, como podría sugerir en un principio el título. Conociendo a Walter, puede que se trate más de un artilugio de distracción. Te dice “andá por ahí”, para que no veas venir el machetazo por el otro costado. Con tal de noquearte, haría y diría cualquier cosa este tipo. Los pesimistas crónicos son así.

Estos cuentos te empujan a darte cuenta de que estás solo en ese baño, en ese bar, en esa isla, en la vida misma; para que puedas ver que depende únicamente de vos reconstruirte, armarte con lo que haya a mano –lo que dejaron los demás antes de rajarse o evaporarse- y salir a bancar los trapos. En ese contexto, el mundo se convierte en un espectador del coliseo que disfruta de ver cómo te corren los leones. ¡La recompensa es sobrevivir, amigue! Así de simple.

En el proceso, eso sí, no te olvides de ir pispiando a ver si algún otro par de brazos quiere ayudarte a mantenerte en pie. Solo por si acaso. Pero esa será otra historia, otro libro. Acá todo depende de uno mismo, de saberse frágil –como diría Walter-, reconocerse volátil, pasajero, pronto a desaparecer sin dejar rastros. Pero con la fuerza necesaria para resistir y seguir aguantando. Ahí es donde aparece cada personaje para proponer un camino que recorrer. Al mundo no le importa si vos llorás y lo sabés antes de empezar a leer este libro. Obvio, no es ninguna novedad. Al finalizarlo, sin embargo, me quedo con la convicción de que eso no debería afectarnos tanto, mientras tengamos en claro que las lágrimas riegan y de ahí -siempre- algo florece.  



María Dorrego

lunes, 22 de julio de 2019

Pájaros en la boca


Título: Pájaros en la boca (2009)
Autora: Samanta Schweblin
Editorial: Literatura Random House
144 p. ; 23 x 14 cm.



Pájaros en la boca ya se tradujo a trece idiomas y se editó en más de veinte países. En internet dan vueltas, además, varias adaptaciones audiovisuales de sus cuentos. Schweblin ganó premios nacionales e internacionales que le otorgaron becas y reconocimiento como escritora latinoamericana y fue elegida, entre otras cosas, como una de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años.

El libro presenta personajes siniestros y misteriosos, pero también intensos y pasionales; paisajes que remiten al propio entorno y situaciones sacadas de la galera, aunque relatadas con la misma frialdad y claridad que si se hablara del clima con un desconocido. En el fondo se esconden las respuestas a preguntas no formuladas y los miedos más arraigados del ser humano. Además de Pájaros en la boca, la autora argentina escribió otros dos libros de cuentos: El núcleo del disturbio (2002) y Siete casas vacías (2015). Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018), por otra parte, son sus respectivas novelas.

[alerta de spoilers]

Con Schweblin hay que concentrarse y prestar atención a los detalles, a las metáforas que toman significado hacia el final de sus historias, y dedicarle unos minutos de análisis a cada cuento después de terminarlo. Pájaros en la boca no es una lectura recomendada para distraídos. Trata temas como la fatalidad, la fascinación por lo desconocido, la otredad, la soledad, las dificultades de comprender a los demás, la familia, las idealizaciones. En pocas palabras, rompe con la idea de la normalidad y propone una realidad perturbadora que se presenta como verosímil y maravillosamente atractiva en cada relato.

“¡Dios santo, Silvia, tu hija come pájaros!”, exclama el narrador del cuento que da nombre al libro y que encarna a un padre enfrentado a la situación imposible de intentar comprender y aceptar que su hija, de la nada, empieza a alimentarse de pájaros vivos. Este hecho, sin embargo, no es lo que desconcierta al lector, sino el desconocimiento que siente el padre, que no tiene el coraje de deshacerse de la joven como lo hace su madre, pero tampoco quiere involucrarse demasiado. Hay otros cuentos que remiten al control paterno, al terror que se siente ante la inminente pérdida del hijo. Tal es el caso de “Mariposas”, que muestra de una manera muy simple e impactante cómo un hombre atrapa una mariposa entre sus manos y la hiere sin querer hasta matarla.  

Pájaros en la boca está compuesto por quince cuentos que comparten la tensión como trasfondo, formas y personajes engañosos, peligros cercanos y sorpresivos. Son narraciones secas, frías, duras. “Irman” presenta el enanismo de un hombre como algo más alarmante que el cuerpo sin vida de una mujer. En el cuento, dos jóvenes hacen una parada en un restaurante cerca de la ruta para comer y se encuentran con Irman, quien les pide ayuda para abrir la heladera y sacar agua porque debido a su baja estatura no puede hacerlo por sí mismo. El problema principal para este curioso personaje es que las tareas que requieren de altura por lo general son realizadas por su esposa, quien ahora yace en el suelo de la cocina probablemente muerta. Con este primer acercamiento puede apreciarse el tono de la obra: lo ridículo y lo extraño es regla. Quizás pueda reconocerse en estos cuentos la influencia de autores como Julio Cortázar o Franz Kafka, quienes constituyen un referente para Schweblin por sus relatos llenos de personajes que, frente a situaciones fantásticas, actúan con una aparente normalidad.

Además de la extrañeza, también hay elementos mágicos que no son explicados, como la aparición de “El hombre sirena”, un tipo que habla tan canchero que el lector llega a olvidarse que está sentado con el torso desnudo y una cola de pez en una roca de la playa. Queda la posibilidad de que la protagonista del cuento esté loca como su madre y haya imaginado el encuentro, después de todo nadie más que ella parece ver al hombre sirena. Lo crucial no es, de todos modos, que su acompañante exista o no. Lo verdaderamente importante es que le brinda algo en qué creer, aunque no sea tan fuerte como para hacerla desafiar a su papá-hermano y quedarse en la playa. Es posible que el hombre sirena no esté ahí al día siguiente, como sucede con esos sueños maravillosos que jamás se repiten y se olvidan con el tiempo.

“Papá Noel duerme en casa” también plantea la idea de aferrarse a una creencia pero desde el punto de vista de un niño, que con mucha inocencia y transparencia relata la aparición de un hombre con los rasgos de Papá Noel en su hogar. En el caso de “En la estepa”, una pareja sale por las noches a cazar “algo” al campo, que pareciera ser ese hijo que no pueden concebir. Habla del deseo de cosas imposibles, difíciles, de la paternidad frustrada y la soledad. Los diálogos son precisos pero desconcertantes, y cuando finalmente conocen a otro matrimonio que logró su cometido, no resisten la realidad. Muchas veces cumplir una fantasía, soltar la creencia inicial, significa perder aquello que mantenía la cordura.

En “Mi hermano Walter” se condensan todas las temáticas mencionadas anteriormente: la familia, los miedos de los padres, la preocupación, la soledad. Walter es un ancla a la realidad, es el recordatorio de que la felicidad es fugaz y hay que disfrutar de las cosas que da la vida pero sin perder el contacto con el entorno, aunque parezca ajeno. El narrador teme que su inocente hijo pase a tomar ese lugar de testigo desencantado del mundo como si Walter, su hermano, fuera contagioso.

Otro tema que se repite en los cuentos de Schweblin es la alteración del tiempo, como en “Última vuelta”, en el cual una calesita aparece como metáfora de la vida. Una nena se baja y comienza a sentir los cambios de la vejez, mientras otros chicos toman su lugar y su madre y hermana desaparecen, como sucede con los seres queridos a medida que uno crece. Este cuento quizás sirva para pensar en lo rápido que avanza el tiempo, incluso durante la juventud, cuando se sueña con castillos y eternidad. En “Conservas”, la narradora describe la posibilidad de retrasar un embarazo no deseado con prácticas alternativas que involucran una lata de conservas y un médico poco ortodoxo. Tremendo. ¡Quién pudiera!

“La medida de las cosas”, por otro lado, muestra el retroceso mental y físico del protagonista a partir de su contacto directo con una juguetería. Este hombre-niño tan peculiar, que al principio maneja autos y sale con mujeres, al final es arrastrado de su pequeña mano por la madre. Puede que sea metafórico, pero convence. “Perdiendo velocidad” es lineal y simple, dibuja la imagen de un hombre que no soporta vivir presa de la lentitud de la vejez y casi logra prever su muerte, acelerando su llegada.

Hay dos cuentos, por otra parte, que también dejan vislumbrar la idea de la muerte pero de una forma muy sutil. En “El cavador”, un individuo merodea por los alrededores de una casa mientras se dedica en sus ratos libres a cavar un pozo entre los pastizales, con su pala y sus pocas palabras. Es escalofriante porque se desconocen sus propósitos y la utilidad del pozo, aunque quizás lo verdaderamente perturbador sea que no hay mucha vuelta de tuerca que darle: el cavador encarna la figura del sepulturero. De la misma forma, en “Bajo tierra” reaparece la idea del pozo misterioso y la pérdida de los hijos, ya que tiene la capacidad de atraer a los niños de un pueblo y hacerlos esfumarse de la tierra. Las manos cansadas de esos padres que los buscan desesperadamente generan compasión, transmiten la desolación y la impotencia de no saber, que es lo peor en cualquier caso de muerte o desaparición.

Hay ausencias que están ahí todo el tiempo, como también plantea “La furia de las pestes”. En este cuento, un censor visita un pueblito del interior dejado a su suerte y se encuentra con lo inevitable de una situación imposible: dejar de comer ante la falta de alimentos y aprender a vivir sin vida. El narrador descubre que ciertas soluciones llegan tan tarde que resultan desubicadas, sobre todo en un contexto de total carencia.

Los personajes de Schweblin permanecen aun cuando ya terminó la lectura, se quedan dando vueltas en la cabeza del lector, que trata de comprender lo que acaba de leer y sentirse satisfecho con su interpretación. Son ideas para cuentos, no podrían dar forma a una novela porque impactan con pocas palabras y situaciones, como cuando un artista pinta literalmente primeros planos de personas siendo golpeadas, con detalles específicos de las heridas y sangre por doquier, en “Cabezas contra el asfalto”. El protagonista alterna momentos de extrema lucidez con otros en los que se vuelve un inadaptado total, es el tipo de individuo que ve a los que lo rodean como intérpretes de una comedia que, de tan ridícula, resulta incomprensible. Y justo cuando por algún motivo intenta formar parte de la farsa, su incompatibilidad con el mundo regresa con más fuerza y viene a confirmar lo que, en realidad, sabía a ciencia cierta desde un principio.

A lo largo del libro aparecen diferentes puntos de vista, los narradores son femeninos y masculinos, son testigos y omnipresentes; aunque la mayoría carece de nombre o descripciones físicas, de modo que cada lector se convierta en un posible protagonista. Al ser claros y directos, los diálogos llevan a una lectura rápida sin mayores complicaciones, no obstante la ambigüedad se mantiene de principio a fin. Quizás estos recursos tejan un delicado plan de fondo: quien tenga el libro en sus manos deberá enfrentarse a sí mismo, para ubicar los relatos dentro de su propio sistema de creencias e interpretar los hechos según sus miedos más profundos. Son, al fin y al cabo, situaciones cotidianas que se van de las manos y plantean la duda sobre el camino que tomaría cada uno, de estar en el lugar del otro. Un viaje maravilloso que regala Samanta Schweblin, con boleto de ida hacia uno mismo.



María Dorrego

sábado, 20 de julio de 2019

Cazadores de sombras: Los orígenes

Saga: Cazadores de sombras: Los orígenes
Título original: Shadowhunters: The Infernal Devices
Autora: Cassandra Clare
Editorial: Destino


Libro I: Ángel mecánico (2014)
Título original: Clockwork Angel (2010)
448 p. ; 21 x 15 cm.


A pesar de que le dije al mundo y a mí misma que no sentía interés por seguir con esta saga, acá estoy. Al principio no soportaba la idea de un universo sin Jace. Sin embargo, me encontré con Will y Jem que, si bien no lo reemplazan, resultan ser un buen estímulo para extrañarlo menos. De Cassandra Clare me atrae, envuelve y enamora el mundo narrativo que creó sobre los cazadores de sombras, los subterráneos y la magia en general. Así que no es ninguna sorpresa que me haya atrapado desde el inicio con toda la cuestión de la bruja que busca a su hermano perdido y descubre un mundo secreto. También me gustó mucho la introducción de personajes instalados en la otra saga, como Magnus Bane, Camille Belcourt... ¡incluso Iglesia!

Creo que Clare juega muy bien con el misterio y te mantiene atento a cada mirada y palabra, no permite que te aburras con capítulos densos. Los diálogos, sin embargo, se tornan demasiado explicativos por momentos. Igual son llevaderos. Los personajes, a esta altura, generan una hermosa familiaridad en mí. Son pasionales y fríos, horrorosamente egoístas y alarmantemente suicidas. Sobre todo: aman. Aman con todo lo que tienen, como pueden. Y yo me rindo ante ellos con la misma entrega.




Libro II: Príncipe mecánico (2015)
Titulo original: Clockwork Prince (2011)
464 p. ; 21 x 15 cm.


Creo que tardé menos de una semana en leer este libro. Otra vez caigo atrapada en las redes de esta triste, seductora y maravillosa historia. Lo que más me gusta de Jem, Tessa y Will es el amor puro y sincero que corre entre los tres. Ella los ama a los dos y ellos la aman a ella, pero también el uno al otro y eso lo vuelve todavía más -terriblemente- hermoso. A través de sus palabras y sus gestos uno no puede evitar sentirse identificado y recordar sus primeros amores y desencuentros, las miradas silenciosas y anhelantes, los suspiros contenidos, los besos no dados. 

En este libro hubo menos acción que en el primero, ya que se trata de una transición hacia la batalla final que transcurre en el tercero. Diría que es algo así como un libro de relleno. No obstante, tiene capítulos muy atractivos, diálogos deslumbrantes y escenas que te dejan sin aliento. Cuando Tessa le pregunta a Will por qué la salvó y él le responde, lisa y llanamente, "porque te amo" después de haber tratado de alejarla durante 700 páginas, uno no puede más que tragar saliva y contener las lágrimas, tal y como hace Tessa más adelante. Y con cada oportunidad en que Jem se desarma en sonrisas mirándola desde lejos, con una admiración y respeto desmedidos, no queda más que terminar comprendiendo la situación imposible que envuelve a los amantes. 

Cada uno tiene su corazón divido en dos, cada uno ama a los otros dos. Es un enfoque novedoso, si se quiere, porque complica el triángulo amoroso típico y le agrega muchísimo drama. No soy fanática del drama, pero sí de las historias de amor complicadas que pronostican un final igual de enredado; donde lo "feliz" depende de cómo se lo mire, y creo que así es la vida misma. Uno sobrevive y en el camino gana lo que puede, pero pierde cosas muy importantes.

La magia del primer amor, la fugacidad de la juventud, la valentía, la amistad, la familia... Este libro toca tantos temas humanos en lo más básico que, si por un momento dejáramos de lado la búsqueda del malvado Mortmain, podría ser un drama costumbrista del siglo pasado. La fantasía acompaña en buena medida, pero no reemplaza lo que pienso de la saga en general: el amor, por sobre todas las cosas, salva. Fue siempre así y así siempre será.




Libro III: Princesa mecánica (2014)
Título original: Clockwork Princess (2013)
512 p. ; 21 x 15 cm.


Otra vez me quedo sin nada pero, a la vez, con todo. Siempre puedo volver a encontrarme con Jem, Will y Tessa en las páginas de mis libros, para buscar compañía o consuelo. También puedo volver a leer la saga de los Instrumentos Mortales desde una nueva perspectiva. Ahora el apellido Herondale significa algo diferente. Ni hablar del Hermano Zacariah, del cual me encuentro catastróficamente enamorada -¡con la edad que tengo!-.

Fue una gran experiencia. Lloré muchísimo, reí y sentí con los personajes. La constante pérdida es terrible. Que Jem tenga que convertirse en Hermano Silencioso para salvar su vida es algo tan triste que el corazón se te va un poco con él a la Ciudad Silenciosa. Su despedida de Will y Tessa es uno de los capítulos más dramáticos que leí en mi vida. Me gusta que la autora haya encontrado la forma de darles una especie de final a los tres. Tessa y Will comparten su vida juntos y son todo lo felices que se puede y uno, como lector, se siente satisfecho. Más adelante, décadas después, gracias a Jace y su fuego celestial, Jem se cura de su enfermedad y puede buscar a Tessa... ¡Y es tan hermoso que por fin tengan la oportunidad de estar juntos! Pero Jem es mortal otra vez y eso significa una sola cosa. La misma tragedia sin remedio a la que deberán enfrentarse Alec y Magnus en algún momento.

Los brujos están destinados a quedarse solos, porque sus cazadores de sombras tienen los días contados: si no por la violencia de sus batallas, por la fugacidad de sus vidas mortales. Pensar que Tessa y Magnus van a compartir la soledad, me rompe el corazón. Pero la idea de que Jem pueda experimentar un poco de la felicidad y vitalidad que se le fue negada toda su vida, resulta alentadora.

Como en Ángel y Príncipe mecánico, toda la cuestión de Mortmain y los autómatas es atractiva, pero me parece insignificante cada vez que aumenta el drama en el triángulo amoroso de los protagonistas. "No se puede ser bueno y honorable", dice Will... Pero creo que, de alguna forma, el amor que se tienen entre los tres logra que lo sean, cada uno a su modo; mientras demuestran una hermosa lealtad y se sacrifican, de manera constante y desinteresada, por la felicidad del otro.


María Dorrego




viernes, 19 de julio de 2019

El verano de los peces muertos

Título: El verano de los peces muertos (2017)
Autor: Pablo Ottonello
Editorial: Marciana
176 p. ; 13x19 cm.



La locura, la resignación, la pérdida. Cuentos que le hablan directamente a la conciencia y muestran sin culpa cuestiones arraigadas a la sociedad actual: los trastornos alimenticios y los estereotipos, la delicada relación entre ciencia y esoterismo, los riesgos de la energía nuclear y la utilización de agroquímicos, el abuso de los recursos naturales y el abandono de los pueblos del interior. El desafío es leerlos de un tirón sin sentirse señalado desde cada párrafo.

En menos de doscientas páginas El verano de los peces muertos, de Pablo Ottonello, desarrolla cuatro cuentos largos (aunque el primero podría considerarse una novela corta), que finalmente se complementan en una visión particular de la vida, comprometida con hechos históricos, problemas ambientales y relaciones humanas conflictivas. 

Ottonello se para en los contrastes, en la forma en que ven y se perciben a sí mismos los personajes con respecto a sus semejantes. Además de El verano de los peces muertos, el autor argentino publicó Quiero ser artista (2015), otro libro de cuentos; Veteranos de la guerra del día (2017), su primera novela; y participó recientemente de la Antología del nuevo cuento argentino, publicada por la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires.

Quizás sea por su otra pasión, el cine, que los paisajes que presenta Ottonello se vuelven escenas perfectamente visuales para el lector. Campos desolados, miseria, hambre, tristeza, soledad, todo puede verse y sentirse sin demasiadas descripciones. Los personajes van contando su historia como la recuerdan, arman un bosquejo de su pasado y los espacios que habitan sin monólogos eternos ni detalles exhaustivos. Lo mejor (y lo peor) es que una vez finalizado cada cuento queda una sensación agridulce, mezcla de cariño y preocupación porque, aunque las voces callen, todavía les queda mucho por decir.

El libro empieza con “Klimowicz”, que está relatado en primera persona por Tadeo, un neurólogo que no puede (ni quiere) parar de recordar vivencias con sus amigos y compañeros de facultad. Recorre así momentos clave de una vida hasta explicar dónde se encuentra cada personaje y por qué. El cuento está lleno de notas al pie del narrador, que aparecen como voces en off del propio relato. Una muerte, sin embargo, se transforma en un punto de inflexión y cambia por completo a Tadeo: lo vuelve más oscuro y lo recluye en sus pensamientos. “Entendí que así se lloraba a los muertos, sin precaución”, reflexiona en un momento de crisis. Esa muerte se equipara a un culatazo en el cráneo, destinado a modificar las percepciones de la realidad para siempre. Así Tadeo comienza a transmitir sus obsesiones al lector como si fueran polaroids de sus recuerdos, porque es la única forma de aliviar el dolor que lo acompaña. Una de las cuestiones más interesantes que plantea el cuento es la relación entre escritura e imágenes mentales, por la forma en que las palabras fijan las experiencias pero, a la vez, las limitan.

“Cambió todo tanto”, por otra parte, es la carta de una madre a su hijo mayor. En ella le cuenta, con la lucidez momentánea de un estado febril, los acontecimientos que la llevaron al aislamiento en su pueblo natal (en algún lugar cercano a Entre Ríos). Durante todo el relato hay un clima tenso, ya que las palabras de la mujer suenan tristes y resignadas. Le escribe a Oscar: “Sobrevivimos, y si me preguntas, hijo, esto es lo que se viene para todo el mundo”. La carta va cimentando, así, el génesis de un pueblo fantasma y se constituye como una especie de testamento. El golpe visual de Ottonello va tomando forma al introducir la leyenda del chupacabras como antesala a la desesperación: “Algo tan normal como tomar mate con alguien ya no se hace más (…) Ahora todo es encerrarse bien”, comenta la madre con sus últimas fuerzas.

El tercer cuento, “Milagros Zamponi (1980)”, recorre la vida de una mujer marcada por la obesidad y el talento para la poesía. A través de sus versos, la protagonista va encontrando temáticas que definen su propia voz. De esta forma desarrolla una extraña amistad con una deportista rusa, que se vuelve su mayor fuente de inspiración y frustración. A ella le dedica sus publicaciones y, en algún punto, sus luchas personales. En este cuento Ottonello le brinda al lector un pantallazo de la catástrofe nuclear de Chernóbil, del compromiso, la denuncia y la forma en que estas actitudes precisan los límites de la creatividad; todo a través de una mirada crítica de la realidad y los estándares de belleza.

Finalmente, el cuento que da nombre al libro, “El verano de los peces muertos”, transcurre durante las vacaciones de un futuro cineasta en una playa de Uruguay que, mientras le saca fotos a su novia y visita un bar solitario, comienza a escribir un argumento para una película. Su mayor inspiración proviene del pasado turístico de la costa y del impacto que tuvo la fumigación de campos cercanos, causando la muerte de animales marinos debido a un canal artificial que desembocaba en el mar. “Nadie podía saber qué tenía y qué no tenía el agua (…) Lo mejor era no meterse”, dice un uruguayo. Entonces la imagen vuelve a noquear: la playa desierta, los peces muertos, el olor a podrido, las intoxicaciones, el cierre de hoteles, el comienzo del fin.

Uno de los puntos más atractivos del libro es que no se habla directamente del amor, pero se refiera a él constantemente, quizás con demasiada sutileza. Es amor lo que motiva a los personajes a seguir: la admiración obsesiva de un científico por una mujer, su objeto de estudio; el cariño maternal por el hijo que encarna la salvación, el ideal de bienestar; la amistad de dos personas que viven del otro lado del mundo pero comparten preocupaciones y deseos, todo en medio de una total disconformidad con la sociedad, el cuerpo y la salud; la búsqueda constante de la inspiración, del sí mismo reflejado en el otro.

Lo interesante de Ottonello es la imposibilidad de encasillarlo en un solo género, ya que teje sus redes entre lo realista y lo fantástico. Sus cuentos acaban en cotidianidad, en resistir y sobrevivir contra todo pronóstico. Un poco como la vida misma. Puede que lo que agobie a todos y cada uno de sus personajes sea, inevitablemente, el miedo a la soledad y al silencio final de enfrentarse con uno mismo. No queda ninguna duda de que en El verano de los peces muertos nadie come perdices, pero tampoco se pega un tiro en la frente (aunque quizás debiera hacerlo).


María Dorrego

lunes, 15 de julio de 2019

La misa del diablo


Título: La misa del diablo (2013)
Autor: Miguel Prenz
Editorial: Tusquets 
248 p. ; 21x14 cm.




Un asesinato macabro, una secta que mezcla rituales ocultistas con orgías sexuales y cabezas de animales disecados, todo en medio de un contexto de extrema pobreza, abuso de menores, pornografía infantil, tráfico de armas y drogas. Pero no es la primera temporada de True Detective, sino un caso real que sucedió en Corrientes, Argentina, y se editó en un libro.

La misa del diablo es la crónica de la investigación de Miguel Prenz sobre un crimen ritual cometido en octubre del 2006, que fue publicada en la colección Mirada Crónica de la editorial Tusquets en el 2013. Prenz nació en Bahía Blanca en 1979, aunque se mudó a Buenos Aires a los diecinueve para estudiar derecho y, más adelante, periodismo. Desde el inicio se planteó la investigación como un modo de comprensión, consciente de que no podría resolver el caso. Su línea de trabajo está marcada por las crónicas, como las publicadas en las revistas Soho y Maxim, y Los herederos del General, su primer libro.

Ramón González o “Ramoncito”, la víctima del caso del que se desprende La misa del diablo, fue encontrado en un basural cercano a las vías del pueblo con la cabeza apoyada junto a su cuerpo semidesnudo, torturado y violado. Hubo nueve acusados por su homicidio, pero solo siete fueron condenados a prisión perpetua y dos se encuentran prófugos. 

Para Prenz resultó fundamental desde el principio estar ahí, conocer las características de Mercedes, el pueblo correntino donde sucedió todo, e intentar comprender en qué contexto se había dado un crimen como el de Ramoncito, cómo había sido. Se enteró de lo sucedido gracias a las noticias sobre el hallazgo del cadáver en los medios nacionales y siguió los avances durante dos años y medio, convencido de que había algo más detrás de un hecho tan violento. Por fin se decidió a intervenir gracias a las declaraciones de la monja correntina Martha Pelloni, quien lidera Infancia Robada, una red de lucha contra la trata de menores, sobre el posible trasfondo del crimen. Con su apoyo, Prenz viajó seis veces a Corrientes a lo largo de tres años, pasando más de sesenta días en total en la zona para familiarizarse con el entorno y los testigos.

Al ser ateo, el autor pudo evitar que el sistema de creencias ejerciera cualquier tipo de influencia sobre él, desde el catolicismo, la hechicería y los ritos afrobrasileños, hasta la magia negra y guaraní. El libro se titula La misa del diablo, justamente, porque permite más de una lectura: puede referirse al sentido estrictamente religioso y a su instancia de crimen ritual, a la vez que puede señalar la situación social, cultural y económica del pueblo que genera las circunstancias "ideales" para que se dé el caso de Ramoncito, siendo el “diablo” aquel empresario oculto que supo financiar las actividades de la secta y, al día de hoy, se mantiene impune.

Prenz contempló las probabilidades de que su crónica terminara con un final abierto, que hubiera incógnitas y callejones sin salida en su investigación. A “Ramonita”, por ejemplo, que es la testigo clave del caso, ni siquiera llegó a conocerla. Los capítulos en que ella cuenta su testimonio están transcriptos de su declaración judicial, porque Prenz no quería contaminar el relato con expresiones de un adulto instruido, de modo que la mirada y la forma de expresarse de Ramonita llegaran al lector de una manera más auténtica. Fue ella quien atestiguó el sacrificio, con tan solo dos años más que Ramoncito, y participó de muchas otras reuniones en que se cometieron atrocidades, como la utilización de fetos y bebés para ceremonias o el empleo de menores para la venta y distribución de droga. Más allá de las aptitudes narrativas de Prenz, los capítulos en que "habla" Ramonita son los más violentos e intensos, al punto que es imposible soltar el libro mientras genera una sensación de lástima e impotencia por las víctimas indefensas, y rabia y repulsión frente a los abusadores.

El libro comienza con la noticia del crimen y el hallazgo de Ramoncito. Luego relata la llegada del autor a Mercedes, para retratar al pueblo y sus costumbres, sus modos de vivir, sus creencias. Prenz guía al lector hacia una imagen mental muy clara de lo que él mismo veía en aquel rincón de Corrientes, con un lenguaje claro y conciso. Habla entonces con los tíos y abuela de Ramoncito, que detallan su vida y personalidad: el padre ausente, la madre prostituta, la familia de bajos recursos, el desamparo total, la venta de estampitas en la terminal del pueblo, las salidas recurrentes a la casa de la vecina conocida como "La Bruja" quien, por otra parte, fue una de las condenadas a cadena perpetua. En base al testimonio de testigos anónimos, Prenz deja abierta la posibilidad, sin embargo, de que toda la religiosidad del crimen sea una simple pantalla para ocultar un ajuste de cuentas relacionado a las drogas.

Con el contexto establecido, Prenz presenta a los diferentes personajes de la trama. El juez a cargo de la causa, que luego es destituido, y sus reemplazantes, que son amenazados de muerte; "el lado B de Ramonita", otra chica que aunque no adquiere tanto protagonismo, también proporciona un testimonio clave; enfermeras del centro de salud, que cuentan sobre la gran cantidad de casos de violencia sexual con los que se encuentran; la actual inquilina de la casa donde murió Ramoncito. Entrevista también a dos de las detenidas, quienes niegan desde el principio haber estado involucradas y se desilusionan porque Prenz no tiene más que un grabador, ya que esperaban salir en televisión. Lo mismo sucede con otro de los implicados, "El Brujo", acusado de despellejar la cabeza de Ramoncito.

Prenz también contacta a la policía a cargo del caso, que fue enviada a Corrientes por ser mãe de santo de una religión afrobrasileña y estaba capacitada para comprender mejor el marco en el cual se dio un caso como el de Ramoncito. La mujer "se convirtió en la traductora del lenguaje particular del crimen". Es ella también quien señala que detrás del homicidio hay una larga historia de trata de personas, explotación sexual y laboral, tráfico de armas, venta de drogas y servidumbre de menores de bajos recursos. Este capítulo es particularmente desgarrador ya que confirma todas las sospechas del autor y del propio lector, se comprende al fin que el caso va mucho más allá de Ramoncito y la frustración llega a niveles extremos.

Finalmente, entre muchos testimonios de vecinos e implicados, el capítulo más esclarecedor es aquel en el cual Prenz entrevista a un antropólogo especializado en la mágico-religiosidad, quien explica el significado de la fecha elegida para el sacrificio y de la decapitación, para dejar abierta la posibilidad, más adelante, de que Ramoncito se convierta eventualmente en un santo popular, como sucedió con el Gauchito Gil. "Si hubo uno o cien Ramoncitos, esa es la incógnita", concluye el especialista.


María Dorrego 

viernes, 12 de julio de 2019

El espejo que tiembla

Título: El espejo que tiembla (2005)
Autor: Abelardo Castillo
Editorial: Seix Barral


Llegué a este libro casi por casualidad… ¿o causalidad? Me gustan los juegos de palabras y no iba a dejar pasar este. Una persona con la que paso tardes y noches discutiendo y compartiendo necedades y cosas serias a la vez me propuso –cof– desafió a leer a Castillo y yo acepté el reto, como suelo hacer. Si incluye lectura, me anoto. Aun así, estaba algo reacia ante la idea de envolverme con El espejo que tiembla, sin saber por qué.

Y acá estoy, menos de una semana después, libro en mano, con sus respectivos señaladores y post-its indicando mi opinión sobre cada cuento. Porque la propuesta es una antología medio fantástica medio terrorífica medio real –bueno, ¿eso sería un tercio de cada cosa?– de once relatos. Lo primero que me gustó es que Castillo se desenvuelve con un lenguaje simple que te permite leerlo en medio de una clase, en el colectivo, en tu cama, en donde vos quieras. No necesitás un diccionario de bolsillo que te socorra cada página y media –como pasa con otros autores que no voy a nombrar, pero todos sabemos–.

Por otra parte, los cuentos son relativamente cortos y te motivan para llegar al final de cada uno cuando disponés de poco tiempo. Son como aperitivos de media mañana, tarde o noche. Entre idas y venidas, uno puede sentarse a charlar con Abelardo unos minutitos sin que la vida se detenga. Y eso siempre es un aporte a la biblioteca neuronal.

Me sentí muy cómoda con la prosa de Castillo y con sus constantes cambios de narrador y registro. El resultado de sus combinaciones léxicas se vuelve natural después de la primera página y te deslizás sobre los párrafos como si estuvieras hablando con un amigo o un vecino que intenta ponerte al día sobre las novedades del barrio, ya sea sobre una hermosa mujer que no soporta el regreso de su hermano y decide matarlo, o dos hombres que conversan sobre la chica que supieron compartir alguna vez, o el remordimiento de una niña que interviene ante los Señores Reyes Magos en nombre de su hermanito pequeño…

De todos los cuentos, sin embargo, me sentí muy identificada/atraída hacia "El tiempo de Milena", que trata sobre una chica que vive en un tiempo sin tiempo y se encuentra, cada tantos años, con un hombre al que enloquece –¿de amor? ¿hay otra verdadera forma de enloquecer a alguien?–. ¿Qué mujer no se siente un poco Milena alguna vez en su vida? 

"Pava", por otra parte, me gustó mucho por la crueldad y crudeza del relato y de sus personajes. A grandes rasgos, en temática y narrativa, me recordó a mi querido Saki, que dedicó su obra a plasmar al salvajismo de los niños y su mirada peculiar del mundo.

Me alegro de haber aceptado el desafío y de haberle dado una oportunidad a Castillo, con la seguridad de que volveré a encontrarme con él en el camino. De ahora en más somos más que conocidos que se ignoran porque les da fiaca saludarse, porque ya compartimos más que la mayoría de las personas: verdaderas palabras.  




Frases que me gustaron:
“Una paradoja de la soledad es que tiende a unir a la gente, y la misma fascinación que ejercían ellos sobre mí era la que los atraía a ellos.” La cosa, pp. 15.

“Lo más difícil de ese trayecto fue seguramente el silencio, no la distancia.” El tiempo de Milena, pp. 68.

“Cuando lo imposible empieza a suceder, lo más razonable es aceptarlo con naturalidad.” El tiempo de Milena, pp. 72.

“Los jóvenes, en el fondo, son conmovedores, debió de pensar Grimaldi. Hacen lo que pueden por sentirse reales. Se tocan y se lamen un poco, como cachorros, y se imaginan que están viviendo con intensidad, hasta que un día descubren con horror que la vida los alcanzó.”El desertor, pp. 104.

“El frío es un poco más o un poco menos de calor, y la normalidad es un poco más o un poco menos de locura.”La que espera, pp. 120.

“Usted pertenece a ese género de personas, usted, permítame que se lo diga, es un poeta romántico que se equivocó de siglo.” La que espera, pp. 121.

“No era tanto querer que volviera como la ceremonia de esperarlo, ¿se da cuenta? La razón de su vida, su cordura, dependía de los ritos inocentes de esa espera.” La que espera, pp. 122.


María Dorrego