martes, 13 de agosto de 2019

Las ventajas de ser invisible

Título: Las ventajas de ser invisible (2016)
Título original: The perks of being a wallflower (1999)
Autor: Stephen Chbosky
Editorial: Alfaguara infantil juvenil
254 p. ; 19 x 13 cm.



Creo que jamás habría leído este libro si no me lo hubieran regalado. Lo gracioso es que lo recibí gracias a que, en primer lugar, recomendé la película de 2012. Las mediaciones tienen estas cosas. “Aceptamos el amor que creemos merecer”, dice uno de los personajes. ¿Pasará igual con la literatura?

La novela trata sobre un chico, Charlie, que arranca con quince años y descubre –no durante la narración, claramente ya lo sabía desde antes- que la vida es un asco. Lo sorprendente es que se trata de un pibe bastante optimista y simpático, aunque se la pasa solo y no entiende mucho de las convenciones sociales. No es depresivo, aunque las cosas que le pasaron –y le pasan- podrían derrumbar a cualquier otro adolescente o, incluso, adulto. En ese sentido creo que el autor manda un mensaje bastante bueno a la juventud: no hay que ser malo con los demás simplemente porque no se encuentra el lugar correcto en el mundo. Basta de bullying.

A Charlie le pasan cosas feas la verdad. Se le muere un amigo –empieza así, no estoy espoileando demasiado- y recuerda a lo largo del libro otros traumas bastante más graves. En el medio, sin embargo, conoce a una dupla maravillosa –un par de medio hermanos- que lo adentran en el universo de la camaradería y, me arriesgaría a decir, la plenitud de la vida. Con ellos aprende a consumir drogas, a salir, a reírse, a bailar, a ser una persona de verdad. En el proceso también se enamora y sobrevive a situaciones divertidas y tristes.

El libro está escrito en primera persona a través de cartas. Charlie nunca dice exactamente a quién van dirigidas y supongo que es un truco para que, como lectores, nos sintamos interpelados. Es como si nos escribiera a nosotros para contarnos cómo va su vida o en qué lío se metió por sonreír de más o de menos. Carta a carta te vas volviendo su amigo y cada vez querés saber más, preguntarle cosas, retarlo, ayudarlo, consolarlo. Es una dinámica muy interesante. Sobre todo por el registro con el que narra los acontecimientos, las idas y vueltas, la emoción de contar algo e irse por las ramas mezclando datos, tal como lo haría un adolescente. Hay una carta muy graciosa en que se confunde todo el tiempo y recién a la siguiente aclara que había consumido LSD. Genial.

Los personajes están muy bien en general. Son verosímiles. A veces caprichosos. Por momentos exageradamente reales. Sienten una clase de dolor que atraviesa las páginas y te llega. Querés que sean de verdad para poder abrazarlos. Algunos sufren la soledad o el desamor de una manera brutal y a esa edad algo así puede dejar huellas profundas, sobre todo en una sociedad como la norteamericana que por lo general está marcada por el maltrato, la discriminación y el abuso constante en el ámbito escolar. No digo que acá eso no pase, pero allá es claramente peor. En eso también tiene grandes aciertos la película; los actores que eligieron son ideales. Quizás estoy siendo condescendiente porque la vi antes de leer la novela, pero de verdad me parecieron fantásticos. Me creí que se sentían infinitos.

En general no se trata de un libro para releer, ni de una película para ver todos los domingos. Por momentos se pone densa y pasan cosas poco felices. Pero sí recomiendo ambos con mucha insistencia. Incluso como forma de revivir la propia adolescencia y recordar cómo era sentir con tanta intensidad. Lo bueno y lo malo. En este caso –tal vez como pocas veces en la historia- no sabría decidir qué me gustó más, aunque la actuación de Ezra Miller inclina bastante la balanza hacia la película.



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Algunas frases que me gustaron:

“Quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que todavía intento descubrir cómo eso es posible”, p. 10.

“Aceptamos el amor que creemos merecer”, p. 35.

“Creo que sería un periodista terrible porque no puedo imaginarme sentado a la mesa enfrente de un político o una estrella de cine y haciéndoles preguntas. Probablemente solo les podría preguntar si me harían un autógrafo para mi madre o algo así. Probablemente me echarían por hacerlo. Así que he pensado en que puede que sea mejor escribir para un periódico porque podría hacerle preguntas a la gente normal, aunque mi hermana dice que los periódicos siempre mienten. No sé si es verdad, así que tendré que comprobarlo cuando me haga mayor”, p. 62.

“Quizás estos sean mis días de gloria y ni siquiera me esté dando cuenta porque no hay en ellos una pelota”, p. 69.

“No sé si es mejor que tus hijos sean felices y no vayan a la universidad. No sé si es mejor tener una buena relación con tu hija o asegurarte de que tenga una vida mejor que la tuya. La verdad es que no lo sé”, p. 78.

“Cuando acabé de leer el poema, todo el mundo se quedó en silencio. Un silencio muy triste. Pero lo increíble fue que no era una tristeza mala, para nada. Solo algo que hizo que todos miraran a los demás a su alrededor y supieran que estaban allí. Sam y Patrick me miraron a mí. Y yo los miré a ellos. Y creo que ellos comprendían. Nada en concreto, en realidad. Simplemente, comprendían. Y creo que es todo lo que puedes llegar a pedirle a un amigo”, p. 85.

“Creo que la idea es que cada hombre o mujer tiene que vivir su propia vida y luego decidir si la comparte con los demás. Tal vez eso es lo que hace a la gente implicarse. No estoy muy seguro”, p. 205.


María Dorrego

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