miércoles, 21 de agosto de 2019

El último caso de Rodolfo Walsh

Título: El último caso de Rodolfo Walsh. Una novela (2010)
Autora: Elsa Drucaroff
Grupo Editorial Norma
224 p. ; 23 x 15,7 cm.


Es la primera vez que leo a Elsa Drucaroff y creo que quizás eso sea una especie de catástrofe personal. La verdad es que el libro me gustó un montón. A veces en mis críticas no sé si queda del todo claro cuánto me gustó –o no– lo que leí, pero en este caso pretendo que no haya ninguna duda. Se trata de un gran libro. Me lo recomendó un amigo que, además, tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar dedicado por la autora. Como si María Dorrego necesitara algún motivo extra para ponerse a leer algo sobre Rodolfo Walsh. O para pensar en él o su obra literaria y periodística. Empecemos.

Como se trata de una novela histórica, Drucaroff narra en detalle la vida de una serie de personajes reales durante una semana de octubre de 1976, en el contexto de la dictadura militar más sangrienta y sistemáticamente represiva de la historia argentina. “El último caso” que investiga Walsh es la desaparición de su propia hija, Vicki, quien por aquel entonces era oficial segunda de Montoneros. Como guiño especial, además, se hacen muchas referencias al celebrado cuento “Esa mujer” (1966), que gira en torno al robo del cadáver de Evita.

Lo maravilloso de la novela es que, detalle más–detalle menos, todos sabemos cómo fueron las cosas o, a lo sumo, cómo terminaron. Vicki se pegó un tiro en la cabeza para que no se la llevaran con vida. “Ustedes no nos matan”, dijo, “nosotros elegimos morir”. A su papá, unos meses después, le metieron tantos balazos que casi lo partieron en dos en plena vía pública. Después se lo llevaron a la ESMA, donde algunos sobrevivientes declararon haberlo visto para luego desaparecer con el resto de los subversivos, revolucionarios, guerrilleros, militantes, simpatizantes, pensantes, peligrosos seres con neuronas demasiado activas…

Decía, todo lo anterior ya lo sabemos. Por eso mismo Drucaroff apenas lo menciona o lo da a entender. En su lugar, elabora el guion de un policial donde Walsh actúa de detective una última vez. En un juego de espías, infiltrados y doble agentes, aprendemos –vemos– el detrás de escena: cómo es la vida en clandestinidad, la difusa línea entre aliados y enemigos, las contradicciones de cada bando, la ideología llevada al extremo. Re-conocemos a un R. W. que va más allá del militante: el que tiene relaciones afectivas confusas, el que se compromete con cada paso, el que desarrolla un profesionalismo desmedido que roza la frialdad, su conflicto con la literatura –¡y sobre todo con la novela policial!–. 

La literatura es, para mí, el fin último de la imaginación. No sé si dispongo de otros medios a través de los cuales reproducir con tanta exactitud lo que pasa por mi mente. A la inversa, cuando leo un texto que me interpela de una forma tan íntima, es como si estuviera viendo una película. Las escenas se suceden una tras otra, escucho las voces de los personajes, siento las pisadas, las frenadas de autos. Los disparos.

En el postfacio, Drucaroff escribe:

“Deseé que en la tragedia hubiera una luz, que, en mi ficción, el bando popular ganara, al menos, una batalla. Batalla por cierto incapaz de cambiar el resultado, pero después de todo qué es la novela histórica (o al menos la que yo vengo escribiendo en estos años) sino un espacio donde desplegar también una utopía hacia atrás, donde imaginar un precedente que, sin alterar el resultado final de los hechos, sería bueno que hubiera ocurrido, una pequeña pero significativa reparación en el pasado, algo que no nos concilie con el mundo tal cual es ni niegue las injusticias que ocurrieron, al contrario, que deje mirar críticamente el ayer pero en ese mismo acto nos dé, con su imaginación, la fuerza para entender este presente y sus nuevas tareas.”

Es una cita larga, pero me pareció sumamente importante incluirla. La autora no quiere reparar nada –¡no puede!–, sin embargo, reconoce la importancia de mantener viva la memoria y reconocer el lugar de cada uno en la historia. Por eso se nos revuelven las tripas, como lectores y como argentinos, cuando leemos que tiran ese cuerpo desnudo al Río de la Plata. Por eso se nos hace un nudo en la garganta con esa pareja encapuchada que está esperando un hijo y lo más probable es que jamás lo conozcan.

R. W. vive en mí y en todos los que lo recordamos a diario, los que buscamos comprender –y sentir, algún día– la clase de compromiso social y político que le puso fecha de caducidad a su existencia. Su pensamiento y su literatura –la que no se afanaron los milicos–, ya es inmortal. Drucaroff lo entiende, lo sabe, lo dejó por escrito en esta maravillosa novela en la que parece que leemos al propio Walsh con sus ironías, sus obsesiones, su manera fría y calculada de analizar los hechos, el manejo fluido de una labia y una prosa tajante. ¿Ya dije cuánto me gustó esta novela? Pregunto por si todavía no quedó claro.  

Los personajes me parecieron de carne y hueso, palpables. Los registros según el bando, los títulos, los modos de dirigirse entre ellos. Las instituciones: montoneros, el ejército, los matrimonios, la camaradería. Todo respeta su posición, su forma de referirse a cada cosa. Tardé tres días en tragarme el libro. Hacía mucho tiempo que no me daba un atracón literario. No me arrepiento de nada, ni siquiera con estas ojeras que me ponen la cara en blanco y negro –como esas fotos de Walsh que miro de vez en cuando y me hacen preguntar cómo serían sus ojos–.

Me pareció muy acertada también la forma en que se muestra a la sociedad y la diferencia de pensamientos, lo que se decía y lo que se dejaba entrever en esa época. El personaje del almacenero es clave en un montón de cosas. En medio de la tristeza por la desaparición de Vicki, Walsh se siente derrotado y frustrado con la conducción nacional de montoneros, como jefe del departamento de inteligencia. Se debaten entre replegarse y resistir o seguir atacando militarmente con menos recursos. 

Cristian, amigo y editor, siempre dice que lo importante no es la historia en sí, sino cómo está narrada. En este caso se confirma. Sabemos cómo empieza y cómo termina la novela; nos damos una idea bastante clara de lo que puede llegar a pasar por medio. No obstante, se disfruta hasta la última línea. El dolor de R. W. padre recorre cada párrafo, pero no se reduce a eso. El fantasma de Vicki lo acompaña, tal vez, para marcarle el camino. No sé la verdad cuánto tiempo más habría sobrevivido Walsh si ella no hubiera caído. Es algo con lo que solamente se puede especular; aunque me atrevería a decir que no por nada lo agarraron unos meses después. Quizás ya andaba cansado y descuidado. Un dolor así empieza a destruir de a poquito cualquier clase de resistencia, incluso aquella arraigada al compromiso social y político.

Me quedo pensando, únicamente, si mi lugar como escritora –y el de tantos otros y otras– no será, como hizo Drucaroff, reivindicar a nuestros héroes clandestinos una y otra vez, hasta que sus nombres resuenen en el eco de la eternidad y así, dejen de ser desaparecidos.  




Frases que me gustaron:

“Vos reducís todo a lo personal. No entendés ningún argumento que contradiga tu cabecita egoísta de pequeñoburguesa. ¿Sabés? La historia tiene leyes crueles. No las inventamos nosotros, ni nos gustan. Pero son las que son. Se ve que a vos nunca te faltó pan para darle a tu hija, en esas horas y horas y horas en las que la estuviste alimentando. Hay madres que no pueden elegir entre los hijos y la causa porque las dos cosas son lo mismo, ¿entendés?”, p. 45.

“Si todos hubieran pensado como vos, todavía habría esclavos. Y si alguna vez todos empiezan a pensar como vos… el mundo va a ser una pesadilla. Un desierto habitado. Cada cual en la suya, idiotizado, cultivando su quintita miserable… si tiene quintita, claro. Porque si no va a ser simplemente un resentido descompuesto, viendo cómo roba y mata para conseguir una migaja. No, Marta, no tenés razón. A Rodolfo le gusta la militancia, es verdad, pero le gusta porque así se siente parte de muchos. Cuando se entiende lo que nosotros entendemos, Marta, lo personal no existe”, p. 46.

“¡Subestimamos al enemigo, y esto es grave para nosotros, para nuestro futuro como organización, pero es más grave todavía para el destino del país, para los trabajadores del país!”, p. 58.

“Cuando estos hijos de puta terminen con nosotros, ¿qué va a quedar de todo esto? ¿de qué nos vamos a acordar? ¿de qué se van a acordar los laburantes? No hubo… nunca hubo una masacre como esta…”, p. 76.

“Se van a olvidar… lo pobres se van a olvidar de cómo defenderse”, p. 77.


María Dorrego

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