Título:
Las ventajas de ser invisible (2016)
Título original: The perks of being a wallflower (1999)
Autor: Stephen Chbosky
Autor: Stephen Chbosky
Editorial:
Alfaguara infantil juvenil
254
p. ; 19 x 13 cm.
Creo
que jamás habría leído este libro si no me lo hubieran regalado. Lo gracioso es
que lo recibí gracias a que, en primer lugar, recomendé la película de 2012. Las
mediaciones tienen estas cosas. “Aceptamos el amor que creemos merecer”, dice
uno de los personajes. ¿Pasará igual con la literatura?
La
novela trata sobre un chico, Charlie, que arranca con quince años y descubre
–no durante la narración, claramente ya lo sabía desde antes- que la vida es un
asco. Lo sorprendente es que se trata de un pibe bastante optimista y
simpático, aunque se la pasa solo y no entiende mucho de las convenciones
sociales. No es depresivo, aunque las cosas que le pasaron –y le pasan- podrían
derrumbar a cualquier otro adolescente o, incluso, adulto. En ese sentido creo
que el autor manda un mensaje bastante bueno a la juventud: no hay que ser malo
con los demás simplemente porque no se encuentra el lugar correcto en el mundo.
Basta de bullying.
A
Charlie le pasan cosas feas la verdad. Se le muere un amigo –empieza así, no
estoy espoileando demasiado- y recuerda a lo largo del libro otros traumas
bastante más graves. En el medio, sin embargo, conoce a una dupla maravillosa
–un par de medio hermanos- que lo adentran en el universo de la camaradería y,
me arriesgaría a decir, la plenitud de la vida. Con ellos aprende a consumir
drogas, a salir, a reírse, a bailar, a ser una persona de verdad. En el proceso
también se enamora y sobrevive a situaciones divertidas y tristes.
El
libro está escrito en primera persona a través de cartas. Charlie nunca dice
exactamente a quién van dirigidas y supongo que es un truco para que, como
lectores, nos sintamos interpelados. Es como si nos escribiera a nosotros para
contarnos cómo va su vida o en qué lío se metió por sonreír de más o de menos.
Carta a carta te vas volviendo su amigo y cada vez querés saber más,
preguntarle cosas, retarlo, ayudarlo, consolarlo. Es una dinámica muy
interesante. Sobre todo por el registro con el que narra los acontecimientos,
las idas y vueltas, la emoción de contar algo e irse por las ramas mezclando
datos, tal como lo haría un adolescente. Hay una carta muy graciosa en que se
confunde todo el tiempo y recién a la siguiente aclara que había consumido LSD.
Genial.
Los
personajes están muy bien en general. Son verosímiles. A veces caprichosos. Por
momentos exageradamente reales. Sienten una clase de dolor que atraviesa las
páginas y te llega. Querés que sean de verdad para poder abrazarlos. Algunos
sufren la soledad o el desamor de una manera brutal y a esa edad algo así puede
dejar huellas profundas, sobre todo en una sociedad como la norteamericana que
por lo general está marcada por el maltrato, la discriminación y el abuso
constante en el ámbito escolar. No digo que acá eso no pase, pero allá es
claramente peor. En eso también tiene grandes aciertos la película; los actores
que eligieron son ideales. Quizás estoy siendo condescendiente porque la vi
antes de leer la novela, pero de verdad me parecieron fantásticos. Me creí que
se sentían infinitos.
En
general no se trata de un libro para releer, ni de una película para ver todos
los domingos. Por momentos se pone densa y pasan cosas poco felices. Pero sí
recomiendo ambos con mucha insistencia. Incluso como forma de revivir la propia
adolescencia y recordar cómo era sentir con tanta intensidad. Lo bueno y lo
malo. En este caso –tal vez como pocas veces en la historia- no sabría decidir
qué me gustó más, aunque la actuación de Ezra Miller inclina bastante la
balanza hacia la película.
* * *
Algunas
frases que me gustaron:
“Quiero
que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que todavía intento
descubrir cómo eso es posible”, p. 10.
“Aceptamos
el amor que creemos merecer”, p. 35.
“Creo
que sería un periodista terrible porque no puedo imaginarme sentado a la mesa
enfrente de un político o una estrella de cine y haciéndoles preguntas.
Probablemente solo les podría preguntar si me harían un autógrafo para mi madre
o algo así. Probablemente me echarían por hacerlo. Así que he pensado en que
puede que sea mejor escribir para un periódico porque podría hacerle preguntas
a la gente normal, aunque mi hermana dice que los periódicos siempre mienten.
No sé si es verdad, así que tendré que comprobarlo cuando me haga mayor”, p.
62.
“Quizás
estos sean mis días de gloria y ni siquiera me esté dando cuenta porque no hay
en ellos una pelota”, p. 69.
“No
sé si es mejor que tus hijos sean felices y no vayan a la universidad. No sé si
es mejor tener una buena relación con tu hija o asegurarte de que tenga una
vida mejor que la tuya. La verdad es que no lo sé”, p. 78.
“Cuando
acabé de leer el poema, todo el mundo se quedó en silencio. Un silencio muy
triste. Pero lo increíble fue que no era una tristeza mala, para nada. Solo
algo que hizo que todos miraran a los demás a su alrededor y supieran que
estaban allí. Sam y Patrick me miraron a mí. Y yo los miré a ellos. Y creo que
ellos comprendían. Nada en concreto, en realidad. Simplemente, comprendían. Y
creo que es todo lo que puedes llegar a pedirle a un amigo”, p. 85.
“Creo
que la idea es que cada hombre o mujer tiene que vivir su propia vida y luego
decidir si la comparte con los demás. Tal vez eso es lo que hace a la gente
implicarse. No estoy muy seguro”, p. 205.
María Dorrego


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