Título: Franny y Zooey (2013)
Título original: Franny and Zooey (1961)
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa
216 p. ; 14 x 22,5 cm
Título original: Franny and Zooey (1961)
Autor: J. D. Salinger
Editorial: Edhasa
216 p. ; 14 x 22,5 cm
Volví a este libro después de mucho tiempo y me alegra confirmar que tiene mucho de lo que recordaba. Me hizo sentir muchas cosas otra vez. Encontré frases o temáticas que quizás hoy día entiendo mejor o me llegan de formas diferentes y cobran otros sentidos. Hasta el momento J. D. Salinger solamente tiene publicados cuatro libros y, de alguna forma, cada historia está conectada con este micro universo que compone la familia Glass. Esta novela en particular me gusta mucho, aunque por momentos me da la sensación de ser un pasaje entre otras historias no contadas. Tampoco es que esperaba que Zooey tuviera las respuestas a cada inquietud universal, pero… bueno, un poco sí.
Pareciera que el libro se acaba justo cuando estás entrando por completo en sintonía con la forma de ver el mundo que tienen los Glass. La relación entre Franny y Zooey es muy linda, a pesar de ser conflictiva. Es como dice ella misma en algún momento, no les preocupan las mismas cosas, pero sí las del mismo tipo y por las mismas razones (p. 152). En cierto punto me recuerda a la relación que tengo con mi propio hermano y supongo que a la de cualquier pareja de hermanos en general que se preocupen por el bienestar del otro de verdad, a un nivel casi religioso.
Franny está un poco perdida, atraviesa ese bache de los veinte años en que empezás a ver con ojos de adulto y adolescente a la vez y no sabés para dónde correr. Todo sumado a su condición de prodigio –como todos sus hermanos–, que le permite reconocer con mayor claridad la frivolidad y superficialidad del mundo y, específicamente, del ámbito universitario. Como si fuera poco, el hecho de ser actriz también la lleva a registrar con mucha facilidad la falsedad de las personas y los despliegues teatrales en la mayoría de las relaciones y las acciones simples o vacías, como la necesidad de (des)arreglarse el pelo constantemente. Así se hunde en una pseudo depresión que la obliga a volver a su casa/refugio, donde se siente protegida. Digo pseudo porque por momentos parece más un capricho que otra cosa. Si no me equivoco, el mismo Zooey lo sugiere en algún párrafo.
En líneas generales, el libro es un gran diálogo: primero entre Zooey y su madre; y luego entre Zooey y Franny. En ambos casos parecen sesiones de psicoanálisis, en las que a través de conversaciones poco profundas, al principio, se llega al meollo del asunto; con pasajes –confusos a veces– sobre religión, expectativas y valoraciones sobre los demás y, básicamente, el modo de seguir viviendo sin perder la cabeza o salir a matar phonies. Demasiada justificación en nombre de Dios y la oración, para mi gusto, pero lo vale si podés hacer el ejercicio súper complicado de aceptar la fe ajena y convivir con la contradicción.
La crisis de Franny se asemeja bastante a la de Holden Caufield, aunque a ella la empuja al sillón y le cierra el estómago mientras que a él lo lleva a huir del colegio y vivir unos días alocados. El desencanto con el mundo, sin embargo, es el mismo. En personalidad y modos de expresarse Holden se parece más a Zooey: la lengua ácida, la ironía, la superioridad. Deben ser alteregos del mismo Salinger, que desarrolla unos monólogos impresionantes cada dos o tres hojas.
A pesar de que me identifiqué más con Franny, Zooey también me gustó mucho y me encontré en él. Se exaspera fácil y opina con facilidad sobre la vida de los demás. Tiene, a pesar de todo, una visión más real y tolerante del mundo que su hermana menor. Quizás se deba a que es más grande y tiene más experiencia lidiando con la mediocridad –es un actor exitoso– o tal vez a que tiene una mayor percepción de las cosas y es ciertamente una mente superior. Esto no quita que sea pedante y autoritario, un firme creyente de que la suya es la única verdad. Creo que el motivo por el cual se frustra tanto con Franny es porque ve en ella un alma similar, reconoce el potencial desperdiciado y, al estilo de Buddy y Seymour Glass, no puede evitar intervenir. Después de todo fueron programados desde chicos para seguir a la voz de la sabiduría, encarnada en alguno de sus mayores.
En un acto impulsivo Zooey siente la necesidad de llamar por teléfono haciéndose pasar por Buddy, aunque Franny termina descubriéndolo. Durante la conversación telefónica, sin embargo, Zooey se da cuenta de que no sirve decirle lo que debe hacer o cómo –porque eso hacían sus hermanos mayores, al fin y al cabo– y le abre el camino para que ella decida por sí misma, con la ayuda de unos últimos consejos. Acá sobre todo puede verse el cariño que los une y la compulsión que siente Zooey de tomar el lugar vacío que provocó la ausencia de Buddy y Seymour, que los abandonaron en diferentes sentidos pero ambos por decisión propia.
Como dije al principio, termina un poco en nada, de golpe; aunque creo que al final de la llamada Franny comprende que depende exclusivamente de ella la forma en que va a vivir, sea respecto a la religión, la universidad o lo que se proponga fuera del sofá. Ya no necesita que sus hermanos la empujen en una dirección concreta. Una cosa es segura, de todas maneras, y es que aunque los demás desaparezcan, Zooey va a estar ahí para fumar a su lado en silencio o para darle un discurso sobre Dios sabe qué. Y esto no puede ser menos que reconfortante para esta humilde lectora.
María Dorrego


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