Título: Tierra de los hombres (2016)
Título original: Terre des hommes (1939)
Autor: Antoine de Saint-Exupéry
Editorial: Berenice
160 p. ; 14 x 22 cm.
Compré este ejemplar en 2018 y lo empecé tres veces. No podía pasar de la tercera página, me aburría muchísimo. Al final lo dejé porque no hay nada peor que leer por obligación. Hace poco leí una frase en internet que parecía salir de la obra y volví a sacarlo de la biblioteca con entusiasmo. Tal vez lo que tenía que hacer era esperar a tener la cabeza para comprender ciertas cosas. Esta vez, lo leí en un día y una noche.
Cuesta acostumbrarse a dialogar con un aviador. Hay un lenguaje técnico, muy específico de quien viaja solo por el mundo, que te descoloca. A medida que avanza el relato, sin embargo, te vas acostumbrando y vas sintiendo que vos también volás. Empiezan a preocuparte los desperfectos de la máquina, las nubes repentinas, los mares ocultos, el copiloto que se duerme, las montañas, los mapas. Entendés que la vida puede ser ese conjunto de cosas que para vos no significaban nada.
Es la primera vez que leo a Saint-Exupéry fuera de El Principito. Fue una gran experiencia porque al ser una obra autobiográfica me permitió ver el trasfondo, sus motivos. Muchas veces me había preguntado, ¿por qué el pequeño príncipe forma un vínculo con un zorro? ¿De dónde habrá salido esa obsesión por sentirse acompañado, por conectar con alguien? ¿Por qué volaba de planeta en planeta buscando, siempre buscando?
Es entendible que los escritores proyectemos en nuestros personajes, pero sin leer Tierra de los hombres no habría percibido jamás hasta qué punto Saint-Exupéry comprendió a su Principito y se reflejó en él. Creo que hay personajes tan icónicos que se independizan de su autor y se convierten en seres autónomos. Gracias a este libro entendí las condiciones de producción en que nació mi querido y solitario príncipe.
Saint-Exupéry relata cómo inició sus aventuras en el mundo de la aviación. Para él llevar el correo era primordial, pero a medida que aprendía el oficio también se daba cuenta de la importancia de crear lazos con otros hombres. Hay dos casos muy específicos que me conmovieron: la relación con su colega y amigo Henri Guillaumet y, por otra parte, el vínculo que construye con un esclavo llamado Mohammed. El evento que unifica y da sentido a la obra, sin embargo, es el accidente en el Sáhara, en el cual casi muere de sed con su mecánico André Prévot.
También le dedica algunas páginas a su paso por un castillo en Concordia, Entre Ríos, en donde narra una anécdota muy interesante con unas nenas y unas víboras. Da la sensación, por momentos, de que a este hombre todo lo maravillaba. Esto se nota además cuando describe sus vuelos nocturnos, en donde siempre destaca el silencio y la compañía lejana pero constante de las estrellas. ¿En qué momento se habrá preguntado si permanecen encendidas para que cada uno pueda encontrar la suya algún día?
Me pareció reconocer a lo largo del libro la idea de una indagación constante, la búsqueda de algo superior: autoconocimiento, conexiones, libertad, puntos en común con la naturaleza de las cosas. Unos años más tarde, Saint-Exupéry escribiría El Principito y, un año exacto después de eso, desaparecería misteriosamente en un vuelo de reconocimiento. ¡Qué legado! ¡Qué forma conmovedora de volverse inmortal! ¿Habrá sido como su paso por el desierto de Libia? ¿Habrá sucumbido ante la sed, imaginando un pozo en alguna parte? ¿Habrá caminado en línea recta hacia el Este, siguiendo los pasos de su amigo Guillaumet? ¿Se habrá cruzado algún zorro en su camino, que le diera esperanzas? ¿Habrá encontrado, como el Principito, una forma de volver a casa? Tristemente, solo podemos imaginarlo.
María Dorrego


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